«Entrar por la puerta angosta»

El mensaje del domingo

Domingo XX del Tiempo Ordinario – Ciclo C

En su camino a Jerusalén, Jesús enseñaba en los pueblos y aldeas por donde pasaba. Uno le preguntó: –Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él contestó: –Procuren entrar por la puerta angosta; porque les digo que muchos querrán entrar, y no podrán. Después de que el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, ustedes, los que están afuera, llamarán y dirán: ‘Señor, ábrenos.’ Pero él les contestará: ‘No sé de dónde son ustedes.’ Entonces comenzarán ustedes a decir: ‘Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras calles.’ Pero él les contestará: ‘No sé de dónde son ustedes. ¡Apártense de mí, malhechores!’ Y vendrán el llanto y la desesperación, al ver que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas están en el reino de Dios, y que ustedes son echados fuera. Porque va a venir gente del norte y del sur, del este y del oeste, para sentarse a comer en el reino de Dios. Entonces algunos de los que ahora son los últimos serán los primeros, y algunos que ahora son los primeros serán los últimos. (Lucas 13, 22-30).

 

Ante la pregunta que le hace uno de quienes lo escuchaban predicar, Jesús aprovecha la ocasión para invitar a todos a esforzarse para poder entrar en el reino de Dios, en lugar de hacer especulaciones sobre si son pocos o muchos los que se van a salvar. Meditemos en lo que esta invitación significa para nosotros, teniendo en cuenta también las otras lecturas (Isaías 66, 18-21 y Hebreos 12, 5-7. 11-13).

 

1. “Procuren entrar por la puerta angosta”

 

Dicen algunos intérpretes de los evangelios que, en las murallas de Jerusalén, la ciudad hacia donde se dirigía Jesús seguido por sus discípulos había una puerta tan angosta que era llamada “El Ojo de la Aguja”. Con esta imagen estaría indicando Él que quien quiera entrar al cielo, es decir, llegar a la felicidad eterna, debe desprenderse del apego a las riquezas materiales, así como el camello tiene que ser descargado de las mercancías para entrar por la puerta estrecha. De ahí lo que Jesús dice en otro pasaje de los evangelios: que es más fácil para un camello pasar por el ojo de la aguja, que para un rico entrar en el reino de los cielos (Mateo 19, 24).

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Y en el texto de Mateo paralelo al del pasaje que corresponde al Evangelio de este domingo, Jesús no sólo se refiere a la puerta, sino también al camino: ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina; pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! (Mateo 7, 13-14). Esto parece estar en contradicción con lo que dice la primera lectura (Isaías 66, 18-21): caminen por una senda llana; pero aquí a lo que se refiere la palabra de Dios es a que Él, corrigiéndonos como un padre lo debe hacer con sus hijos, nos va allanando el camino para llegar a la vida eterna.

 

Ahora bien, las imágenes de la puerta estrecha y del camino difícil que emplea Jesús en el Evangelio nos indican que, para salvarnos, tenemos que buscar una vía opuesta a la del facilismo. La publicidad comercial suele invitarnos al éxito fácil, sin esfuerzo. El Señor nos propone lo contrario: la auténtica felicidad sólo podemos conseguirla desapegándonos de todo lo que nos estorba, es decir, de los afectos desordenados que nos impiden caminar por la senda que nos conduce a la salvación y pasar por la puerta que nos da el acceso a ella. Y esto implica un esfuerzo de parte nuestra.

 

2. “No sé de dónde son ¡Aléjense de mí todos los malhechores!”

 

Entre los oyentes de Jesús había, como lo sugiere su respuesta, doctores de la ley y fariseos que se preciaban de pertenecer al pueblo escogido. Ellos consideraban que ya tenían asegurada la salvación, simplemente por ser descendientes de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, de quienes provenía la nación de Israel, y por cumplir unos ritos a los cuales habían reducido la ley de Dios promulgada por Moisés. Pero no sólo ellos. También entre los primeros discípulos de Jesús existió la tentación, y persiste todavía entre nosotros, de pensar que, por pertenecer a la Iglesia, por haber participado con frecuencia en la Eucaristía (“hemos comido y bebido contigo”), o por haber oído sus enseñanzas (“tú enseñaste en nuestras calles”), ya se tiene asegurada la salvación.

 

Nada de eso. No basta con haber escuchado la Palabra de Dios. Hay que llevarla a la acción, lo cual muchas veces resulta difícil, sobre todo cuando implica renunciar al egoísmo y desprenderse de los apegos que impiden estar en la onda del reino de Dios, es decir, en la del cumplimiento de su voluntad. Por eso mismo, cuando participamos en la Eucaristía -con la cual se relaciona simbólicamente la expresión “sentarse a comer en el reino de Dios” que emplea Jesús en el Evangelio-, tenemos que asumir activamente el compromiso que implica escuchar la Palabra y comulgar, es decir, expresar nuestra comunión, nuestra común unión con Jesús y entre nosotros como hermanos.

 

3. “Los últimos serán los primeros y (…) los primeros serán los últimos”

 

Esta frase puede entenderse mejor si la relacionamos con la primera lectura (Isaías 66, 18-21): “vendré para reunir a las naciones de todas las lenguas””. Cuando Jesús dice que los últimos serán los primeros, se refiere a los paganos, también llamados “gentiles” -en hebreo goyim– a quienes los fariseos despreciaban por no pertenecer a la descendencia étnica de Abraham, Isaac y Jacob. Jesús afirma así que aquellos gentiles que estén dispuestos a escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica, van a ser los primeros beneficiarios de la acción salvadora de Dios por estar abiertos a Él. En cambio, quienes se precian de ser destinatarios únicos de las promesas del Señor y piensan que éstas se cumplirán en ellos simplemente porque pertenecen a un pueblo y realizan los ritos de una tradición religiosa, no serán recibidos por Dios en su reino.

 

En síntesis, esta es la enseñanza que nos trae el mensaje del: Evangelio de hoy: Dios quiere que todos nos salvemos y seamos felices, pero para lograrlo no debemos confiarnos en unos ritos religiosos que nos obtendrían mágicamente la salvación, sino esforzarnos, desapegándonos de todo cuanto nos impide avanzar por el camino que nos conduce a la salvación y pasar por la puerta estrecha que nos permite el acceso a su reino.

 

Que María Santísima, cuya Asunción gloriosa hemos conmemorado en este mes, interceda ante su Hijo para que nos conceda la gracia de poner en práctica sus enseñanzas, de modo que podamos entrar, como ella, al reino de la felicidad eterna.

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