El sí de María y nuestro sí

Pensando en Voz Alta

Por: Enrique A. Gutiérrez T., SJ.

Siempre me ha llamado la atención el momento en el cual una persona presta juramento bien sea para asumir una responsabilidad, o un cargo, para dar testimonio o declaración sobre algo. Me pregunto si la persona es consciente de ese “sí, juro” que pronuncia y que es un verdadero compromiso de vida. Me inquieta si, con el paso del tiempo, la persona evalúa la manera como ha cumplido dicha promesa y las implicaciones que conlleva el no dar cumplimiento a la palabra empeñada.

He llegado a pensar que muchos de esos juramentos se centran en el cumplimiento –cumplo y miento- porque externamente se da la impresión de estar cumpliendo la palabra empeñada, pero interiormente, la realidad es muy distinta, porque no hay coherencia entre lo dicho y la manera como se procede.

No es ese el caso de la virgen María, personaje central de las lecturas de este domingo. El Sí que ella dio fue incondicional, significó jugarse la vida toda en función de la misión que había recibido: ser la madre de Dios. Y de verdad que la cumplió. Lo arriesgó todo, lo entregó todo y se puso en las manos del Señor “para hacer su voluntad”, para “cumplir las cosas como se las había dicho el ángel”. Por eso, el reconocimiento de su prima Isabel no se hace esperar, surge de lo más profundo del corazón “dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Es lo mismo que enfatiza la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos, citando las palabras del salmo 39 “aquí estoy yo para hacer tu voluntad”. Por eso, María se constituye en modelo del creyente y del discípulo. Del creyente porque se fía plenamente de la palabra que se le ha manifestado, y la ha acogido como la manifestación de los planes de Dios sobre ella. Es modelo del discípulo porque una vez que la palabra ha sido acogida pone todos los medios a su alcance para que sea cumplida dicha palabra.

Se convierte en un ejemplo para nosotros, nos interroga acerca de lo que hacemos cuando conocemos lo que Dios quiere de nosotros, cuál es su voluntad. Surge entonces la pregunta sobre nuestra disponibilidad y diligencia para hacer lo que esté en nuestras manos para cumplir y hacer realidad esa voluntad. El punto clave está en la actitud más que en las palabras.

Nos acercamos a la celebración de la Navidad, quedan cinco días. ¿Cómo hemos dispuesto nuestro corazón para que Jesús nazca en cada uno de nosotros? ¡Qué estamos haciendo para ser verdaderos creyentes y discípulos? ¿Cómo podemos ser más coherentes en nuestra vida? De la respuesta que demos a esas preguntas podemos ver si estamos en la línea de dar un sí incondicional, que corresponda a lo que decimos y pensamos, o nos estamos quedando en la línea del cumplo-y-miento, con lo cual se estaría generando un desajuste interior. Dar el sí a ejemplo de María es asumir un compromiso de vida, como lo deben hacer los esposos en su matrimonio, como lo debemos hacer los sacerdotes en nuestro ministerio, como lo deben hacer las religiosas y religiosos en su vida consagrada, como lo deben hacer los laicos en sus tareas diarias. ¿Es tu sí incondicional?

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