La Tierra no siempre es ese suelo firme que sostiene nuestros pasos. Cuando tiembla y tumba edificios, mata gente o destruye proyectos personales —como ha ocurrido recientemente en Colombia y Venezuela— recordamos que ella y la naturaleza, aunque sustento para la vida, pueden ser también causa de muerte. Eventos trágicos como los terremotos nos recuerdan, además, que las bases sobre las que cimentamos nuestras convicciones y seguridades también pueden derrumbarse. Material y espiritualmente hay momentos en que nos hallamos desprotegidos, confundidos, a la intemperie.
¿Y dónde está Dios en todo esto? ¿Acaso sacudiendo caprichosamente el piso o las circunstancias vitales? ¿Salvando a unos y sepultando a otros? El encuentro de Elías con el Dios verdadero, no el de nuestros imaginarios, resulta muy iluminador en estos momentos: pasó un huracán, luego hubo un terremoto y después se prendió un gran fuego, pero el Señor no estaba en nada de ello. Se oyó luego el rumor de una brisa y solo entonces supo Elías que allí estaba el Señor (cf. 1 Reyes 19, 11-12).
Esa brisa ligera es la que se puede percibir en los voluntarios que ayudan, en los rescatistas que socorren, en los benefactores que donan, en el amigo que apoya. Tal como se reveló en Jesús, Dios está en lo sencillo y en el servicio, alentando sobre todo en los sufrimientos más irracionales o inesperados.
Dicen que Dios perdona siempre; los humanos, a veces, y la naturaleza, nunca —cuando de estos eventos traumáticos se trata—. Esto último no depende de nosotros. Seguramente tampoco de un designio divino. Lo que sí depende de cada uno es vivir la vida como don y como entrega. Es (re)construir la existencia y las relaciones sobre la única roca firme y resistente a la muerte: el Amor.
Esa brisa ligera es la que se puede percibir en los voluntarios que ayudan, en los rescatistas que socorren, en los benefactores que donan, en el amigo que apoya
En estos momentos esto se traduciría también para Colombia en una apuesta por la reconciliación y la unión. No se trata de suprimir las diferencias políticas, económicas o culturales. Se trata de ser solidarios con quienes más sufren ahora y de colaborar con otros, aunque estén en orillas o ciudades diferentes. Bastan ya los daños de vías e infraestructura que han de repararse como para profundizar ahora en las grietas que nos dividen. En tiempo de duelos y escombros, también soplan brisas de esperanza…
Dedicado a todos los muertos y sobrevivientes de los últimos terremotos en Colombia y Venezuela. Que ellos y todos podamos apoyarnos sobre Dios y su amor para volvernos a levantar.
Tomado de: El Tiempo.com