Un sábado Jesús fue a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos lo estaban espiando. Y al ver cómo los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo: –Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú; y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: ‘Dale tu lugar a este otro.’ Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, pásate a un lugar de más honor.’ Así recibirás honores delante de los que están sentados contigo a la mesa. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido. Dijo también al hombre que lo había invitado: –Cuando des una comida no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; porque ellos a su vez, te invitarán, y así quedarás ya recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, inválidos, cojos y ciegos; y serás feliz. Porque ellos no te pueden pagar, pero tú tendrás tu recompensa el día en que los justos resuciten. (Lucas 14, 1.7-14).
Jesús nos ofrece en este pasaje del Evangelio una enseñanza relacionada con tres temas: la humildad, el desapego de los intereses egoístas y la preferencia por los pobres. Tratemos de aplicar a nuestra vida lo que nos dice, teniendo en cuenta también los demás textos bíblicos de este domingo.
1. Proceder con humildad
Jesús comienza evocando una norma de buena educación que no cumplen los invitados: no buscar los puestos de honor en la mesa. Esta regla de etiqueta o pequeña ética había sido ya expresada unos 450 años antes en el libro de los Proverbios (25, 6-7): “No te des importancia ni tomes el lugar de la gente importante; vale más que te inviten a subir allí, que ser humillado ante los grandes señores”. “Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad”, comienza diciendo la primera lectura, tomada del libro Eclesiástico (3, 17-18. 20. 28-29), escrito en el siglo II a.C. y también llamado Sirácida por ser su autor un sabio llamado Ben Sirac. En él, como en el de los Proverbios y en otros escritos llamados “sapienciales” por su referencia a la sabiduría, se dice que la humildad es la virtud característica del auténtico sabio, que vive con sencillez en vez de hacer alarde de sus méritos, su posición o sus conocimientos.
Lo que Jesús quiere enseñar es precisamente la importancia de la humildad, opuesta a la arrogancia de los fariseos que se consideraban superiores al resto de la gente por cumplir con unos ritos aparentando así ser merecedores de reverencia, a la soberbia de los doctores de la ley que menospreciaban a los demás considerándolos ignorantes y pecadores, y al orgullo de quienes ejercían el poder propio de su estrato social despreciando y excluyendo a los pobres.
La segunda lectura (Hebreos 12, 18-19. 22-24a) contrapone la imagen del Dios terrible de la antigua alianza, que en el monte Horeb (también llamado Sinaí) había manifestado su grandeza por medio del fuego, la tormenta y la trompeta, a la del Dios cercano que se ha revelado en la persona de Jesús, “mediador de una nueva alianza”. También en el Antiguo Testamento se relata la manifestación divina al profeta Elías en el monte Horeb, pero no mediante el fuego y la tempestad, sino con el murmullo de una brisa suave (1 Reyes 19, 12-13), lo cual prefiguraba la cercanía del Dios que se iba a revelar en Jesucristo.
2. Obrar desinteresadamente
En la segunda parte del Evangelio Jesús nos exhorta a obrar sin cálculos egoístas. Todos solemos tener la inclinación a obrar esperando que nos paguen, como dice el refrán “favor con favor se paga”. Esta actitud puede llevarnos a buscar ante todo nuestra propia recompensa, en lugar de aplicar lo que dijo Jesús: “hay mayor felicidad en dar que en recibir”, frase evocada por el apóstol san Pablo en su discurso a los presbíteros de Éfeso (Hechos de los Apóstoles 20, 35).
Pero ¡atención! Al dar, existe el peligro de caer en la tentación de hacer sentir inferior al beneficiario. La verdadera caridad no consiste en sentir lástima los de “arriba” por los de “abajo”, afianzándose los que dan en sus posiciones superiores y quedando los que reciben en su situación de miseria. No. El amor verdadero a los pobres exige la solidaridad para buscar con ellos la realización de condiciones de justicia social que les hagan posible superar su situación y vivir de acuerdo con su dignidad humana.
3. La verdadera sabiduría implica optar preferencialmente por los pobres
Lo que propone Jesús es cambiar la jerarquía de valores propia de un sistema social que excluye a los pobres, a los débiles, a los que considera inútiles. Son éstos justamente los preferidos de Dios, a quienes en primera instancia quiere Él que llegue su invitación al banquete de la vida eterna, prefigurado en la Eucaristía. Un canto eucarístico llamado en latín Panis angelicus (Pan angélico), dice en uno de sus versos: ¡O res mirabilis! Manducant Dominum pauper, servus et humilis (¡Oh cosa admirable! Se alimentan del Señor el pobre, el servidor y el humilde). Esto se manifiesta en las grandes iglesias, a las que asisten personas de distintas clases sociales. Sin embargo, más admirable sería que en nuestra vida cotidiana se mostrara por parte de cada uno de nosotros una disposición abierta de preferencia a los pobres.
Se trata de una opción que es precisamente la opción de Dios. “Tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres”, dice el Salmo 68 (67). Esta es la opción de Jesús, y tiene que ser la de sus seguidores. La opción preferencial por los pobres es un concepto del Magisterio Social de la Iglesia que refleja la predilección de Dios por los necesitados y marginados, como se evidencia en la Biblia y la vida de Jesús. Implica que la Iglesia, inspirada por este amor divino, debe priorizar el bienestar de los pobres, caminar junto a ellos, dejarse evangelizar por ellos y trabajar activamente para transformar las estructuras sociales que generan injusticia, de manera que se les reconozca su dignidad y se promueva la justicia. La frase “opción preferencial por los pobres” fue propuesta en 1968 por el padre Pedro Arrupe y adoptada por la Conferencia General de los Obispos de Latinoamérica, celebrada ese mismo año en Medellín -Colombia-, y en la cual participó él como superior general de los jesuitas.
Que María santísima, quien se reconoció la “servidora del Señor” y mostró este reconocimiento con sus obras, nos alcance de su Hijo la disposición a en todo amar y servir, con una sincera opción preferencial por los pobres. Así sea.