Cuando Jesús recibió la noticia de la muerte de Juan el Bautista, se fue solo en una barca a un lugar apartado. Pero la gente lo supo y salió de los pueblos para seguirlo por tierra. Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud, tuvo compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban. Como ya se hacía de noche, los discípulos se le acercaron y le dijeron: “Ya es tarde, y este es un lugar solitario; despide a la gente para que vayan a las aldeas y se compren comida”. Jesús les contestó: “No es necesario que se vayan; denles ustedes de comer”. Ellos respondieron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Jesús les dijo: “Tráiganmelos aquí”. Entonces mandó a la multitud que se sentara sobre la hierba. Luego tomó los cinco panes y los dos pescados y, mirando al cielo, pronunció la bendición y partió los panes, los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente. Todos comieron hasta quedar satisfechos; recogieron los pedazos sobrantes, y con ellos llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres ni los niños (Mateo 14, 13-21).
Siete relatos de multiplicación de panes y peces aparecen en los Evangelios: dos en el de Mateo, dos en el de Marcos, dos en el de Lucas y una en el de Juan, lo cual indica la importancia que tuvo aquella experiencia para sus discípulos. Veamos cómo podemos aplicarla a nuestra vida.
Jesús buscaba espacios de soledad que le permitieran descansar y alejarse del ajetreo cotidiano para orar, en comunicación con su Padre y el Espíritu Santo. En esta ocasión además acababa de recibir la noticia de la muerte de su pariente Juan Bautista, a quien había asesinado el rey Herodes mandándolo decapitar.
También nosotros necesitamos el silencio interior para encontrarnos con Dios y ser confortados por Él, especialmente en los momentos difíciles. Es más, siempre necesitamos buscar espacios para nuestra renovación espiritual cotidiana, en comunicación con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Todas las personas que buscaban a Jesús ávidas de sus enseñanzas y sus acciones sanadoras, al encontrarlo experimentaban su actitud disponible especialmente para los más necesitados. Era una actitud de com-pasión, en el sentido más pleno de lo que significa com-padecer: sentir-con, padecer-con.
El Evangelio dice que Jesús tuvo compasión empleando la palabra griega ἐσπλαγχνίσθη (esplagchnisze), que aparece 17 veces en el Nuevo Testamento y significa “se le conmovieron las entrañas”. En medicina, la especialidad que se refiere a las vísceras se denomina “esplacnología”. Dios se hizo hombre en Jesús para sentir humanamente, conmoviéndose visceralmente y mostrando así ese amor entrañable significado en su Sagrado Corazón. Por eso, si queremos ser auténticos seguidores suyos, debemos disponernos a reproducir la misma actitud. Pero para ello necesitamos que Dios mismo nos conceda una sensibilidad interior que nos haga conmovernos de corazón, hasta lo más profundo de nuestro ser, ante el sufrimiento de los demás, así como Él la tuvo por las personas que le llevaban a sus seres queridos enfermos y que tenían hambre, sobre todo hambre y sed de justicia (cf. Mateo 5, 6).
Este milagro expresa la abundancia, prometida por Dios, de un alimento renovador que él mismo les ofrecería a quienes se dispusieran a escuchar su Palabra, como lo habían anunciado Isaías en la primera lectura y el salmo que le sigue. Tal abundancia se expresa simbólicamente en el número de personas indicado por el Evangelio: más de cinco mil. Pero detengámonos en tres aspectos significativos:
1º- La multiplicación de los panes y peces es una imagen anticipatoria del sacramento de la Eucaristía, al que los primeros cristianos llamaron “fracción del pan” (cf. Hechos de los Apóstoles 2, 46). En el Evangelo según san Juan este significado eucarístico se expresa en el llamado “discurso del Pan de Vida”, pronunciado por Jesús después de obrar el milagro. Y Él mismo, además, iba a ser representado desde los comienzos de su Iglesia con la imagen simbólica del pez, en griego ICHTHUS (ΙΧΘΥΣ), cuyas letras son las iniciales del nombre y los títulos de Jesús: Iesous, Christos, Theou Uios, Soter (Iησοῦς Χριστὸς, Θεοῦ Υἱὸς, Σωτήρ): Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador.
2º- La multiplicación de los panes y peces es una acción comunitaria. Jesús, después de recibir los muy pocos que le entregan, pronuncia sobre ellos la bendición, parte los panes y los da a sus discípulos para que los repartan. Esto significa que la tarea de contribuir a la alimentación de todos no le corresponde sólo a Él; es una tarea colaborativa en la que cada cual debe aportar lo suyo según sus posibilidades. En la simbología bíblica, el número de los canastos sobrantes, 12, relacionado con el de los 12 apóstoles, representa la perfección organizativa y la plenitud, mostrando que la gracia de Dios nunca se agota.
3º- La multiplicación de los panes y peces es el resultado de la voluntad de compartir. Cuando ella existe realmente, aunque haya poco alcanza para todos y hasta sobra; pero si no existe, unos pocos acaparan todo y las mayorías padecen hambre. Esto último es lo que sucede cuando las estructuras sociales injustas y la corrupción hacen que unos pocos se enriquezcan a costa de muchos que se empobrecen. Por eso debemos llevar a la práctica lo que significa la Eucaristía: compartir la mesa de la creación, representada en el pan y el vino, “frutos de la tierra y del trabajo humano” -como se dice en el ofertorio-, para que, así como en ellos se realiza por la consagración eucarística la presencia de Cristo que nos alimenta, también nosotros contribuyamos a que se realice en nuestra existencia cotidiana la presencia activa de Dios que es Amor, al compartir lo que somos y tenemos con nuestros prójimos, empezando por los más necesitados.
Dispongámonos pues a ser alimentados con la mayor frecuencia posible por el Pan de Vida que es Cristo resucitado, la Palabra de Dios hecha carne que nos nutre y nos fortalece espiritualmente en el camino de nuestra existencia terrena, y a realizar lo que significa la Eucaristía, para que, como dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura, nada nos aparte del amor de Cristo.