En un ambiente de profunda alegría, gratitud y oración, la Iglesia celebró la ordenación presbiteral de Rafael Antonio Tole Abella, SJ, oriundo de Garzón (Huila), quien recibió el sacramento por imposición de manos de monseñor Jaime Alberto Cabrera Arcos, obispo de la Diócesis de Garzón, en la Catedral San Miguel Arcángel.
La celebración reunió a familiares, amigos, sacerdotes diocesanos, jesuitas, religiosas, seminaristas y miembros de diversas comunidades eclesiales que acompañaron este momento significativo para la Iglesia y la Compañía de Jesús.
Durante la homilía, monseñor Jaime Alberto Cabrera reflexionó sobre el ministerio sacerdotal a la luz de la Palabra de Dios e invitó al nuevo presbítero a vivir un sacerdocio profundamente humano, cercano y misericordioso. Recordó que la Iglesia necesita pastores capaces de escuchar, acompañar y sembrar esperanza, dóciles a la acción del Espíritu Santo y comprometidos con los procesos de las personas y las comunidades.
El obispo destacó además la riqueza de la Espiritualidad Ignaciana, animando al nuevo presbítero a buscar siempre la voluntad de Dios y a servir «para la mayor gloria de Dios», siguiendo el ejemplo de san Ignacio de Loyola y de san Francisco Javier. Asimismo, lo exhortó a ejercer su ministerio como un compañero de Jesús, dispuesto a entregar la vida con generosidad al servicio del Reino.
Al finalizar la celebración, Rafael expresó su profundo agradecimiento a Dios, a su familia, a la Diócesis de Garzón y a la Compañía de Jesús por acompañarlo en este camino vocacional. Recordó que el sacerdocio es un don gratuito recibido para servir más y mejor a la Iglesia, consciente de que su misión apenas comienza.
En sus palabras también agradeció a quienes hicieron posible la celebración, a sus formadores, compañeros jesuitas, comunidades religiosas, docentes, amigos y a todas las personas que, a lo largo de su vida, contribuyeron a fortalecer su vocación.
Con la ordenación presbiteral de Rafael Antonio Tole Abella, SJ, la Compañía de Jesús en Colombia da gracias a Dios por una nueva vocación al servicio de la Iglesia universal. Encomendamos su ministerio para que, inspirado por la Espiritualidad Ignaciana, continúe anunciando el Evangelio, promoviendo la fe que obra por la justicia y acompañando a las personas allí donde la misión lo llame.