Donar para mí no es un acto económico: es un acto de memoria, de amor y de gratitud.
Mi primer trabajo fue en la Compañía de Jesús. Después de haber pasado por la universidad pública, fueron los jesuitas quienes me llevaron al mundo real de la educación, del servicio y de la responsabilidad con otros. Allí aprendí que educar no es solo transmitir conocimiento, sino formar conciencia, carácter y sentido.
A lo largo de mi historia, cada etapa de mi formación —personal, profesional y humana— ha estado profundamente inspirada por los retos que la misma Compañía fue poniendo en mi camino. Retos que exigían pensar mejor, servir más, mirar más hondo y nunca perder de vista a las personas, especialmente a las más frágiles.
Muchos de esos retos me los enseñaron jesuitas que hoy son mayores y otros que ya no están. Hombres que dieron su vida entera al servicio de otros, que acompañaron generaciones con una generosidad silenciosa, sin buscar reconocimiento ni recompensa.
Hoy, cuando algunos de ellos viven la fragilidad de la edad, la enfermedad o la dependencia, siento que es nuestro deber, y también nuestro privilegio, cuidar de quienes tanto cuidaron. Garantizarles acompañamiento, dignidad, presencia y ternura no es caridad: es justicia. Es responder con amor a un amor que nos fue dado primero.
Por eso elegí que mi donación estuviera destinada a los jesuitas mayores. Porque creo profundamente que una comunidad se mide por la forma en que honra a quienes la construyeron. Porque nadie debería sentirse solo después de haberlo dado todo.
A través de la Oficina de Desarrollo “Amar y Servir”, siento que mi aporte se transforma en cuidado concreto y en presencia fiel; en un gesto que dice con claridad: no los olvidamos, no están solos, seguimos caminando juntos.
Donar es, para mí, una manera de seguir sirviendo. De sostener la misión. De agradecer con hechos. Y de afirmar que, en la Compañía de Jesús, el amor no se jubila, no se abandona y no se olvida.