«Mujer, qué grande es tu fe»

El mensaje del domingo

XX Domingo Ordinario Ciclo A – Agosto 16 de 2026

En aquel tiempo Jesús se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.» Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.» Él le contestó: «No está bien echar a los perritos el pan de los hijos.» Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.» Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija (Mateo 15, 21-28).

 

1. La fe logra lo que a primera vista parece imposible

La mujer “cananea” que nos presenta el Evangelio de Mateo, llamada “sirio-fenicia” en el de Marcos (7, 24-30), era descendiente de los antiguos habitantes paganos del norte de la región de Canaán, donde quedaban Tiro y Sidón, ciudades del país de Fenicia, en el entonces reino de Siria. Y lo que resalta en ella es la fe que la impulsa a dirigirse a Jesús, de cuya fama como obrador de milagros se había enterado, para pedirle que libere a su hija de un demonio muy malo, o sea de lo que hoy llamaríamos una “energía negativa”, que es lo que significa en griego bíblico la palabra daimon, traducida como demonio. Podía ser una enfermedad física o psíquica, en todo caso una afección atribuida a una fuerza maligna.

Su petición es insólita en una persona no judía: “Ten compasión de mí, Señor (en griego ἐλέησόν με Κύριε -eleyson me, Kyrie-), Hijo de David”, expresando así un reconocimiento de Jesús como el
Mesías anunciado por los profetas como descendiente de aquel rey que, diez siglos antes, había iniciado la edad de oro de la historia de Israel, continuada por su hijo Salomón. Sin embargo, aunque este anuncio tenía como primeros destinatarios a los judíos, se extendía también a todas las demás naciones, como lo dice unos cinco siglos antes la primera lectura de hoy: a los extranjeros… los atraeré a mi monte santo (el monte Sion, donde queda el Templo de Jerusalén), y como lo expresa también unos cinco siglos antes el Salmo 67, recitado hoy como salmo responsorial: ¡Te den , gracias, oh Dios todos los pueblos! Se trata de los “gentiles” -los no judíos- que reconocerían a Jesús como el Mesías esperado y a quienes se dirige el apóstol san Pablo en la segunda lectura. En el Nuevo Testamento varios de ellos son representados por personajes llenos de fe, como la mujer del relato que hoy nos trae el Evangelio, a quien Jesús finalmente le dice: “Mujer, qué grande es tu fe, que se cumpla lo que deseas”.

 

2. La constancia en la fe supera dificultades que parecen invencibles

Desde el inicio de su predicación, Jesús y sus discípulos habían venido experimentando el rechazo progresivo de parte de fariseos (grupo religioso al que solían pertenecer los escribas o doctores de la ley), y de saduceos (sacerdotes del templo de Jerusalén), ambos grupos pertenecientes a la nación y religión judía. Por ello es significativo que el episodio de la cananea se presente en el Evangelio inmediatamente después de la crítica de Jesús al ritualismo hipócrita de sus opositores.

La respuesta de Jesús a sus discípulos que le dicen que atienda a aquella mujer (o que la despida, según otra posible traducción del texto bíblico), hace referencia a lo que en aquel tiempo pensaban muchos erróneamente del Mesías esperado: que su misión salvadora sería sólo para los judíos. Pero, precisamente porque el contexto de este relato es el de la aceptación que entre los primeros cristianos iban a tener como partícipes de la Iglesia los convertidos del paganismo pertenecientes a pueblos extranjeros, esta respuesta de Jesús puede ser interpretada como una introducción a lo que Él va finalmente a realizar en contra de la mentalidad excluyente de quienes se consideraban los únicos destinatarios de las promesas mesiánicas de Dios.

En este contexto resalta la constancia, la persistencia de aquella mujer que no se arredra ante las dificultades. A pesar de ser consciente de su condición de extranjera y de la aparente indiferencia de Jesús ante su petición, actitud que constituye más bien una forma de probar su fe, ella insiste hasta lograr que Jesús no sólo la atienda, sino que la felicite. ¡Qué gran enseñanza para nosotros,
especialmente cuando en nuestras situaciones difíciles nos dirigimos a Dios y Él parece ser indiferente a nuestras plegarias! Pero no es así, Él nunca se desentiende de nuestras necesidades, sino que espera de nosotros una perseverancia activa en la oración.

 

3.- La humildad atrae la atención misericordiosa de Dios

La frase de Jesús a la mujer cananea parece bastante dura: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Los estudiosos de los Evangelios nos dan pistas interesantes para entenderla y asimilarla. La nota de la Biblia en su versión Dios habla hoy dice que los judíos llamaban perros a los extranjeros, y que Jesús parece emplear aquí el término con una sutil ironía, en vista de la reacción de los discípulos, y no como un rechazo a aquella mujer, que se anima a seguir insistiendo en su petición. Y otro comentario, en la versión llamada Biblia de Jerusalén, anota que la forma diminutiva empleada por Jesús (los perritos) atenúa lo que el epíteto podría tener de despectivo. Es por tanto una expresión cariñosa, no exenta de cierto tinte de humor. En todo caso, la mujer cananea demuestra con su réplica no sólo su inteligencia para aplicar a su favor la metáfora, sino una actitud de humildad que, junto con su fe y su constancia, le atrae la misericordia del Señor. Todo lo contrario de la actitud arrogante de los fariseos y saduceos, cuya soberbia los cerraba a la fe y los llevaba no sólo a despreciar a los no judíos, sino además a discriminar a las mujeres.

Dispongámonos nosotros a renovar nuestra fe en el Dios Padre de todos revelado por nuestro Señor Jesucristo con su mensaje universal de salvación sin discriminaciones, y pidámosle que nos libre del mal -o sea de toda fuerza maligna-, como nos enseñó Jesús mismo a pedirlo en el Padrenuestro. Asimismo, que nos llene del Espíritu Santo y con él nos conceda la constancia y la humildad requeridas para que su acción liberadora obre efectivamente en cada uno y en cada una de nosotros. Y a María santísima, cuya Asunción a los cielos celebró la Iglesia el día de ayer, que con su intercesión nos alcance de su Hijo el don de una fe perseverante y humilde.

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