Hace casi siete años la Compañía de Jesús recibió del papa Francisco las cuatro Preferencias Apostólicas Universales, fruto de un largo y juicioso proceso de discernimiento compartido entre jesuitas y miembros del Cuerpo Apostólico. La tercera de ellas nos invitaba a “Acompañar a los jóvenes en la creación de un futuro esperanzador”. Una tarea de largo aliento y que involucra a todas las expresiones de nuestra misión. La educación, el trabajo social, la pastoral, el apostolado intelectual, las misiones, las comunicaciones, entre otras, necesitan alinearse alrededor de este esfuerzo compartido que nos exige generosidad y osadía.
La versión XXVII de la Inmersión Ignaciana, que tuvo lugar en Bogotá durante los días 5, 6 y 7 de febrero, acogió a más de 140 personas de nuestras obras y regiones, que estuvimos dedicados a reflexionar sobre lo que podemos hacer juntos en este proceso de acompañar a los jóvenes en la tarea de crear un presente y un futuro de esperanza. Oraciones, celebraciones, conversaciones, dinámicas de grupo, diálogos interpersonales, encuentros, compartir, exposiciones, plenarias, conferencias, presentaciones de proyectos, entre otras muchas expresiones del trabajo colectivo, fueron los canales a través de los cuales pudimos construir un sentir común y unos proyectos concretos que se irán llevando adelante a lo largo del año en todos los rincones de la Provincia.
Trabajar con jóvenes es complejo. Supone que estamos dispuestos a que «nos muevan el piso». Cuando la Compañía de Jesús y la provincia se propone colaborar con la juventud, saben que van a tener dificultades y que deberán ceder en muchos sentidos. Los jóvenes son la expresión de la renovación de una sociedad, de un grupo humano, de una familia. Si los acogemos, vivimos. Si los rechazamos y les cerramos los espacios, desaparecemos.
Jesús vivió la tensión entre lo antiguo y lo nuevo. Nos dijo que no vino a suprimir la ley judía, ni las enseñanzas de los profetas de Israel. Pero tampoco quiso dejar las cosas como habían sido siempre. Vino a llevar las enseñanzas del Antiguo Testamento a su plenitud, que es la ley del amor. Se trata de un cambio que no elimina el momento anterior, sino que, conteniéndolo, lo supera. Va mucho más allá de lo que los mismos profetas hubieran querido y más allá de lo que la ley pretendía alcanzar, en lo que toca a la regulación de las relaciones entre las personas y con Dios.
Muchos seguidores de Jesús hubieran disfrutado mucho si Jesús hubiera acabado con todo lo pasado. De la misma manera, había muchos otros que hubieran querido un Mesías que no los hiciera cambiar nada de sus tradiciones y costumbres. Conservar todo o cambiarlo todo, son dos extremos que se juntan. Los radicales que no aceptan nada de lo pasado y los radicales que se apegan a las tradiciones porque «así se ha hecho siempre», están hechos con el mismo material dogmático y miope.
En la Iglesia y en la Compañía de Jesús de hoy, encontramos también estas dos tendencias que se encontró Jesús en su tiempo. Hay quienes quieren que no les cambien nada de lo que han pensado y hecho toda su vida. Y hay otros que quieren que todo se reforme o se cambie de modo radical. La propuesta de Jesús es vivir desde la plenitud y la libertad del amor. El futuro de esperanza que queremos ayudar a construir, supone la valoración y el reconocimiento de lo grande de nuestra tradición, pero también, y al mismo tiempo, la capacidad para abrirse a lo nuevo, a lo inédito, a lo que no conocemos y por eso nos puede producir miedo.
El famoso y polémico teólogo católico, Hans Küng, escribió hace años un bello texto que refleja un amor muy profundo por el legado que recibimos y del que somos responsables, pero también un amor a lo nuevo y a la responsabilidad con la creación de un futuro creativo en la Iglesia. Cuando fue sancionado por el Vaticano y le suspendieron su cátedra de teología en una universidad católica, había personas que le preguntaban por qué seguía en la Iglesia y por qué no abandonaba su sacerdocio. Su respuesta fue esta:
“Habiendo asistido a horas mejores, ¿debía yo abandonar el barco en la tempestad y dejar a los demás con los que he navegado hasta ahora que se enfrentarán al viento, extrajerán el agua y lucharán por la supervivencia? He recibido demasiado en la comunidad de fe para poder defraudar ahora a aquellos que se han comprometido conmigo. No quisiera alegrar a los enemigos de la renovación, ni avergonzar a los amigos… Pero no renunciaré a la eficacia EN la Iglesia. Las alternativas –otra Iglesia, sin Iglesia– no me convencen: los rompimientos conducen al aislamiento del individuo o a una nueva institucionalización. Cualquier fanatismo lo demuestra (…)”.
“Mi respuesta decisiva sería: permanezco en la Iglesia porque el asunto de Jesús me ha convencido, y porque la comunidad eclesial en y a pesar de todo fallo ha sido la defensora de la causa de jesucristo y así debe seguir siendo. La posibilidad efectiva dependerá de que en algún lugar un párroco predique a este Jesús; un catequista enseñe cristianamente; un individuo, una familia o una comunidad recen seriamente, sin frases; de que se haga un bautismo en nombre de Jesucristo; se celebre la Cena de una comunidad comprometida y que tenga consecuencias en lo cotidiano; se prometa misteriosamente por la fuerza de Dios el perdón de los pecados; de que en el servicio divino y en el servicio humano, en la enseñanza y en la pastoral, en la conversación y en la diaconía el Evangelio sea predicado, pre-vivido y post-vivido de verdad. En pocas palabras, se realiza el verdadero seguimiento de Cristo; el «asunto de Jesucristo» es tomado en serio (…) ”.
Que estas palabras nos ayuden a unirnos a las nuevas generaciones en la creación de un futuro esperanzador. Agradecidos con lo que hemos recibido de la Iglesia, de la Compañía, y confiados en el amor creador de Dios en el corazón de los jóvenes con los que trabajamos y con quienes debemos llevar a plenitud la ley y los profetas.
Hermann Rodríguez Osorio, SJ
Bogotá, 26 de febrero de 2026
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