Radicalidad del seguimiento a Jesús

El mensaje del domingo

XX Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C – Agosto 17 de 2025

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: He venido a prender fuego en la tierra, y ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo! ¿Creen que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Porque de hoy en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres. El padre contra su hijo y el hijo contra su padre; la madre contra su hija y la hija contra su madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra” (Lucas 12, 49-53)

Estas palabras de Jesús hay que entenderlas en el contexto de la subida de Jesús con sus discípulos desde Galilea hacia Jerusalén, donde iba a padecer y morir en una cruz al ser rechazado por quienes detentaban el poder religioso y político.

1.  “He venido a prender fuego en la tierra” 

El símbolo del fuego que purifica el oro y la plata de la escoria se encuentra en varios textos bíblicos anteriores, y Jesús lo emplea en el Evangelio para indicar que su misión es liberar de la escoria del pecado a todos los que quieran acoger su mensaje. Él vino a la tierra para realizar esa liberación por obra del Espíritu Santo, uno de cuyos símbolos es el fuego, que además de purificar produce una nueva creación. La Iglesia, evocando el acontecimiento de Pentecostés (Hechos 2, 3), eleva esta petición: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Se trata del Amor que es Dios mismo (1 Juan 4, 8.16) y que Jesús nos manifestó con su corazón abierto queriendo que se propagara en el mundo, de modo que los seres humanos nos amemos unos a otros como Él mismo nos ama.

La expresión “Ite inflammate omnia”, que traducida del latín significa “Vayan y enciéndanlo todo”, fue utilizada por san Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús, en las cartas dirigidas a los jesuitas que iban a las misiones para motivarlos a que llevaran el mensaje del Evangelio a todo el mundo, encendiendo corazones con el fuego del amor de Dios. Y a san Alberto Hurtado, sacerdote jesuita chileno (1901-1952), conocido por su trabajo con los jóvenes y los pobres, se le atribuye la frase “un fuego que enciende otros fuegos”, refiriéndose a su capacidad para inspirar a otros a vivir una vida de servicio a los más necesitados.

2.  “Tengo que pasar por un bautismo, y ¡cómo sufro hasta que se lleve a cabo!”

El término “bautismo”, proveniente del griego, indica originalmente el acto por el cual una persona se sumerge o es sumergida en el agua, signo de vida y símbolo también del Espíritu Santo, con un sentido de purificación y renovación vital. Jesús, el justo por excelencia que como tal no necesitaba ser purificado, tomó sin embargo sobre sí mismo toda la carga del pecado del mundo para que la humanidad fuera liberada y renovada por medio de su sacrificio redentor. Esto es lo que significa la referencia de Juan Bautista a nuestro Señor Jesucristo como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29): es decir que lo asume para cargar con él, cumpliendo la profecía bíblica del servidor sufriente (cf. Isaías 53, 5-7). A esto se refiere precisamente Él cuando dice que tiene que pasar por un bautismo, teniendo en cuenta que la pascua significa el “paso” para sumergirse en el torrente de su pasión y muerte de cruz, y resucitar a una vida nueva dándonos la garantía de que también nuestra existencia tiene un horizonte de vida eterna. Y el sacramento del Bautismo es el signo de nuestra incorporación a este misterio pascual de Cristo, por la cual somos llamados a identificarnos con Él.

3.  “¿Creen que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división” 

Esta frase de Jesús pareciera oponerse a lo que Él mismo les iba a decir a sus discípulos en la última cena antes de su pasión: “la paz les dejo (Juan 14, 27). Y también a su saludo después de haber resucitado: “les traigo la paz” (Juan 20, 19-20.26). Pero no es así. En la última cena continúa diciéndoles “mi paz les doy, y no la doy como la da el mundo”. Es decir que hay una paz auténtica, distinta de la falsa y aparente. La paz auténtica es la que se construye con base en la justicia; mientras que la falsa, la que da el mundo, es la que proviene de un pacto con la injusticia; paz y pacto tienen la misma raíz lingüística, por lo cual la realidad de la paz depende de con quién se haga el pacto o la alianza.

Los profetas anteriores a Cristo, como Jeremías, de cuyo libro está tomada la primera lectura (38, 4-6. 8- 10), por predicar la exigencia de la fidelidad del pueblo a la alianza con Dios y por lo tanto no pactar con la idolatría y la injusticia, habían generado reacciones encontradas. Así prefiguraron lo que iba a acontecer con el Mesías prometido. Siglos más tarde, cuando José y María presentaron a Jesús en el Templo a los cuarenta días de su nacimiento, el anciano Simeón les anunció que aquel niño sería “signo de contradicción” (Lucas 2, 34): unos acogerían su mensaje y otros lo rechazarían, de modo que las enseñanzas de Jesús suscitarían enfrentamientos, y en no pocas familias hubo una división entre quienes se convertían a la fe en Jesucristo y quienes permanecían en el judaísmo o en el paganismo.

También hoy existen divisiones y enfrentamientos. Ante esta situación, la tarea que nos corresponde a todos es vivir el mandamiento del amor, y en lugar de pelearnos, emplear nuestras energías en la “pelea contra el pecado”, como invita a hacerlo la Carta a los Hebreos (12, 1-4), que fue dirigida en el siglo I d.C. a los judíos recién convertidos al cristianismo, pero que, como todos los escritos bíblicos, nos interpela también a nosotros para que “fijos los ojos en Jesús”, “corramos en la carrera que nos toca”. Porque la paz que Él no vino a traer es la falsa consistente en la capitulación de quienes prefieren no luchar contra el pecado, dejándose vencer de la indiferencia ante la injusticia en vez de afrontar la opción radical por el Evangelio.

Conclusión

Pidámosle pues al Señor, invocando la intercesión de María santísima y de todos los santos, que encienda en nosotros el fuego de su amor, de modo que vivamos auténticamente lo que significa nuestro bautismo y contribuyamos a la construcción de la paz verdadera.

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