En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: “No hay nada secreto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse; lo que les digo en la oscuridad díganlo a la luz del día, y lo que les digo al oído pregónenlo desde las azoteas. No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; tengan miedo más bien al que puede llevar alma y cuerpo a la perdición. ¿No se venden un par de pajarillos por poco dinero? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de su cabeza Él los tiene contados. Así que no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”. Si alguien se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si alguien me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 26-33).
“No tengan miedo”. Estas palabras que se encuentran en distintos pasajes de los Evangelios dichas por Jesús a sus discípulos, no sólo durante su vida terrena sino también cuando se les manifestó resucitado, constituyen el núcleo del mensaje que nos trae hoy la Palabra de Dios. Sintámoslas dichas también a nosotros y meditemos sobre ellas a la luz de los textos bíblicos de este domingo: Jeremías 20,10-13; Salmo 69 (68); Romanos 5,12-15; Mateo 10, 26-33.
“No les tengas miedo, porque yo estaré contigo para protegerte”, le había dicho el Señor a Jeremías (1, 8), aquel profeta del siglo VII a.C. que, tal como este mismo lo relata en la primera lectura, sería perseguido por quienes detentaban el poder por denunciar la idolatría y la injusticia, pero no se arredraría ante las amenazas porque confiaba plenamente en Dios diciendo. “El Señor está conmigo”. Y la palabra de Dios en el Salmo responsorial invita a quienes sufren la incomprensión o la persecución por causa de su fe, a que confíen en Él, “Por ti he aguantado afrentas (…), las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. Pero mi oración se dirige a ti, Dios mío, (…) que me escuche tu gran bondad…” Este, como muchos otros salmos del Antiguo Testamento tiene un contenido profético que podemos aplicar a nuestro Señor Jesucristo en su pasión redentora. Y la actitud de no tener miedo se relaciona con la confianza en Dios que nos da su gracia en la persona de Jesús, de acuerdo con lo que lo que dice el apóstol san Pablo en la primera lectura: que “el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó para la multitud”.
En el Evangelio Jesús, después de haber elegido como apóstoles -es decir, enviados- a doce de sus primeros discípulos, les dice: “No hay nada secreto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse; lo que les digo en la oscuridad díganlo a la luz del día, y lo que les digo al oído pregónenlo desde las azoteas”.
También nosotros estamos llamados, cada uno y cada una con una misión específica, a anunciar la Buena Noticia de Jesús tanto mediante la palabra como con nuestro comportamiento. Hoy ese “desde las azoteas” se cumple literalmente gracias a los medios electrónicos de comunicación que transmiten la Palabra de Dios a todo el mundo. Sin embargo, puede suceder que, ante un ambiente adverso a la fe experimentemos la tentación de ocultar nuestra identidad. Es entonces cuando el Señor nos invita a no tener miedo, ofreciéndonos la fuerza del Espíritu Santo para no dejarnos vencer por la cobardía o el falso “respeto humano”, de modo que pueda aplicarse a nosotros lo que dice Jesús al final del Evangelio: “Si alguien se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre”.
“No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; teman más bien al que puede llevar alma y cuerpo a la perdición…”. A lo largo de la historia del cristianismo, muchos mártires -palabra de origen griego que significa testigos- han entregado su vida por dar testimonio de su fe en Jesucristo y vivirla con honestidad. También nosotros, si queremos ser verdaderos seguidores suyos, debemos estar dispuestos a dar testimonio de nuestra fe en Cristo, hasta entregar la propia vida.
Por eso, en medio de un ambiente que lleva a muchos a claudicar de sus convicciones, resuena el mensaje de Jesús: “No tengan miedo”. Preguntémonos qué preferiríamos de las personas a las que queremos: ¿que la memoria de su paso por esta vida sea la de quienes fueron fieles a los principios éticos de honestidad y justicia hasta la muerte, o la de quienes por cobardía o ambiciones materiales renunciaron a esos mismos principios? Esta misma pregunta podrían hacerse, quienes nos quieren, acerca de cada uno -y cada una- de nosotros.
“¿No se venden un par de pajarillos por poco dinero? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que el Padre lo permita. En cuanto a ustedes mismos, hasta los cabellos de su cabeza Él los tiene contados. Así que no tengan miedo: ustedes valen más que muchos pajarillos”. Lo que nos quiere mostrar Jesús a través de esta comparación es que estamos en las manos de Dios, para quien cada uno .y cada una- de nosotros tiene un valor igual al de su amor infinito, y por eso podemos confiarle sin temor lo que pensamos, lo que sentimos, lo que queremos, nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.
En este mes de junio dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, confiémosle hoy el resultado de las elecciones presidenciales en Colombia. Y renovemos nuestra disposición a corresponder a su amor infinito ofreciéndole nuestra vida. San Ignacio de Loyola (1491–1556) compuso una oración que forma parte de la “Contemplación para alcanzar Amor” al final de sus Ejercicios Espirituales, con la que podemos expresarle al Señor nuestra entrega y nuestra confianza en su amor y su gracia. Una oración que podemos recitar todos los días, que cobra un significado especial al examinar cómo estamos cumpliendo y debemos cumplir la misión que Dios nos ha encomendado, y también cuando tenemos que tomar grandes decisiones o en los momentos difíciles de nuestra existencia. Hagamos nuestra esta oración, disponiéndonos a realizar con generosidad, y contando con su ayuda, la misión encomendada por Él a cada uno -y cada una- de nosotros: Toma Señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Tú me lo diste, a Ti Señor lo torno. Todo es tuyo, dispón a toda tu voluntad. Dame tu amor y gracia, que ésta me basta.