A lo largo de la historia de la Iglesia, en las diferentes culturas siempre se han tenido los templos, las iglesias como lugares especiales de encuentro y de culto en las diferentes comunidades cristianas. Recordemos las grandes catedrales construidas en las ciudades, tanto europeas como de otros continentes, que se hicieron con el esfuerzo de muchos hombres y mujeres que encontraron así la forma de expresar su fe, de celebrarla y de dejar para la posteridad un monumento arquitectónico de inmenso valor histórico para la humanidad.
Celebramos este domingo la dedicación de la Basílica de Letrán, una de las cuatro basílicas de Roma, expresando así lo que el templo como edificio significa para los creyentes: lugar de encuentro, de oración y de celebración de la fe vivida y compartida.
La fiesta, por medio de las lecturas, nos permite ir más allá y descubrir el sentido de lo que representa el templo. En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos habla del agua que mana del templo y del efecto sanador que esa agua tiene. El templo para el pueblo judío era el lugar de la presencia de Dios que fortalece la fe y alimenta la esperanza del pueblo de Israel que se encuentra en el destierro.
Pablo, en la segunda lectura, va más allá. Nos dice “ustedes son la casa que Dios edifica”. Más aún, les dice que, si “no saben que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?” Es la afirmación de que más allá del templo físico hecho por mano de hombre, hay un templo espiritual que es cada persona y que, por lo tanto, cada uno es templo vivo de Dios y que el Espíritu habita en él.
El evangelista Juan en el pasaje de este domingo nos presenta la discusión de Jesús con los judíos porque, como lo dice el mismo Jesús, “quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”. No lo entienden y menos cuando les dice “destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Quedan despistados, no entienden. Creen que se refiere al templo de Jerusalén, pero el mismo evangelista añade: “Él hablaba del templo de su cuerpo”.
Es cierto que hay que cuidar los templos, pero no podemos quedarnos ahí. Es necesario cuidar el templo vivo que es cada persona con sus fortalezas y debilidades, con sus alegrías y esperanzas, con todo aquello que la hace ser una persona única, irrepetible e irremplazable, distinta a todos los demás. Y en el fondo, la pregunta es sobre la manera como tratamos a las personas, qué cuidado tenemos de ellas, si descubrimos o no en cada uno el rostro de Cristo que nos habla de necesidad, de solidaridad, de encuentro, de mano tendida, de amor. Celebremos la fiesta que se nos propone, tiene sentido, pero debemos ir más allá para encontrar a Cristo presente en el hermano. Es el verdadero templo de Dios.