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“También dijo Jesús: ¿A qué se parece el reino de Dios o con qué podremos compararlo? Es como una semilla de mostaza que se siembra en la tierra . Es la más pequeña de todas las semillas del mundo , pero una vez sembrada crece y se hace mayor que todas las otras plantas del huerto, con ramas tan grandes que hasta las aves pueden posarse bajo su sombra”

Comunitas Matutina

Domingo XI del Tiempo Ordinario Ciclo B

Lecturas:

  1. Ezequiel 17: 22-24
  2. Salmo 91
  3. 2 Corintios 5: 6-10
  4. Marcos 4: 26-34

 

Recientemente ha fallecido el notable teólogo Jurgen Moltmann,[1] miembro de la Iglesia Evangélica Luterana de Alemania, pastor de su congregación, docente e investigador que benefició al cristianismo del siglo XX y de esta parte del XXI con valiosas obras[2] que ahora hacen parte del patrimonio universal del pensamiento cristiano. Su fecunda obra tiene la marca de la TEOLOGÍA DE LA ESPERANZA,[3] que así se titula su más importante escrito; publicado en 1966. Este texto surge en la postguerra europea, principalmente en una Alemania que fue devastada por dos guerras mundiales en las que resultó perdedora y enjuiciada por la mayoría de naciones. Es el asunto nuclear de nuestra fe que abordan desde diversas ópticas las lecturas bíblicas que la Iglesia propone para este domingo.

El profesor Moltmann vivió en carne propia la crudeza de la Segunda Guerra Mundial cuando fue obligado, como muchos jóvenes alemanes de la época, a enrolarse en las fuerzas militares del régimen nazi. En sus memorias relata que no hizo un solo disparo. Al concluir la contienda fue hecho prisionero por los ingleses en un campo de concentración en Bélgica en el trienio 1945-1948. De su testimonio de esa época data la convicción de haber perdido la esperanza en la cultura alemana que promovió la barbarie del asesinato masivo de judíos y de otros grupos étnicos y religiosos, en siniestros lugares de muerte como Auschwitz, Birkenau, Buchenwald. Es un tiempo europeo de ruinas espirituales, morales, físicas, económicas. Muchos jóvenes como él, es perfectamente comprensible, se desencantaron y entraron en profundas crisis espirituales y emocionales. A Moltmann le llegó la gracia por la amistad con un capellán que le obsequió un ejemplar del Nuevo Testamento y lo invitó a hacer parte de un grupo de cristianos que se reunían para alimentar su fe, orar y comentar las Escrituras. En este contexto surge su interés por formarse como teólogo y pastor siguiendo las pautas de la llamada Iglesia Confesante, segmento muy importante del luteranismo alemán que se opuso férreamente a la demencia de Hitler y del nazismo. Así, entendemos mejor ese formidable aporte suyo a la teología y a la espiritualidad, una formulación teológica desde la esperanza[4]. Al rendir homenaje a su memoria no podemos menos que ayudar a hacer vigente su experiencia espiritual y su juiciosa actividad como maestro de la fe, teología que en su momento animó a muchos a surgir de las ruinas con la mirada puesta en el Crucificado-Resucitado, legado que también ha de prolongarse hasta estos países nuestros de América Latina, nuestra Colombia, tan severamente afectados por injusticias, violencias, y desgobiernos sin fin. Con los mismos ojos de solidaridad miramos también al amplio mundo de seres humanos desilusionados por fracasos afectivos, soledades, caída de sus ídolos, decepción ante ideologías e instituciones, frustraciones de toda índole, vacíos de significado. Para todos-as ellos-as es el anuncio de la esperanza que porta el Señor Jesús.

