Celebramos este domingo la fiesta del Bautismo del Señor como culminación y broche de oro de lo que han sido las celebraciones navideñas. En el relato que nos presenta el evangelista Mateo hay una serie de elementos que nos permiten ver el diálogo entre Juan Bautista y Jesús. Resistencia de parte de Juan a la petición de Jesús para ser bautizado: “yo soy quien debe ser bautizado por ti, y ¿tú vienes a que yo te bautice?”. La respuesta de Jesús es contundente: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere”. Y nos dice el texto “Juan accedió a bautizarlo”.
El recibir el bautismo es, en primer lugar, recibir un nombre que hace a cada persona alguien concreto, único e irrepetible, en el contexto de su familia, distinguida por el apellido. El nombre identifica y distingue. Hace que se adquiera una característica propia, que podríamos llamar misión, que nadie puede asumir en lugar de la otra persona. Entre los judíos, el nombre y la misión eran una sola realidad. Por eso, el nombre de Jesús expresa su misión “el Dios que salva”.
Podemos preguntarnos: ¿por qué debemos bautizar a los niños y no esperar a que hayan crecido para que ellos mismos tomen la decisión? En el párrafo anterior encontramos la respuesta: el nombre, en el contexto de quien tiene fe, le da a cada persona su propia identidad, lo incorpora a la comunidad de creyentes, le entrega una misión en relación con los demás miembros de su comunidad, en la línea del compromiso cristiano hecho vida.
Entonces, cómo privar a nuestros niños de algo que los identifica, les da un sentido de pertenencia, les ilumina el camino de su misión y compromiso. Jesús, luego de ser bautizado por Juan, comienza lo que se ha llamado su vida pública, comienza a anunciar el evangelio de salvación, a invitarnos al amor y al servicio, a ser testigos de la resurrección de Jesús por medio de nuestra propia vida. Creo yo que no podemos privar de semejante regalo a nuestros pequeños. Además, ¿cómo se podría lograr un crecimiento en la fe si no se hace desde que los niños están en su más tierna edad cuando se forman los valores, se crean las actitudes y se fortalecen los sentimientos?
Amable lector, ¿ha pensado usted en lo que significa el hecho de ser bautizado? ¿Se ha acostumbrado a vivir sin hacer realidad el compromiso que surge del bautismo? ¿Se siente realmente enviado, con una misión, allí donde realiza su trabajo diario, sus actividades ordinarias? ¿Se siente llamado a ser más consciente de lo que su bautismo significa y, por tanto, a lograr una mayor coherencia en su vida entre lo que dice y lo que hace? Lo invito a renovar, con profundo sentido, los compromisos bautismales que un día hicieron por usted sus padres y padrinos. Lo quiero invitar a preguntarse sobre nuevas maneras de hacer vida ese compromiso bautismal. Así lo asumió Jesús, poniendo en juego la vida misma, sabiendo que su palabra iba respaldada por sus obras y que esto incomodaba a muchos porque los cuestionaba.