Del Evangelio según san Juan (14, 15-21): En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro defensor, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen porque vive en ustedes y está con ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero ustedes me verán y vivirán, porque yo sigo viviendo. Entonces sabrán que yo estoy con mi Padre, y ustedes conmigo y yo con ustedes. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»
Las lecturas bíblicas de hoy (Hechos de los Apóstoles 8, 5-8.14-17; 1ª Pedro 3, 15-18 y Juan 14, 15-21) nos preparan para las próximas fiestas de la Ascensión, de Pentecostés y de la Santísima Trinidad. Meditemos sobre lo que en estas lecturas nos dice la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida.
Las palabras de Jesús que escuchamos en el Evangelio de hoy hacen parte de las instrucciones que les impartió a sus primeros discípulos en la última cena con ellos antes de su pasión. En este momento Él se dirige a los once apóstoles que estaban en el cenáculo después de haber salido Judas Iscariote aquella noche a llevar a cabo su traición (Juan 13, 30). Y estas palabras van dirigidas también a nosotros.
Cuando Jesús dice “mis mandamientos”, habla siendo el mismo Dios que les había dado a los israelitas el decálogo, pero llevándolo ahora a su plenitud al darnos su “mandamiento nuevo” de amarnos unos a otros como Él mismo nos ha amado (Juan 13, 34; 15,12.17), o sea con un amor misericordioso llevado hasta el extremo (Juan 13,1), hasta las últimas consecuencias.
Y cuando dice “Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos”, esta exhortación corresponde a lo que después de su resurrección escribiría el autor de la 1ª Carta de Juan (3, 18): No amemos con meras palabras o de labios para afuera, sino de verdad y con hechos. En este mismo sentido, San Ignacio de Loyola (1491-1556) diría en sus Ejercicios Espirituales: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras” [EE 230], lo cual equivale a su vez al conocido refrán que dice: “Obras son amores, no buenas razones”.
Otras traducciones emplean en lugar de “defensor” la palabra paráclito, proveniente de para-cletos, que es literalmente la del texto griego y en latín se traduce como ad-vocatus: abogado. Y cuando Jesús habla de “otro” defensor, implícitamente está diciendo que será alguien que vendrá a acompañar a sus discípulos después de Él haber partido a la eternidad. Jesús mismo en su vida terrena había sido su protector, y ahora les está anunciando que vendrá “otro”, y agrega que ese “otro defensor” (o “consolador”, como también lo llaman otras versiones) será el Espíritu Santo, al que llama luego “Espíritu de la verdad”, es decir, el que nos hace posible reconocer desde la fe lo que es en verdad Jesús y dar un testimonio veraz y creíble de su resurrección con nuestras palabras y nuestras obras.
La primera lectura nos muestra a los apóstoles Pedro y Juan orando por los creyentes en Jesucristo resucitado que habían sido bautizados en su nombre, pero todavía “no habían recibido el Espíritu Santo”, e imponiéndoles luego las manos para que lo recibieran. Esto parece querer decir que habían recibido el sacramento del Bautismo, pero les faltaba el de la Confirmación, que para cada creyente en Cristo equivale a la actualización del acontecimiento de Pentecostés en su propia vida.
Teniendo esto en cuenta, preparémonos interiormente para celebrar dentro de dos semanas la gran fiesta de Pentecostés, en la que se actualiza para nosotros el acontecimiento de la venida del Espíritu Santo, el mismo que les hizo posible a los primeros discípulos de Jesús, y nos hace también posible a nosotros si lo dejamos actuar en nuestra vida, el cumplimiento cabal del compromiso que significa creer en Él y proclamar su resurrección, dando testimonio de esta fe con nuestras obras.
Esta exhortación de la primera Carta de san Pedro en la segunda lectura constituye una invitación precisamente a dar testimonio de nuestra fe mediante la coherencia entre lo que afirmamos que creemos y lo que hacemos, es decir, con la honestidad y la rectitud de nuestro comportamiento. El apóstol agrega: “pórtense de tal modo que tengan tranquila su conciencia, para que los que hablan mal de su buena conducta como creyentes en Cristo, se avergüencen de sus propias palabras”.
Una de las formas de dar razón de nuestra esperanza es asumir con paciencia las dificultades, como los primeros cristianos que sufrieron la persecución y la incomprensión siguiendo el ejemplo de Jesús. Pero pensemos cuánto terminan sufriendo quienes se pasan la vida engañando, envidiando, haciendo daño, alimentando odios, desarrollando rencores, maquinando venganzas. Por eso dice Pedro también en la segunda lectura: “Es mejor sufrir por hacer el bien, si tal es la voluntad de Dios, que por hacer el mal”.
Pidámosle pues a Jesús resucitado que nos alcance de Dios Padre y nos dé Él mismo la fuerza del Espíritu Santo, para demostrar con nuestras obras la fe que proclamamos, y así dar razón de nuestra esperanza como la dieron los primeros discípulos y discípulas de Jesús a partir de Pentecostés, luego de estar en oración con María santísima. E invocando su intercesión, oremos con esta hermosa plegaria de la liturgia de la Iglesia: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Hoy se celebra en Colombia el Día de las Madres. Démosle gracias a Dios por ellas, las que con su amor maternal nos han enseñado a reconocer la misericordia divina, y pidámosle que derrame sobre ellas todas sus bendiciones. Así sea.