“Yo estaré con ustedes todos los días”

Encuentros con la palabra

Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo A (Mateo 28, 16-20) 17 de mayo de 2026

Hay personas a las que les cuestan, particularmente, las despedidas. Son momentos muy intensos, en los que se expresan muchos sentimientos que duermen en el fondo del corazón y tienen miedo de salir a la luz y expresarse de una manera directa. Pero, en estos momentos, saltan inesperadamente y sorprenden a unos y a otros… Despedirse es decirse todo y dejar que el otro se diga todo en un abrazo que contiene la promesa de seguir presente a pesar de la ausencia. 

Salta a mi memoria, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, la poesía que Gloria Inés Arias de Sánchez escribió para sus hijos, y que lleva por título: «No les dejo mi libertad, sino mis alas». Como ella, el Señor se despide de sus discípulos, ofreciéndoles un abrazo en el que se dice todo y nos regala la promesa de su presencia misteriosa, en medio de la ausencia: 

 

“Les dejo a mis hijos no cien cosechas de trigo 

sino un rincón en la montaña, con tierra negra y fértil, 

un puñado de semillas y unas manos fuertes 

labradas en el barro y en el viento. 

 

No les dejo el fuego ya prendido 

sino señalado el camino que lleva al bosque 

y el atajo a la mina de carbón. 

 

No les dejo el agua servida en los cántaros, 

sino un pozo de ladrillo, una laguna cercana, 

y unas nubes que a veces llueven. 

 

No les dejo el refugio del domingo en la Iglesia, 

sino el vuelo de mil palomas, y el derecho a buscar en el cielo, 

en los montes y en los ríos abiertos. 

 

No les dejo la luz azulosa de una lámpara de metal, 

sino un sol inmenso y una noche llena de mil luciérnagas. 

No les dejo un mapa del mundo, ni siquiera un mapa del pueblo, 

sino el firmamento habitado por estrellas, 

y unas palmas verdes que miran a occidente. 

 

No les dejo un fusil con doce balas, 

sino un corazón, que además del beso sabe gritar. 

 

No les dejo lo que pude encontrar, 

sino la ilusión de lo que siempre quise alcanzar. 

 

No les dejo escritas las protestas, sino inscritas las heridas. 

No les dejo el amor entre las manos, 

sino una luna amarilla, que presencia cómo se hunde 

la piel sobre la piel, sobre un campo, sobre un alma clara. 

 

No les dejo mi libertad sino mis alas. 

No les dejo mis voces ni mis canciones, 

sino una voz viva y fuerte, que nadie nunca puede callar. 

 

Y que ellos escriban, ellos sus versos, 

Como los escribe la madrugada cuando se acaba la noche. 

Que escriban ellos sus versos; // por algo, no les dejo mi libertad, sino mis alas…” 

 

“Los once discípulos se fueron a Galilea, al cerro que Jesús les había indicado. Y cuando vieron a Jesús, lo adoraron, aunque algunos dudaban. Jesús se acercó y les dijo: – Dios me ha dado autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, a las gentes de todas las naciones, y háganlas mis discípulos; bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. 

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