La fuerza teológica y espiritual del trabajo de Moltmann reside en su vigorosa confianza en el Dios Crucificado[5] a quien Dios ha Resucitado y constituido Señor de la historia y Salvador de la humanidad. Esta es la raíz de su esperanza, la misma que nos mantiene desde hace siglos y que en cada momento de la historia reviste su modo particular para trascender las crisis y desencantos que causan los desafueros del poder y de las tragedias que el ser humano emprende contra sus semejantes: “Por eso tenemos siempre confianza. Sabemos que mientras vivamos en este cuerpo estaremos como en el destierro, lejos del Señor. Ahora no podemos verlo, sino que vivimos sostenidos por la fe; pero tenemos confianza y quisiéramos más bien desterrarnos de este cuerpo para ir a vivir con el Señor. Por eso procuramos agradar siempre al Señor , ya sea que sigamos viviendo aquí o que tengamos que irnos”. [6] En la formulación de esta teología moltmanniana hay una potente conexión entre la esperanza histórica y la apertura al futuro definitivo de Dios, la trascendencia plena del ser humano y de su historia. Por eso, algunos de los autores y pensadores de la teología de lo político y de la teología de la liberación tienen en Moltmann a uno de sus inspiradores. Un anuncio del Dios que se nos revela en Jesucristo pasa por una historia comprometida con las grandes causas de justicia y dignidad del ser humano, siempre abiertas a esa plenitud de los cielos nuevos y la nueva tierra: “Yo, el Señor, digo: también yo voy a tomar la punta más alta del cedro; arrancaré un retoño tierno de la rama más alta, y yo mismo lo plantaré en un monte muy elevado, en el monte más alto de Israel. Echará ramas, dará fruto y se convertirá en un cedro magnífico. Animales de toda clase vivirán debajo de él, y aves de toda especie anidarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo soy el Señor”. [7]

Fieles a Dios y al ser humano, fieles a la trascendencia definitiva y a la realidad histórica, en el mejor espíritu de la encarnación de Dios, la esperanza cristiana se afianza en el mundo, en los contextos de la humanidad, y aporta su jerarquía de valores para la construcción de un mundo justo y equitativo siempre proyectado a la plena consumación de la historia en el futuro de Dios, “Pues en Cristo quiso residir todo el poder divino, y por medio de él Dios reconcilió todo el universo ordenándolo hacia él, tanto lo que está en la tierra como lo que está en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que Cristo derramó en la cruz”. [8]

En el análisis de la realidad, en el discernimiento de la misma, siempre estamos llamados a leer los signos de los tiempos[9] y a interpretarlos en clave creyente para responder con seriedad evangélica y humana a los desafíos que nos plantean los seres humanos en la diversidad de medios sociales en los que se desenvuelven, muchos de ellos con clamores de sentido y de justicia verdaderamente abrumadores. El anuncio de la Buena Noticia de Jesús debe ser responsable con el Evangelio y con el ser humano que lo acoge y busca en él significado y salvación. Esto es determinante en la configuración de la esperanza que procede del Señor Jesucristo.

Podemos apropiar el sentido de las dos sencillas parábolas que nos trae hoy el Evangelio de Marcos en esta óptica de la esperanza. Cuando Jesús, en el transcurso de su ministerio público, hizo del Reino de Dios el contenido central de su predicación, se fijó precisamente en seres humanos profundamente necesitados de ella, abatidos por mil causas que conocemos bien, se hizo portador del sentido teologal de la vida, siendo él mismo ese sentido, visibilizó al Dios misericordioso y compasivo, y alentó a esos entrañables prójimos suyos con el espíritu de las bienaventuranzas y con la preferencia amorosa del Padre para todos esos a quienes el “mundo” despreciaba ingresándolos ahora en la mesa del Reino. La pequeñez de sus vidas, de sus realidades sociales y domésticas, la toma Jesús como el germen de una nueva manera de ser – ese mismo Reino – cargado de posibilidades y de razones para una existencia plena: “Jesús dijo también: Con el reino de Dios sucede como con el hombre que siembra semilla en la tierra; que lo mismo da que esté dormido o despierto, que sea de noche o de día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. Y es que la tierra produce por sí misma: primero el tallo, luego la espiga y más tarde los granos que llenan la espiga. Y cuando ya el grano está maduro, lo recoge, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”. [10]

