“¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si arruina su vida?»

El mensaje del domingo

XXII Domingo Ordinario Ciclo A – Agosto 30 de 2026

En aquel tiempo empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, que iba a ser ejecutado y que resucitaría al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y le dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere ser discípulo mío, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Si uno
quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.» (Mateo 16, 21-27).

 

1.- Empezó a explicarles que iba a padecer mucho, que iba a ser ejecutado y resucitaría al tercer día

Este es el primero de los tres anuncios que, según los Evangelios, hizo Jesús de su pasión y muerte de cruz. Simón Pedro acababa de reconocerlo como el Ungido (Mesías en hebreo, Cristos en griego), el Hijo de Dios (que era el título divino del Mesías prometido), y Jesús mismo les había ordenado a sus discípulos que no le dijeran esto a nadie por el momento, para evitar los malentendidos de un falso mesianismo consistente en considerar al Mesías como un líder guerrero.

Y ahora, dirigiéndose al mismo discípulo a quien inmediatamente antes le había dicho que ese reconocimiento de Él como el Mesías le había sido revelado por Dios, y a quien había llamado Pedro (Piedra) para indicar la misión que le encomendaría de representarlo como fundamento de su Iglesia, lo llama Satanás (nombre tomado del hebreo que significa adversario, opositor, enemigo, y es traducido al griego como Diábolos -Diablo-), mostrando así que su intención de disuadirlo de la cruz es inspirada ya no por Dios, sino por el espíritu del mal. De esta forma. Jesús rechaza, como lo hizo otras veces, la tentación de no cumplir con la misión que Dios Padre le ha encomendado.

Pero Jesús no sólo anuncia que va a padecer por obra de las autoridades religiosas judías que lo entregarán al gobernador romano Poncio Pilato para que ordene su muerte de cruz, sino también que resucitará “al tercer día”. De esta forma se refiere a su misterio pascual, que comprende “tres días”: el primero, su pasión que culminará en la crucifixión y muerte; el segundo, la sepultura de su cuerpo; y el tercero, su resurrección, que es el paso (“pascua”) a la vida nueva de su humanidad glorificada. Este misterio pascual se actualiza para nosotros cada vez que celebramos su sacrificio redentor en la Eucaristía.

 

2.- “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”

Si alguno quiere: es una invitación, y cada quien es libre de aceptarla o rechazarla. Pero si la acepta, debe a negarse a sí mismo, o sea renunciar al egoísmo y a todo afecto desordenado, para orientar la propia vida en función del reino de Dios y su justicia, que es el reino del amor al prójimo hasta sus últimas consecuencias. Esta exigencia conlleva la de cargar con nuestra propia cruz, en disposición a dar la vida por dicho reino, y así adherirnos a Jesús, identificándonos con sus enseñanzas y su ejemplo de vida.

La cruz, hoy señal de nuestra identidad cristiana, era el patíbulo donde el imperio romano hacía morir a quienes se sublevaban contra su poder. Jesús anuncia que va a ser ejecutado, aludiendo así a la muerte de cruz que iba a padecer por predicar a un Dios contrario al sistema imperante, solidarizándose con las víctimas de la injusticia provocada por este sistema y siendo por ello una persona incómoda para quienes detentaban el poder religioso y político vigente. Y este es precisamente el Jesús a quien estamos llamados a seguir quienes nos llamamos “cristianos”. No nos dejemos robar este nombre, que es nuestro ser sustantivo, siendo “católicos” el adjetivo de quienes pertenecemos a la Iglesia fundada por Cristo como Iglesia universal.

Unos seis siglos antes, el profeta Jeremías (primera lectura: 20,7-9), había padecido la persecución por proclamar la palabra de Dios que lo había “seducido” e impulsado a denunciar la idolatría y la injusticia. Los primeros cristianos sufrieron a su vez la persecución por su fe en Jesucristo y por promover la justicia que esta fe exige, y así ha seguido sucediendo con no pocos cristianos a todo lo largo de la historia de la Iglesia. También nosotros, si queremos seguir a Jesús, tenemos que disponernos a tomar con Él la cruz. Pues si pretendemos seguir a Jesús sin la cruz, terminaremos padeciendo una cruz sin Jesús.

 

3.- “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si arruina su vida?”

Otra versión del Evangelio dice “si pierde su alma”. Se trata de aquello que constituye nuestro ser sustancial. En uno de los versos del salmo responsorial (Salmo 63, 4), se le dice a Dios: “tu amor vale más que la vida” (más que la vida material y pasajera de este mundo); y el apóstol san Pablo dice en la segunda lectura (Romanos 12, 1-2): “no se ajusten a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir lo que es la voluntad de Dios”. ¡Cuántas personas, dejándose llevar por el afán de las riquezas materiales, la búsqueda de honores y la ambición de dominio sobre los demás, pierden el sentido de su vida, reduciéndola a lo caduco de este mundo y cerrándose así a la posibilidad de ser eternamente felices!

Jesús dice finalmente en el Evangelio que “el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta». “El Hijo del hombre”: así solía referirse Jesús a sí mismo, evocando la profecía bíblica del libro de Daniel (7, 13-14), en la cual se había anunciado, unos 175 años antes, en la figura de una visión apocalíptica, que “venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre al cual le fue dado el dominio, la gloria y el reino (…), y su reino no será destruido.»

Pidámosle pues al Señor que nos conceda su gracia para asumir las exigencias que implica seguirlo, disponiéndonos así para nuestro encuentro con Él en la eternidad. Y como dijo el Papa Francisco: “Que María santísima, que siguió a Jesús hasta el Calvario, nos acompañe también a nosotros y nos ayude a no tenerle miedo a la cruz con Jesús crucificado, no una cruz sin Jesús. Que nos ayude a no temer la cruz con Jesús, que es la cruz del sufrimiento por amor a Dios y a los hermanos, porque este sufrimiento, por la gracia de Cristo, tendrá como fruto la resurrección” (Papa Francisco, EL EVANGELIO DEL DOMINGO, Ed. Planeta, Bogotá, 2021 -Ciclo dominical y festivo del año A-, pág. 267. Traducido del original italiano IL VANGELO DELLA DOMENICA, Ed. Vaticana, Roma, 2019).

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