En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor contestó: «Si ustedes tuvieran fe como un granito de mostaza, dirían a esa morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar». Y les obedecería. Supongan que un servidor de ustedes trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿Quién de ustedes le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le dirían: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»? ¿Tienen que estar agradecidos al servidor porque ha hecho lo mandado? Lo mismo ustedes: cuando hayan hecho todo lo mandado, digan: «Somos unos pobres servidores, hemos hecho lo que teníamos que hacer»». (Lucas 17, 5-10).
La Palabra de Dios en este domingo nos invita a reflexionar sobre dos virtudes esenciales íntimamente relacionadas: la fe y la humildad. Meditemos en lo que nos dice el Señor a este respecto en el Evangelio, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas.
1. “Si tuvieran fe como un granito de mostaza…”
La imagen del grano de mostaza, que es la más pequeña de todas las semillas, aparece empleada por Jesús dos veces en los Evangelios. Una de ellas, en el Evangelio según san Mateo (13,31-35), cuando compara el reino de los cielos -o reino de Dios, que es lo mismo y corresponde a la obra que realiza en nosotros el poder del Amor- con la semilla que va creciendo hasta convertirse en un árbol muy grande; la otra aparece en el Evangelio de hoy, cuando nos dice que si tenemos fe, aunque sea en su grado más mínimo, lograremos lo que parece imposible, como hacer que cambie de lugar un árbol -o un monte, como dicen los textos paralelos de los evangelistas Mateo y Marcos, de donde proviene el conocido refrán “la fe mueve montañas”-.
Ahora bien, la verdadera fe consiste no simplemente en aceptar unos conceptos como verdaderos, sino en adherirnos a Dios sin dejarnos amilanar por los problemas. En la primera lectura, el profeta Habacuc (1,2-3; 2,2-4) experimenta la tentación del desánimo porque le parece no ser escuchado por Dios, y la respuesta a su clamor es una invitación a creer: “el justo vivirá por la fe”. Y en la segunda, el apóstol san Pablo le dice a su discípulo y colaborador Timoteo (2ª Timoteo 1, 6-8.13-14): “confía en el poder de Dios”. En ambos textos bíblicos hallamos una invitación a no desanimarnos ante las dificultades pensando que Dios no nos escucha, sino a confiar plenamente en Él, para quien nada es imposible.
Pero esto no nos exime de poner cuanto esté de nuestra parte. La verdadera fe es a la vez confianza en Dios y en nuestras capacidades: confianza en Dios como si todo dependiera de Él, pero haciendo nuestro trabajo como si todo dependiera de nosotros. “Haz las cosas como si todo dependiera de ti, y confía en Dios como si todo dependiera de Él”, solía decir, según sus biógrafos, san Ignacio de Loyola.
2. “Somos unos pobres servidores, hemos hecho lo que teníamos que hacer”
El granito de mostaza es también imagen de la humildad precisamente por su pequeñez, y Jesús agrega otra: la del servidor que no exige lo que no le corresponde. Los términos humildad y humanidad provienen del latín humus: el barro de la tierra. Reconocer la verdad de lo que somos no es minusvalorarnos, sino aceptar nuestra realidad de humanos, creaturas en las manos de nuestro Creador.
Por eso Jesús dice que, al hacer la voluntad de Dios, en lugar de esperar o ambicionar honores, reconozcamos sencillamente que hemos cumplido con nuestro deber. Él mismo nos enseñó con su ejemplo la virtud de la humildad: siendo Dios se hizo humano, y siendo el Señor del universo se hizo servidor, como les dijo a sus discípulos en la última cena, cuando discutían sobre quién de entre ellos debería ser considerado como el más importante: “quién es más importante, el que se sienta a la mesa a comer o el que sirve? ¿Acaso no lo es el que se sienta a la mesa? En cambio, yo estoy en medio de ustedes como el que sirve” (Lucas 22, 27).
3. Pidamos los dones de la fe y de la humildad
Pidámosle al Señor, como sus apóstoles, que nos aumente la fe. No la falsa consistente en creencias vacías sin repercusión en la vida concreta, sino la auténtica: adherirnos a Dios confiando plenamente en Él, y poner en práctica, sin desanimarnos ante los problemas, las capacidades que Él mismo nos ha dado. Y pidámosle asimismo que nos haga humildes, invocando la intercesión de María santísima, la servidora del Señor -como ella se llamó a sí misma- (Lucas 1,48) y la de tantos santos y santas que se distinguieron por su humildad.
Santa Teresa de Ávila, también conocida como Teresa de Jesús (1515-1582), nos dejó varias reflexiones sobre la virtud de la humildad:
“La humildad es la verdad”. “La medida verdadera de nuestra proximidad a Dios, es la humildad” “El humilde se contenta con lo que le toca: si se trata de servir, sirve; si le toca trabajar fuerte, lo hace, y si le dan regalos, con admiración y agradecimiento los recibe, aunque piensa que no le corresponden. Todas sus acciones y pensamientos le parecen insignificantes para tan gran Señor.”
Y otra gran santa, Teresa de Lisieux, conocida como Teresita del Niño Jesús (1873-1897), escribió esta oración, que bien podemos hacer nuestra, para pedirle a Dios que nos haga humildes de corazón:
“Tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana tomo la resolución de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en ti. Ya que tú lo puedes todo, haz que nazca en mi alma la virtud que deseo. ¡Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!”