Sean estas reflexiones una invitación al discernimiento juicioso de la sencillez, pero también densidad de las señales del Reino, advirtiendo en lo oculto y discreto las potencialidades de la esperanza. La propuesta cristiana tiene que ser mucho más que repeticiones rituales, aquí lo que bulle es el Espíritu derramando sus dones y su vitalidad para que el Reino de Dios sea la raíz de nuestros proyectos de vida, germen de la nueva manera de ser que nos trae Jesús y garantía de una vida que valga la pena, una vida que supera el empobrecedor pragmatismo de las “programaciones” a las que nos somete un sistema que sólo sabe de domesticar mentes y de absolutizar poderes, riquezas, ideologías, consumos, liderazgos deleznables. Es el ser humano nuevo que nace con Jesús y en Jesús, sin pretensiones de fama y llamativas manifestaciones de “importancia”, quien sigue este camino toma también el estilo de sobriedad y moderación propio de quien se sabe relativo, de quien tiene puesta su confianza en Dios sin renunciar al ejercicio de su libertad y de su responsabilidad: “Tenemos confianza en Dios, porque sabemos que, si le pedimos algo conforme a su voluntad, Él nos oye. Y así como sabemos que Dios oye nuestras oraciones, también sabemos que ya tenemos lo que le hemos pedido”. [11]

El Reino de Dios no acontece de modo espectacular, es de su esencia la discreción, el “bajo perfil”, que no por oculto es menos eficaz y capaz de hondas transformaciones en quien se deja tomar por su gracia: “Es la más pequeña de todas las semillas del mundo, pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las otras plantas del huerto, con ramas tan grandes, que hasta las aves pueden posarse bajo su sombra”.[12] Se dan así las mejores condiciones para cultivar esta esperanza, actitud que nos habilita para ser gestores de nuestra historia, para asumir la vida en la gratuidad de Dios, para ser nosotros narrativas del nuevo mundo que surge con el Evangelio, para trabajar a tiempo y a destiempo en esta apasionante tarea de llenar de sentido la vida de nuestros semejantes.[13]

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Bibliografía:

[1] 1926-2024

[2] Teología de la Esperanza; 1966; El Dios crucificado, 1972; La Iglesia, fuerza del Espíritu, 1975; El hombre. Antropología cristiana en los conflictos del presente, 1971; El experimento esperanza, 1976; Un nuevo estilo de vida, 1981; Ética de la esperanza, 2011; Cristo para nosotros hoy, 1997; En el fin, el principio, 2004; Trinidad y Reino de Dios, 1980; con Eckhart Lor publicó Esperanza para un mundo inacabado, 2017. La venida de Dios: escatología cristiana, 2004. La Editorial Sígueme de Salamanca (España) tiene publicadas en su catálogo casi todas las obras de J. Moltmann.

[3] MOLTMANN, Jurgen. Teología de la Esperanza. Sígueme. Salamanca, 1972.

[4] CORDOVILLA PEREZ, Ángel. Jurgen Moltmann. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 2 de febrero de 2010. MONDIN, Battista. La teología de la esperanza hoy. En https://www.seleccionesdeteologia.net/assets/pdf/095_02.pdf BROWN, Stepehn. Cincuenta años después de la Teología de la Esperanza , la visión de Jurgen Moltmann sigue siendo fuente de inspiración. En https://www.oikoumene.org/es/news/50-years-after-theology-og-hope-jurgen-moltmanns-vision-continues-to-inspire BLOCH, Ernst. El principio esperanza. Aguilar. Madrid, 1980 (3 volúmenes). FLECHA ANDRES, José Ramón. La esperanza cristiana en el ocaso de las utopías. En Salmanticensis número 60, páginas 17-42. Universidad Pontificia de Salamanca, 2013. GARCÍA GOMEZ-HERAS, J.M. Introducción: Un éxodo personal hacia la utopía En MOLTMANN, Jurgen & HURBON, Laennec. Utopía y esperanza: diálogo con Ernst Bloch. Sígueme. Salamanca, 1980. MOLTMANN, Jurgen. Teología de la Esperanza. Sígueme. Salamanca, 1982; El experimento esperanza. Sígueme. Salamanca, 1977; Esperanza y planificación del futuro. Sígueme. Salamanca, 1971.

