En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo Único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo»». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Juan 1, 1-18).
El segundo domingo después de la celebración de su Nacimiento, el Evangelio nos presenta a Jesús como la Palabra de Dios que se hizo hombre para caminar junto a nosotros. Este misterio de la Encarnación del Señor, que culminaría con su pasión y resurrección, es el acontecimiento central de la fe cristiana. Meditemos en lo que significa, teniendo en cuenta también las otras lecturas.
El libro llamado “Sirácida” por ser su autor el sabio Ben Sirac, y conocido también como “Eclesiástico”, que es uno de los escritos bíblicos sapienciales y fue redactado hacia el año 180 a.C., nos presente en la primera lectura de este domingo a la Sabiduría personificada. Y lo que dice en esta lectura la Sabiduría podemos relacionarlo directamente con lo descrito por el Evangelio. La Sabiduría dice en el Eclesiástico refiriéndose al “Creador del Universo”: “Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré jamás”. Y el Evangelio comienza diciendo: “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios
Por otra parte, en el primer capítulo del libro del Génesis, escrito entre los años 950 y el 500 a.C., se comienza diciendo que “en el principio creó Dios el cielo y la tierra”, y sigue luego el primer relato de la creación narrando que fue por medio de la Palabra como Dios fue llamando a la existencia a todos los seres, empezando por la luz y culminando con el primer hombre y la primera mujer: “Dijo Dios…”. y todo fue comenzando a existir. Ahora bien, a esta Palabra de Dios, que es la manifestación de su Sabiduría, nosotros la reconocemos como la segunda persona de la Santísima Trinidad, o sea el Hijo de Dios Padre, que se hizo hombre hace poco más de veinte siglos.
También en el libro del Eclesiástico, la Sabiduría en persona dice: “el Creador estableció mi morada: — Habita en Jacob, sea Israel tu heredad”, lo cual podemos relacionar a su vez con lo que cuenta el Evangelio: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. El texto griego de esta frase dice literalmente que “acampó”, es decir, que puso su tienda de campaña entre nosotros para acompañarnos en el camino de nuestra existencia humana.
San Ignacio de Loyola (1491-1556), al proponer en sus Ejercicios Espirituales la contemplación del misterio de la Encarnación, invita al ejercitante a pedir “conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga”. Esto es precisamente lo que encontramos en la segunda lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Efesios: “que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”.
Esta frase podemos aplicarla a lo que sucede con los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, por los cuales, al vivir lo que significan, Dios Padre nos concede la gracia de ser sus hijos. En efecto, dice san Pablo en la segunda lectura: “Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya”.
El texto del Evangelio dice: “A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Esta fe es la que expresamos al santiguarnos “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, y también cuando rezamos “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”, realizando así lo que escribió el apóstol san Pablo.
“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”, termina diciendo el prólogo del Evangelio según san Juan. En otras palabras, los seres humanos no podemos conocer a Dios por nuestra mera razón; es necesario que ésta sea iluminada por Dios mismo, lo cual acontece precisamente por la acción de Cristo. Invoquemos pues la intercesión de María santísima y san José, a quienes de manera especial recuerda la Iglesia en este tiempo de Navidad, para que nos alcancen de Jesús la gracia de conocerlo cada día más y mejor, para más y mejor amarlo y seguirlo.