“La paz esté con ustedes”

El mensaje del domingo

II Domingo de Pascua Ciclo A – Abril 12 de 2026

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz esté con ustedes» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «La paz esté con ustedes». Como el Padre me ha enviado, así también yo los envío.» Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»  Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «La paz esté con ustedes.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído?  Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos.  Éstos se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre. (Juan 20, 19-31) .

En el año 2000 el papa Juan Pablo II estableció el II Domingo de Pascua como la Fiesta de la Divina Misericordia, promovida por Santa María Faustina Kowalska (1905-1938), religiosa polaca de la orden de Nuestra Señora de la Misericordia, a quien Jesús en sus experiencias místicas le encomendó predicar este atributo esencial de Dios revelado en Él, iniciar nuevas formas de devoción como la Coronilla de la Divina Misericordia, e impulsar un movimiento renovador de lo que significa ser misericordioso. La palabra miseri-cordia, que traduce lo que significan los respectivos términos bíblicos hebreo y griego, quiere decir afecto de corazón (cordial) hacia nuestra miseria física o espiritual, y en este sentido es el amor entrañable de Dios manifestado en la persona de Jesús que se conmueve ante nuestra necesidad de salvación.

1.  “La paz esté con ustedes…”

Tres veces menciona el Evangelio este saludo de Cristo resucitado. La paz es el bienestar pleno que Él quiere para sus discípulos, sumidos en la tristeza y el miedo después de lo sucedido en el Calvario. También nosotros somos invitados, desde la fe pascual, a recibir ese mismo don que Jesús nos ofrece y nos exhorta a compartir inmediatamente antes de recibir la sagrada comunión. Este saludo va acompañado de una misión -como el Padre me envió, así Yo los envío-, que se relaciona con el sacramento de la Reconciliación: a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados, y a quienes se los retengan, les quedan retenidos. “Retener los pecados” significa que a quien no tenga un sincero arrepentimiento de sus pecados, y por lo tanto no manifieste una auténtica conversión disponiéndose a cambiar de conducta, no puede llegarle el perdón de Dios.

El don de la paz que ofrece Jesús está conectado con el perdón, en virtud del Espíritu Santo que les comunica a sus apóstoles y a sus sucesores: el aliento vital de Dios que hace posible una vida nueva. La fórmula de la absolución en el sacramento de la Reconciliación dice así: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”. Ahora bien, para recibir el don de la paz y ser renovados por el Espíritu Santo, es necesario que desarmemos nuestros corazones y nos dispongamos a recibir y dar perdón. Sólo así será posible que podamos construir una sociedad en paz. No se trata de un “perdón social” negociado para ganar adeptos a una causa política, sino de un don de Dios que exige la debida coherencia entre la misericordia y la justicia, pues el perdón y la reconciliación no son compatibles con la impunidad.

A su vez, la misión dada por Jesús es de sanación. En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles (5,12-16), se cuenta que quienes creían “sacaban los enfermos a las calles, poniéndolos en camillas para que, al pasar Pedro, por lo menos su sombra cayera sobre alguno de ellos (…) y todos eran sanados. Jesús resucitado les dio a sus discípulos la misión de sanar: también nosotros, todos los bautizados, no sólo somos sanados espiritualmente por la misericordia divina, sino que tenemos debemos contribuir a la salud de nuestros prójimos en cuanto nos sea posible.

 

2.  “No temas, Yo soy el primero y el último, Yo soy el que vive”

El libro del Apocalipsis -que en griego significa “Revelación”– nos transmite en la segunda lectura (Apocalipsis 1, 9-19) esta triple afirmación de Cristo resucitado:

  • No tengas miedo: esta frase recurrente de Jesús en los Evangelios resuena en este último libro de la Biblia como una invitación a la esperanza gozosa que deriva de la fe en su resurrección.
  • Yo soy el primero y el último: el Cirio Pascual, que representa a Cristo resucitado, muestra en sus trazos la primera y la última letra del alfabeto griego: Jesucristo es alfa y omega, principio y fin de cuanto existe.  – Yo soy el que vive: Dios se le había revelado a Moisés con el nombre Yahvé (Yo soy). Y el nombre de Jesús significa “Yo soy el que salva”. Ahora Él, nos dice que “vive”, con una vida nueva y gloriosa.
3.  “Dichosos los que creen sin haber visto”  

Los relatos de apariciones de Jesús resucitado evocan experiencias que permiten reconocerlo en su realidad espiritual. La referencia a las señales de sus heridas significa que es el mismo Jesús que había muerto en la cruz, pero ahora con un cuerpo glorioso y una presencia captable sólo por la fe. Y la frase “dichosos quienes creen sin haber visto” se cumple en toda persona que, sin exigir pruebas físicas, reconoce por la fe su resurrección. Así nos invita Jesús a creer, para que, como dice el Evangelio al final, creyendo, tengamos vida (o sea vida eterna).

Nuestra fe afirma que Cristo vivo se hace presente en la Eucaristía, y nosotros expresamos nuestro reconocimiento de esta presencia cuando decimos, como Tomás, ¡Señor mío y Dios mío! Renovemos nuestra fe en Cristo resucitado, prenda de nuestra futura resurrección y motivo de nuestra esperanza, e invoquemos a María, Madre de la Misericordia, o sea de Dios mismo revelado en Jesucristo, para que nos ayude a tener una fe cada día mayor en la acción misericordiosa del Señor y nos disponga a ser misericordiosos a su imagen y semejanza.

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