Sal de la tierra y luz del camino

El mensaje del domingo

V Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A – Febrero 8 de 2026

Dijo Jesús a sus discípulos -Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor? Ya no sirve para nada, así que se la tira a la calle y la gente la pisotea. Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo (Mateo 5, 13-16).

Estas palabras de Jesús, que encontramos inmediatamente después del discurso de las Bienaventuranzas, son parte del llamado Sermón de la Montaña, que comprende los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio según san Mateo. Jesús emplea las imágenes de la sal y de la luz para definir lo que estamos llamados a ser sus seguidores. Él es por excelencia la sal de la tierra y la luz del mundo. “Yo soy la luz del mundo” dice en el Evangelio según san Juan (8, 12). Por eso, al contemplar lo que narran los Evangelios, nuestra petición debe ser un conocimiento interno del Señor, Dios hecho hombre en la persona de Jesús, que nos lleve a más amarlo y seguirlo.

1.- Ustedes son la sal de la tierra

La sal es un condimento sin el cual muchos de los alimentos serían insípidos. Ponerle sal a la vida es darle sabor y promover el gusto por ella en un sentido constructivo. Y esto lo hacemos no sólo cuando acogemos, sino también cuando comunicamos el mensaje de Jesús -su Buena Noticia, que es lo que significa la palabra Evangelio-, como lo que verdaderamente es: un mensaje alegre, gozoso. En medio del pesimismo de muchos ante los problemas de la existencia humana, estamos llamados a ofrecer un sabor de alegría, esperanza y optimismo desde la fe en Dios, en nosotros mismos y en la humanidad. Este es el tema central de la primera Exhortación Apostólica del difunto Papa Francisco, emitida a fines del primer año de su pontificado (2013), y que lleva por título El gozo del Evangelio.

Pero la sal no sólo da sabor. También evita que los alimentos se corrompan. En este sentido, ser sal de la tierra es luchar contra la corrupción. Además de las conductas corruptas en los campos político y económico, existen también las de quienes corrompen a otras personas abusando sexualmente de ellas. La mentalidad del dinero fácil y la degradación del sexo atentan contra la dignidad humana y la convivencia respetuosa. En medio de esta situación, Jesús nos llama a ser sal que contrarreste la podredumbre moral en todas sus formas.

2.- Ustedes son la luz del mundo 

El paso de la oscuridad a la luz es una imagen que aparece con mucha frecuencia en los textos bíblicos. La primera lectura, tomada del libro profético de Isaías, en el Antiguo Testamento (Isaías 58, 7-10), emplea la imagen de la luz para expresar el cambio espiritual y renovador de la persona que comparte lo que es y lo que tiene con su prójimo necesitado. “Entonces romperá tu luz como la aurora (…), brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.

Este es el sentido de lo que dice Jesús cuando define la misión de sus seguidores como la de ser luz del mundo. La lámpara encendida que no debe ocultarse, sino ponerse en el candelero de modo que podamos mostrar nuestro comportamiento sin avergonzarnos, es el testimonio de una vida luminosa puesta al servicio de los demás a través de acciones concretas de solidaridad con los pobres y los que sufren, de misericordia y compasión, de justicia social, de contribución a la paz mediante una convivencia respetuosa de la dignidad y los derechos humanos de todas las personas, como lo ha dicho antes en su discurso de las Bienaventuranzas, y como Él mismo lo demostró con sus hechos.

3.- Profundizar en el conocimiento de Jesucristo 

No podemos ser sal de la tierra y luz del mundo si no nos identificamos con el modo de pensar, sentir y obrar de Jesús. San Pablo dice en la segunda lectura (1 Corintios 2, 1-5) que el mensaje anunciado por él no corresponde a la sabiduría de este mundo, sino a la sabiduría de Dios, que se manifiesta plenamente en Jesucristo. En este sentido, nuestra máxima aspiración en el orden del saber debe ser conocerlo a Él cada día más y mejor. Para ello necesitamos buscar espacios en los que podamos experimentar lo que Él nos enseña no sólo con sus palabras, sino también con el ejemplo de su vida.

Todos estamos invitados a ser discípulos -o discípulas– de Jesús, el Maestro por excelencia. La palabra discípulo significa aprendiz., y los primeros discípulos de Jesús aprendieron de Él no sólo lo que les decía, sino también lo que les mostraba con los hechos: su actitud siempre acogedora hacia los pobres, los oprimidos, los sufrientes en sus cuerpos y en sus espíritus, su rechazo radical a toda forma de injusticia y de corrupción, su sinceridad transparente opuesta por completo a cualquier forma de mentira o hipocresía, su repudio a todo cuanto constituya hacerles daño físico o moral a las personas.

Por eso, tanto las palabras como la vida de Jesús, cuando las asimilamos por medio de la meditación y la contemplación y dejamos que nos transformen, son sal que le da sabor a nuestra existencia y evita su descomposición en la podredumbre del mal, y luz que vence en nosotros las tinieblas del egoísmo, la hipocresía y la injusticia. En la medida en que nos vayamos identificando con Jesús, seremos también, como Él mismo, sal de la tierra y luz del mundo. Pidámosle pues al Señor, invocando la intercesión de María santísima y de todos los santos, que nos conceda un conocimiento interno cada día mayor de Él, para más y mejor amarlo y seguirlo.

Y un comentario adicional, a propósito de lo que significa y debe significar la persona de Jesucristo para nosotros. Quienes de verdad creemos en Él y queremos seguirlo, rechazamos y repudiamos las expresiones de blasfemia con las que en el mes pasado se refirió a Jesús el actual presidente de la república de Colombia. Ellas no sólo no nos representan, sino que además manifiestan la podredumbre de la corrupción y la oscuridad de la ignorancia y de la mentira que han caracterizado a su gobierno, todo lo contrario de la sal y la luz de las que habla nuestro Señor en el Evangelio.

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