En el actual caminar de la Compañía de Jesús, la colaboración ha dejado de ser una respuesta coyuntural para revelarse como una gracia del Espíritu y una dimensión constitutiva de nuestro modo de proceder. Con frecuencia, se cae en el error de percibir la unión entre laicos, laicas y jesuitas como una estrategia pragmática ante la disminución de vocaciones religiosas. Sin embargo, las últimas Congregaciones Generales son enfáticas al afirmar que la colaboración no es una medida de utilidad, sino una convicción esencial de que el carisma ignaciano se vive y se enriquece en diversas vocaciones.
La CG 34 nos invitó a leer los «signos de los tiempos», reconociendo que la Iglesia del futuro es, eminentemente, una Iglesia del laicado. En este sentido, nuestra identidad se ha profundizado: ya no solo somos «hombres para los demás», sino fundamentalmente «hombres con los demás». Esta transición hacia el «compañerismo creativo» implica que la misión no es propiedad exclusiva de los jesuitas, sino un encargo compartido con hombres y mujeres que, desde su gracia bautismal o su buena voluntad, trabajan por el Reino.
La CG 35 reforzó esta visión al señalar que la vocación que recibimos es una vocación compartida. La riqueza de nuestra misión hoy depende de la mirada de diversos compañeros apostólicos, hombres y mujeres, que aportan su sabiduría y competencia para «dar a conocer el verdadero rostro del Señor» en las fronteras de nuestro mundo roto. Por tanto, una obra es auténticamente jesuítica no solo por la presencia física de jesuitas, sino, sobre todo, cuando sus miembros asumen el modo de proceder propio de nuestra tradición: ser amigos en el Señor, discerniendo juntos los desafíos de un mundo que clama a gritos ser consolado y liberado.
La CG 36 vuelve a poner el acento de nuestra misión en la reconciliación y la justicia, un desafío que requiere la «inteligencia humilde del corazón» para trabajar en redes que trasciendan nuestras estructuras tradicionales. La colaboración es, en última instancia, una expresión de nuestra identidad relacional.
Esta identidad se puede comprender mejor gracias al nuevo paradigma subyacente a las Preferencias Apostólicas Universales: la ecología integral. Con ella reconocemos que la obra creadora de Dios implica interrelaciones, que todos los seres vivos estamos interconectados, y que nos necesitamos unos a otros. Es decir, la colaboración está inscrita en el mismo ser de Dios y en toda su creación. Reconocer su carácter esencial en nuestra vida-misión es caminar hacia una Iglesia sinodal, legado espiritual del papa Francisco.
Remando juntos mar adentro, confirmamos que colaborar es nuestra respuesta al mundo: una esencia que nos define y una esperanza que nos proyecta hacia un futuro de solidaridad.