De todas las misiones que he recibido como jesuita, siento que la más importante ha sido esta misión tan sencilla como profunda, y tan plena de sentido, de llevar las cenizas de nuestro compañero Javier Giraldo Moreno, SJ, a la que fue su comunidad más querida: la Comunidad de Paz de San José de Apartadó.
El 18 de febrero, ante la situación de la Universidad Nacional, Javier había precipitado la llevada de los restos del padre Camilo Torres a su capilla. Ese día me llamó para que lo ayudara y, a causa del paro estudiantil, terminé cargando, dentro de una bolsa de basura, el cofre con los restos mortales por la calle. Entramos con sigilo y cautela a la Nacional y pusimos los restos de Camilo en el sitio que esperamos sea su última morada. La aparición de los restos de Camilo, después de 60 años de búsqueda, fue sin duda para Javier un símbolo de su misión cumplida, y quizás una antesala para su encuentro definitivo con el Padre. Jamás imaginé que meses después tendría que llevar las cenizas del mismo Javier a su destino final.
Esto ocurrió el sábado 5 de septiembre, un puñado de amigos de Javier, entre ellos Tuto (Jorge Augusto Quintero, SJ) y yo, llegamos en un Willis a la Comunidad de Paz. En medio de la lluvia, todos estaban a la espera, bajamos con las cenizas y muy devotamente seguimos hacia el gran quiosco donde la comunidad en pleno suele reunirse a discernir y tomar sus decisiones.
Al llegar, encontramos grandes pancartas dispuestas sobre el piso, con el rostro de algunas víctimas de comunidad. En las paredes, la historia de la Comunidad de Paz y fotos de Javier, así como
la bandera de Palestina. En el centro, un altar con velitas esperaba sus cenizas. Allí las pusimos.
La voz de Javier y su imagen, proyectada sobre una de las paredes, llenaban el lugar. Sentimos a Javier hablando, como si estuviese presente, a Javier vivo en cada rincón de aquel quiosco y de aquella comunidad.
Aunque Javier no quería homenajes, la comunidad necesitaba hacer el duelo. Eran treinta años de caminar con él. Javier era su pastor, el sacerdote de la comunidad, su guía y protector. Nos presentamos los de afuera y algunos de la comunidad, escuchamos testimonios sobre Javier, y sentimos que, de algún modo, él mismo nos estaba reuniendo y uniendo para seguir trabajando por la memoria, la justicia, la reconciliación y la paz.
Javier murió el martes 25 de agosto en la mañana. El día anterior lo habían extubado y esperábamos algún milagro. Durante su estancia en el hospital estuvo acompañado todo el
tiempo por un grupo de cuidadores, a quienes quiero nombrar como gesto de profundo agradecimiento: Zuly Rizo Ibarra, del Coordinador Nacional Agrario y del Movimiento de la Iglesia de los Pobres; Roviro López, de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó; Felipe Jaimes, del proceso de la UIS, donde por 15 años Javier dio clases en la Maestría de Derechos Humanos;
Erika Prieto, vocera del Congreso de los Pueblos; Federico Andreu, de la Comisión Colombiana de Juristas; y Magdalena Frías, incansable camilista. Mientras en el Hospital San Ignacio los cuidadores recibían la noticia de la pascua de Javier, de alguna manera la Comunidad de Paz ya lo sabía: “Nosotros nos dimos cuenta de que el padre Javier había muerto porque ese día los pájaros dejaron de cantar”.

Los testimonios nos permitieron descubrir que el espíritu de Javier está vivo en la Comunidad de Paz, una comunidad perseguida por declararse neutral frente a la guerra y que aprendió de
Javier, de muchas formas, que la violencia no es la salida. Después de las presentaciones y los testimonios nos trasladamos al Domo de la Memoria para celebrar allí la eucaristía. Sobre el techo estaban los cuadros de todas las víctimas de la comunidad. Antes de celebrar la misa les pedí que nos contaran a los de afuera quién era cada uno de los que aparecía en los retratos, para celebrar por ellos como el mismo Javier hubiese querido. La eucaristía fue austera, pero encontramos en el silencio que nos pidió Javier un contenido pleno y elocuente. En efecto, no era un silencio vacío, sino repleto del amor y la humildad que Javier nos transmitió con su vida. Las oraciones, las de san Pedro Claver, nuestro santo precursor de los Derechos Humanos; el Evangelio, las bienaventuranzas; la predicación, silencio y memorias vivas. Después de la comunión entregamos las cenizas a la comunidad, en las manos de Brígida, una de las más antiguas del proceso y cuidadora de Javier cuando estaba con ellos. Las mismas manos que cuidaron a Javier con amor, que lo atendieron con aguas de hierbas cuando se enfermaba, recibieron sus cenizas para que, en comunidad, se cumpliera su última voluntad.
Saliendo de la misa visitamos el Jardín de la Memoria, con sus monumentos y los restos encontrados de algunos miembros de la comunidad asesinados, y compartimos el almuerzo en
el comedor comunitario, porque allí todo es comunitario. “¿Cuántas familias conforman la comunidad?”, pregunté inocente. “Una sola, padre, una sola, acá no nos contamos por familias porque somos una sola familia”, contestó Arley. Esta increíble fuerza comunitaria es la que les ha permitido no solo resistir a tantas violencias, sino también enfrentar el mar de impunidades que ha facilitado su perpetuación.
En la tarde visitamos la habitación de Javier, humilde y sencilla, impecable, ordenada al máximo, tal como él la dejó. Una cama pequeña, con un colchón muy duro que nunca quiso que le cambiaran; un pequeño clóset con algunos libros, los elementos necesarios para celebrar los sacramentos, algo de ropa y algunas herramientas; como escritorio, una mesita desnuda de madera y una silla. La entrada de la casa estaba decorada con fotos de Javier en la comunidad. Para todos era una novedad esta visita, porque Javier, como buen jesuita, era muy celoso y no permitía que nadie entrara en su habitación. Ingresar a la morada de Javier fue entrar en su intimidad sagrada y, para varios de los que estábamos allí, fue el momento culmen de la jornada.

Con el corazón encendido fuimos a visitar el cementerio. Pensé que allí estaban los muertos de muerte natural, pero de nuevo lo mismo: todos asesinados. “¿Es que aquí nadie ha muerto de
viejo?”, pregunté con ingenuidad. “Sí padre, hay cinco que murieron de muerte natural”, replicó alguna. Brígida inmediatamente corrigió: “Esos cinco también cuentan como asesinados, porque
no murieron de viejos, sino por enfermedades que se podían atender. Una de las muchas formas de exterminarnos ha sido negarnos el acceso a la salud”.
Cargando tantas historias dolorosas, terminó nuestra visita de nuevo en el quiosco, con agradecimientos y recomendaciones mutuas. El legado de Javier, de amor, humildad y servicio, de
compromiso con la vida misma, y con las personas más humildes de país y del mundo, debe continuar en nosotros. Nos fuimos con el corazón atravesado por dolores y esperanzas, pero
con la certeza de que Javier no está muerto. Lo sentimos vivo y resucitado, oímos sus palabras siempre lúcidas y volvimos a percibir su amor tenaz y perseverante en cada gesto y abrazo de la Comunidad de Paz.