Descubrir la propia vocación no siempre es un viaje claro ni predecible. A veces, se necesita pasar por varios sueños, unos que nacen del corazón y otros que se desvanecen en el intento de encontrar aquel que de verdad hace vibrar el alma. En mi caso, la comunicación social no fue la primera opción, ni la segunda, ni la tercera. Antes de llegar a ella soñé con hacer muchas cosas diferentes a lo que realizo hoy. Pero fue justamente en esa búsqueda, en medio de tantas posibilidades, donde la vida me llevó por un camino inesperado: comunicar. Impulsada por el amor al deporte tomé la decisión de apostar por una carrera que no solo me ha formado profesionalmente, sino que me ha tocado interiormente.
El primer paso en la Oficina Provincial de Comunicaciones llegó con los nervios propios de una primera práctica, entrar a un mundo desconocido, con un lenguaje espiritual que apenas empezaba a comprender, fue un reto desde el primer día. Sin embargo, encontré un equipo con capacidades admirables, pero sobre todo profundamente humano que me acogió con calidez y confianza. Cada experiencia en ese espacio se convirtió en algo valioso. Aprendí a soltar el control, a dejarme enseñar, a abrirme a lo nuevo sin miedo y eso, más que un aprendizaje técnico, ha sido una lección para mi vida.
Hoy, desde el CIRE, una obra que acompaña procesos espirituales, agradezco poder poner mi voz y mi creatividad al servicio de una misión mayor. Aquí he aprendido que comunicar también es acompañar, tender puentes y hacer que otros se sientan parte y acogidos, en el camino.