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¿No es éste el carpintero?

El mensaje del domingo

XIV Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B – Julio 7 de 2024

Lecturas: Ezequiel 2, 2-5; 2 Corintios 12, 7b-10; Marcos 6, 1-6

En aquel tiempo Jesús fue de Cafarnaúm a su propia tierra, y sus discípulos fueron con él. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. Y muchos oyeron a Jesús, y se preguntaron admirados: “¿Dónde aprendió éste tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no viven sus hermanas también aquí, entre nosotros?” Y no tenían fe en él. Pero Jesús les dijo: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra, entre sus parientes y en su propia casa”. No pudo hacer allí ningún milagro, aparte de poner las manos sobre unos pocos enfermos y sanarlos. Y estaba asombrado porque aquella gente no creía en él. Jesús recorría las aldeas cercanas, enseñando. (Marcos 6, 1-6).

1.  Nadie es profeta en su tierra: los prejuicios impiden reconocer la verdad

Esta es la primera enseñanza que hoy nos trae el Evangelio. Jesús experimenta cómo muchos de sus paisanos de Nazaret, donde se había criado y en cuya sinagoga estaba enseñando, se resisten a creer en su coterráneo al que habían conocido como un humilde carpintero, hijo del artesano José (como dicen los textos de Mateo 13, 53-58 y Lucas 4, 16-30) y de la campesina María. También hoy son muy frecuentes los rótulos con los que se suele catalogar a las personas con base en prejuicios que impiden reconocer lo que son en realidad.

Aquellos coterráneos incrédulos se refieren a los hermanos de Jesús. ¿Cómo entender este término? Según algunas interpretaciones, eran hijos de José y María; según otras, eran hijos de un matrimonio anterior de José, que era viudo cuando se casó con María. Pero según la interpretación oficial de la Iglesia Católica deben entenderse los términos “hermanos” y “hermanas” como parientes, pues en arameo, la lengua en la que predicaron inicialmente los apóstoles y a partir de la cual fueron escritas las versiones en griego de los Evangelios, la palabra designa en general a los familiares. Por ejemplo, en el Antiguo Testamento, Abram llama “hermano” a su sobrino Lot (Cf. Biblia de Jerusalén, Génesis 12,5 y 13,8: “Dijo pues Abram a Lot: no haya disputas entre nosotros… pues somos hermanos”).

Y lo que dice Jesús acerca de la falta de fe de sus paisanos, dio origen al refrán “nadie es profeta en su tierra”. En griego profeta corresponde al hebreo nabí, que quiere decir inspirado. La Biblia lo aplica a quien, inspirado por Dios, es capaz tanto de interpretar el sentido trascendente de los hechos cotidianos, como de predecir acontecimientos futuros. Con esto último se suele relacionar comúnmente el término, pero su significado es ante todo el primero: profeta es el inspirado por Dios para hablar y actuar en su nombre, como en el siglo VI a.C. lo fue Ezequiel, cuya vocación se narra en la primera lectura de hoy, y a quien Dios le dice que realice su misión profética a pesar de que los israelitas, a quienes Él lo envía para comunicarles su palabra, “son tercos y de cabeza dura”.

2.  No es posible experimentar la acción sanadora y salvadora de Jesús sin una actitud de fe

Este es el mensaje central del Evangelio de hoy. Otro evangelista, el apóstol san Juan, dice en un contexto más amplio que el de Nazaret, el de muchos judíos que afirmaban creer en el Dios verdadero y no acogieron su Palabra hecha carne en la persona de su Hijo: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Sin embargo, Juan continúa diciendo: “pero a quienes lo recibieron y creyeron en Él, les dio el privilegio de llegar a ser hijos de Dios” (1,12). Entre estos últimos estamos los bautizados en Cristo, pero no basta con pertenecer institucionalmente a la Iglesia; para “llegar a ser” de verdad “hijos de Dios”, hay que creer en Él y obrar de acuerdo con esta fe.

“¿De dónde ha sacado esa sabiduría? También hoy persiste la pregunta sobre la formación que pudo tener Jesús. A juzgar por los relatos de Mateo y Lucas, después de su nacimiento en Belén, su presentación en el Templo y la huida a Egipto -en donde estuvo la sagrada familia poco tiempo-, Él no parece haber salido de Nazaret antes de los treinta años, excepto cuando iba por pocos días con sus padres a Jerusalén, como lo indica el relato de su perdida y hallazgo. Sin embargo, algunos intentan probar, no sólo que fue instruido como Juan el Bautista en la comunidad de los esenios del desierto de Judea, sino que incluso estuvo en la India. Todas éstas son especulaciones sin fundamento.

Pero lo que escapa a quienes se encierran en parámetros meramente humanos, es que en Jesús actuaba el Espíritu Santo, lo cual no supieron reconocer no sólo muchos de sus coterráneos de Nazaret, sino muchos judíos del resto de Galilea y de Jerusalén. Incluso sus discípulos, y hasta su propia madre, la Virgen María, sólo pudieron comprender el sentido de su vida y sus enseñanzas gracias al don de la fe pascual y la iluminación de Pentecostés. También nosotros podemos reconocer su acción sanadora y salvadora, pero sólo mediante ese mismo don de la fe y por la acción del Espíritu Santo.

 

3. La fe supone la humildad: sólo recibimos la fuerza de Cristo si reconocemos nuestra debilidad

Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo”, dice el apóstol san Pablo en la segunda lectura, refiriéndose a lo que él llama una espina clavada en su carne, entendida la “carne” como la condición material humana. No especifica cuál es esa espina, que podría tratarse de un problema personal con el que tuvo que enfrentarse durante toda su vida; pero esa debilidad lo lleva a reconocer humildemente la necesidad de la fuerza sanadora y salvadora del Señor, que le dice interiormente: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. También nosotros debemos reconocer humildemente nuestras limitaciones, no perdiendo nuestra autoestima ni dejando de esforzarnos por mejorar, pero sí confiando con fe en el amor y la gracia del Señor.

San Ignacio de Loyola culmina sus Ejercicios Espirituales [234] precisamente con una invitación a que reconozcamos y le pidamos a Dios, después de entregarle todo cuanto somos y tenemos -o de retornárselo, porque todo es don suyo-, eso| que en realidad necesitamos: su amor y su gracia. Invoquemos pues la intercesión de María, a quien se refiere el Evangelio como la madre de Jesús y que también es madre nuestra porque todos los bautizados formamos el Cuerpo Místico de Cristo, y digamos con san Ignacio: Toma Señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Ti Señor lo torno; todo es tuyo, dispón a toda tu voluntad; dame tu amor y tu gracia, que ésta me basta. Amén.

Preguntas para la reflexión
  1. ¿A qué siento espiritualmente que me mueve el relato del Evangelio de hoy?
  2. ¿Qué siento que me enseña hoy el Evangelio con respecto al conocimiento de las personas?
  3. ¿Cómo percibo en las lecturas bíblicas de hoy la relación entre la fe y la humildad?
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