La parabóla del banquete

El mensaje del domingo

XXVIII Domingo – Tiempo Ordinario Ciclo A – Octubre 11 de 2026

Jesús les dijo a los sumos sacerdotes y a los fariseos esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Envió servidores para que avisaran a los convidados, pero éstos no quisieron ir. Volvió a enviar a sus servidores, encargándoles que les dijeran a los convidados: «Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Vengan a la boda.» Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los servidores y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus servidores: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan a los cruces de los caminos, y a todos los que encuentren, convídenlos a la boda.» Los servidores salieron y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» El otro no abrió la boca. Entonces el rey les dijo a los camareros: «Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.» Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.» (Mateo 22, 1-14).

Esta es la última de las tres parábolas que, después de haber expulsado a los mercaderes del Templo de Jerusalén, nos cuenta el Evangelio según san Mateo que Jesús les dirigió a los sumos sacerdotes y fariseos que formaban parte del sanedrín o consejo supremo de la religión judía, y se le habían acercado preguntándole con qué autoridad lo hacía (cf. Mateo 21, 23-27). Y después de hacerles ver que eran ellos quienes no tenían la autoridad moral para hacerle esta pregunta, les dirige las parábolas de los dos hijos, de los labradores homicidas y de los convidados al banquete, que corresponden a los pasajes del Evangelio de estos últimos tres domingos.

1. “Envió servidores para que avisaran a los convidados a la boda, pero éstos no quisieron ir”

Lo primero que nos muestra la parábola del banquete es el rechazo de la invitación por parte de los convidados iniciales. El banquete de bodas simboliza la celebración de la alianza de Dios con el pueblo de Israel, que había sido comparada por los profetas del Antiguo Testamento con una alianza matrimonial. Estos, representados en los servidores de la parábola, habían recibido de Dios la misión de invitar al pueblo a volver a Dios.

Una y otra vez aquellos profetas habían exhortado al pueblo a convertirse y practicar la justicia para cumplir con las condiciones de aquella alianza, pero fueron rechazados. Ahora las autoridades religiosas del judaísmo buscaban la muerte de Jesús, porque les resultaba incómodo para sus pretensiones de poder.

En la parábola del banquete, la imagen de la ciudad consumida por el fuego parece hacer referencia a lo que sucedería con Jerusalén, que sería arrasada por el imperio romano unos cuarenta años después, en el año 70 de la era cristiana. Nosotros también somos invitados por el Señor a participar en el banquete de la felicidad eterna. Ante esta invitación, caben dos alternativas: o la aceptamos con todo lo que implica, o la rechazamos encerrándonos en nuestro egoísmo y sumándonos a quienes viven de espaldas a Dios y sus mandamientos, e incluso quieren hacerlo desaparecer de sus vidas.

2. “Vayan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”

Lo segundo en el Evangelio es que la invitación de Dios es universal. “Los cruces de los caminos” son una referencia simbólica a los lugares donde se encuentran quienes proceden de distintas naciones y culturas. Los profetas habían anunciado el alcance universal de las promesas de Dios más allá de las fronteras de Israel: al “banquete de manjares exquisitos y vino generoso” son invitados todos los pueblos, como dice en la primera lectura la palabra de Dios a través del profeta Isaías (25,6-10).

Esta profecía tendría su cumplimiento en la Iglesia como el nuevo pueblo de Dios del que somos invitados a formar parte todos, “malos y buenos”, y cuya misión es mantener la misma apertura de
Jesús que acoge sin discriminaciones a todos los que quieran atender debidamente su invitación, contraria a la actitud cerrada de los que rechazan con sus leyes y ritos excluyentes a quienes consideran que no son tan buenos o buenas como ellos se creen.

3.- “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”

Y lo tercero que nos dice el Evangelio es que quien quiera participar en el banquete debe presentarse correctamente. La invitación del Señor es para todos, pero sólo quienes estén debidamente dispuestos podrán participar en la fiesta. Según la costumbre judía de aquella época, el anfitrión les ofrecía a los invitados la vestidura de fiesta. A nosotros Dios nos ofrece el traje de la gracia santificante, requerido para participar en el banquete de su Reino. Esta gracia la recibimos en el bautismo y, si la perdemos por causa del pecado, podemos recuperarla arrepintiéndonos sinceramente y acudiendo al sacramento de la Reconciliación.

Nada podemos sin la gracia de Dios, pero, como dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura (Filipenses 4, 12-20), todo lo puedo en Aquél que me conforta. Quien nos conforta en medio de nuestras debilidades es Cristo. El salmo 23, que fue compuesto por David cuando era perseguido por el ejército del rey Saúl y que hoy se recita como salmo responsorial entre la primera y la segunda lectura, dice en una de sus estrofas: “Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos”. La Iglesia en su liturgia aplica este salmo a la situación de todo creyente en Dios para que, en medio de las dificultades, confíe siempre en el poder de su amor misericordioso.

Invocando la intercesión de María Santísima, cuya advocación de Nuestra Señora del Santo Rosario celebró la Iglesia el pasado 7 de octubre, dispongámonos pues a acoger como corresponde, y con la ayuda de su gracia, la invitación que Dios nos hace a participar en el banquete de la felicidad eterna, prefigurado en el sacramento de la Eucaristía, memorial que actualiza el sacrificio redentor de Cristo, y a su vez encuentro de comunión en el que recibimos el alimento de su cuerpo y su sangre gloriosos.

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