[5] MOLTMANN, Jurgen. El Dios Crucificado. Sígueme. Salamanca, 1999; El camino de Jesucristo: cristología en dimensiones mesiánicas. Sígueme. Salamanca, 1993. BELTRÁN, Julián Andrés. Jurgen Moltmann : una aproximación a la teología de la cruz. En El Agora , volumen 13, número 1; páginas-243-260. Universidad de San Buenaventura. Medellín, enero-junio 2013. HERNANDEZ DÍAZ, Heyner. La teodicea, el pathos de Dios y el Crucificado en la teología de la cruz de J. Moltmann. En Veritas número 40; páginas 121-144. Pontificio Seminario Mayor San Rafael. Valparaíso, agosto de 2018. CASALI, Víctor. Teología de la Cruz de J. Moltmann. Universidad Adventista del Plata. Buenos Aires, 2017.

[6] 2 Corintios 5: 6-9

[7] Ezequiel 17: 22-24.

[8] Colosenses 1: 19-20.

[9] CHENU, Marie Dominique. Los signos de los tiempos. En https://www.centromanuellarrain.uc.cl/images/pdf/textos/Chenu.SignosTiempos.pdf MERINO BEAS, Patricio. Discernir los signos de los tiempos. Perspectiva cristológica y pneumatológica. En Franciscanum volumen L, número 150; páginas 13-32. Universidad de San Buenaventura. Bogotá, septiembre-diciembre 2008. GONZALEZ CARVAJAL, Luis. Los signos de los tiempos. El Reino de Dios está entre nosotros. Sal Terrae. Santander, 1987. NOEMI, Juan. En búsqueda de una teología de los signos de los tiempos. En Teología y Vida volumen 48 número 4; páginas 439-447. Pontificia Universidad Católica de Chile. Santiago, 2007. SCHICKENDANTZ, Carlos. Autoridad teológica de los acontecimientos históricos. En Teología volumen L número 115; páginas 157-183. Pontificia Universidad Católica Argentina. Buenos Aires, 2014; Signos de los tiempos: sentido y vigencia de una forma de proceder teológicamente. En Albertus Magnus volumen 9 número 2; páginas 87-106. Universidad de San Tomás. Bogotá, julio-diciembre 2018.

[10] Marcos 4: 26-29

[11] 1 Juan 5: 14-15.

[12] Marcos 4: 31-32

[13] PAPA BENEDICTO XVI. Carta Encíclica La Esperanza que Salva Spe Salvi. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 2007. BYUNG CHUL-HAN. El espíritu de la esperanza. Herder. Barcelona, 2024. GALILEA, Segundo. Espiritualidad de la esperanza. Publicaciones Claretianas. Madrid, 1988. ZUBIRI, Xavier. Las fuentes espirituales de la angustia y de la esperanza. En https://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/3406/1/RLT-1991-022-G.pdf CASTRO CAVERO, José Manuel. La esperanza: fundamentos antropoteológicos. En Almogaren número 24, páginas 153-162. Centro Teológico de Las Palmas. Palma de Gran Canaria, 1999. LAÍN ENTRALGO, Pedro. Antropología de la Esperanza. Guadarrama. Barcelona, 1978. RAMOS GONZALEZ, Marifé. La fe esperanzada: ¿cómo podemos recuperar su dinamismo? Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 18 de febrero de 2014.

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