Este es mi hijo, El amado, El predilecto

El mensaje del domingo

(Mateo 3, 13-17)

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: —«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: —«Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía: —«Este es mi hijo, el amado, mi predilecto» (Mateo 3, 13-17).

Después de las fiestas de la Navidad y la Epifanía, la Iglesia nos invita este domingo, con el cual comienza el llamado “Tiempo Ordinario” de la liturgia, a contemplar los hechos y las enseñanzas de Jesús en el inicio de su vida pública, inaugurada con su Bautismo en el río Jordán. Tratemos de descubrir el significado de este acontecimiento a la luz de los elementos narrativos que nos presenta el relato del Evangelio y relacionándolos con las otras lecturas de este domingo.

1. El bautismo: un rito que adquiere su pleno significado en Jesucristo 

El verbo “bautizar” proviene del griego y significa sumergir. El rito del bautismo, existente desde la antigüedad en los pueblos orientales, consiste originariamente en sumergirse o ser sumergida una persona en el agua, elemento imprescindible de la vida, para expresar el paso a una existencia renovada con un nuevo nacimiento: si el ser humano desde el comienzo de su existencia no puede subsistir sin el agua como medio vital, el bautismo manifiesta entonces el paso a una vida nueva.

Los primeros cristianos recibían este sacramento por inmersión, sumergiéndose o siendo sumergidos en el agua, pero después se han venido empleando otras formas: la ablución, derramando agua bendita sobre la cabeza de la persona -que es la forma más común actualmente en la Iglesia Católica-, y la aspersión, cuando es muy cuantioso el número de los bautizados.

Juan invitaba al bautismo para expresar una voluntad de conversión. Jesús no necesitaba convertirse, pero insiste en recibir el bautismo porque “está bien que cumplamos así lo que Dios quiere”, y de esta forma indica claramente que ha venido a hacer la voluntad de su Padre. En esto se compendia precisamente todo el programa de su vida en la tierra: hacer la voluntad de Dios. Esto quiere decir que Él mismo, siendo el justo por excelencia, llevaría humildemente sobre sí el pecado del mundo para cumplir la voluntad de Dios: hacernos posible el paso a una auténtica vida nueva, a imagen de la suya como Hijo de Dios.

2. “Vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él”

En el Bautismo de Jesús se realiza una de las teofanías o manifestaciones especiales de Dios. La imagen de la paloma evoca dos relatos simbólicos del libro bíblico del Génesis: Por una parte, el relato de la creación, donde se dice que “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1, 2), y por otra el del diluvio universal, cuando al terminar la tempestad Noe soltó una paloma que regresó al arca con una rama de olivo en el pico (Génesis 8, 10-12), significando no sólo que después de la tempestad vino la calma, sino que recomenzaba la vida en la tierra, gracias a una nueva creación.

La figura de una paloma que se posa sobre Jesús en el momento de su bautismo nos remite entonces al comienzo de una nueva creación que Dios Padre realiza por medio de Él, en la cual se manifiesta la acción renovadora del Espíritu Santo, simbolizado por la paloma, que hará posible la paz en la existencia humana, gracias a la acción salvadora del amor de Dios. El relato del Bautismo del Señor es así una proclamación del misterio de la Santísima Trinidad.

3. “Este es mi Hijo, el amado, el predilecto”

La fiesta del Bautismo del Señor actualiza para nosotros la manifestación de Jesús como Hijo de Dios, título dado por los profetas al Mesías prometido que iniciaría el reinado de Dios mismo en los corazones de quienes estuvieran dispuestos a su acción salvadora. Tal es a su vez el sentido de la profecía de Isaías en la primera lectura: “Este es mi servidor…, mi elegido a quien prefiero. Sobre él he puesto mi Espíritu” (Isaías 42, 1-7). Resalta la correspondencia entre el título de Hijo de Dios y el de Siervo o Servidor del Señor. Aquel hombre nacido en Belén, proveniente de una familia humilde y sencilla residente en la pequeña aldea de Nazaret, y que en el momento de su Bautismo en el río Jordán fue proclamado Hijo de Dios por su propio Padre celestial, iba a presentarse a sí mismo como quien vino no a ser servido, sino a servir, tal como les diría después a sus discípulos (Mateo 20, 28).

Toda su vida, desde su nacimiento en una pesebrera hasta su muerte en una cruz, fue en efecto la manifestación de esta correspondencia entre su condición de Hijo de Dios y su misión de servidor. En efecto, Jesús iba a estar siempre en medio de los seres humanos precisamente en calidad de servidor de todos los seres humanos con quienes se encontraba para hacerles el bien, tal como nos lo describe el discurso del apóstol Pedro en la segunda lectura, “fue ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo” y “pasó haciendo el bien” (Hechos 10, 34-38).

También nosotros hemos recibido en el sacramento del Bautismo al Espíritu Santo, que hace posible en nuestra existencia una vida nueva como hijos de Dios para en todo amarlo y servirlo, participando así en su reino de amor y de paz, en esta vida y en la eterna. Que esta posibilidad se haga efectiva depende de nuestra disposición a escuchar y poner en práctica sus enseñanzas, identificándonos con Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y el Servidor por excelencia.

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