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Abril 10: De los ramos a la cruz

Domingo de Ramos o de Pasión
Ciclo C – abril 10 de 2022 Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ Subiendo Jesús hacia Jerusalén, al acercarse a Betfagé y Betania mandó a dos discípulos, diciéndoles: «Vayan a la aldea de enfrente; al entrar, encontrarán un burrito atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», contéstenle: «El Señor lo necesita»». Ellos fueron y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el burrito, los dueños les preguntaron: «¿Por qué desatan el burrito?». Ellos contestaron: «El Señor lo necesita». Se lo llevaron a Jesús, lo aparejaron con sus mantos y le ayudaron a montar. Según iba avanzando, la gente alfombraba el camino con los mantos. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte, toda la multitud de sus discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habían visto, diciendo: «¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!
¡Paz en el cielo y gloria en lo alto!». Algunos fariseos de entre la gente le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Él replicó: «Les digo que, si éstos callan, gritarán las piedras» (Lucas 19, 28-40).
El Domingo de Ramos es también llamado de Domingo de Pasión. En el presente año la lectura para la bendición de los ramos es esta de Lucas, y luego en la misa se lee su relato de la pasión de Jesús (Lc 22,14 -23,56), precedido por las lecturas de Isaías (50,4-7), el Salmo 22 (21) y la Carta de san Pablo a los Filipenses (2,6-11). Centrémonos en tres frases, de las cuales la primera se encuentra en el relato de la entrada a Jerusalén y las otras dos en el de la pasión, teniendo en cuenta que hoy la liturgia nos invita también a meditar sobre ella.
 
1. “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!” (Lc 19, 38) – “¡Crucifícalo!” (Lc 23,21) 
Jesús entra a Jerusalén, no arrogante en un carro tirado por caballos, sino humilde en un asno, tal como lo había descrito a fines del siglo VI a.C. el profeta Zacarías (9,9): ¡Canta de alegría, Jerusalén! Tu rey viene a ti, justo y victorioso, pero humilde, montado en un burrito. Lucas dice que es aclamado por la multitud de sus discípulos, o sea por mucha gente que ha escuchado sus enseñanzas. Marcos (11,1-11) y Mateo (21,1-11) dicen que le tendían ramas en el suelo y lo aclamaban como el Mesías prometido, descendiente del rey David, y Juan (12,12-19) indica que cortaron hojas de palmera y salieron a recibirlo. Los tres mencionan el término hebreo hosanna (sálvanos por favor). Lucas no explicita la alusión a David, ni el hosanna, ni los ramos, pero podemos suponerlos.
Y cuentan luego todos los cuatro evangelistas, al relatar la pasión del Señor, que después la gente lo rechaza, instigada por quienes habían pretendido acallar las aclamaciones y finalmente provocarían su condenación a muerte en la cruz. Así, a la aclamación bendito el Rey que viene le sucedería luego el grito dirigido por la multitud a Pilatos: crucifícalo (Lc 23, 20).
¿Cómo nos interpela esto a nosotros con respecto a nuestra relación con Jesús? Porque podemos aclamarlo como Mesías con nuestra alabanza, pero rechazarlo con nuestras obras si no lo reconocemos presente en nuestros prójimos que sufren.
 
2. “Esto es mi cuerpo… Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre» (Lc 22, 19-20)
El sacramento de la Eucaristía, cuya institución narran asimismo Marcos y Mateo, como también el apóstol san Pablo en su 1ª Carta a los Corintios (11,23-26) –siendo éste el primer relato de dicha institución, escrito antes de los evangelios–, es la actualización del sacrificio redentor de Cristo, que entrega su vida como alimento y nos da el mandamiento nuevo de amarnos unos a otros como Él nos ha nos ha amado. Este mandamiento lo encontramos en el relato de Juan (13,34-35; 15,12-13.17), quien no narra la consagración del pan y del vino en la última cena, pero en cuyo evangelio se presenta Jesús como el pan del cielo que da la vida eterna a quien “come su carne y bebe su sangre” (6,35.51.53-56).
A su vez, la institución de la Eucaristía implica la del sacramento del Orden, por el cual Jesús, al decir hagan esto en memoria mía, establece el sacerdocio ministerial. Por eso al conmemorar el jueves santo la cena del Señor, recordamos la misión que Él les dio a quienes sucederían a sus primeros discípulos como obispos y presbíteros, ordenados para presidir la Eucaristía, realizando lo que éste significa mediante la entrega de su vida para el servicio pastoral de la comunidad, del cual son parte asimismo la administración del sacramento de la Reconciliación y la bendición a quienes se unen sacramentalmente en el Matrimonio –la cual puede ser además impartida por los diáconos–. También en el marco de la Semana Santa, antes de la conmemoración de la Cena del Señor, en una eucaristía con los presbíteros, el obispo local consagra los óleos (aceites de oliva) que van a ser empleados en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación, el Orden y la Unción de los Enfermos, con su respectiva significación.
 
3. “Realmente, este hombre era justo”
En los evangelios de Marcos (15,39) y Mateo (27,54), el centurión romano dice realmente este hombre era hijo de Dios. En el de Lucas dice que era justo, después de la plegaria final de Jesús: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46). El título Hijo de Dios, que Jesús se había aplicado al responderles a quienes lo juzgaban (Lc 22, 70), es una afirmación de su divinidad. Y reconocer a Jesús como justo es a su vez reconocerlo como Hijo de Dios, porque la justicia en su sentido pleno consiste en hacer la voluntad del Padre como Él la realizó, solidarizándose con las víctimas de la injusticia.
En la pasión de Jesús se cumplen las profecías de los 4 poemas del siervo o servidor sufriente de Yahvé contenidos en el libro de Isaías (el que se lee hoy es el tercero), que a su vez son el trasfondo de lo que dice san Pablo en su Carta a los Filipenses: que Cristo se despojó de la gloria de su divinidad y tomó la naturaleza de siervo para humillarse hasta la muerte de cruz. De esta manera, su muerte redentora al entregarse como víctima en solidaridad con todos los que sufren la injusticia, es todo lo contrario del pecado original y sus consecuencias, cuando el hombre cae en la tentación de la soberbia.
 
Conclusión
Celebremos pues la Semana Santa identificándonos con Jesús que se solidariza con el sufrimiento humano hasta dar su vida en la cruz. Aclamémoslo como el Rey que da su vida para hacernos partícipes de su Reino –es decir, del poder de su Amor–, e invocando la intercesión de María renovemos nuestro compromiso de vivir como hijos de Dios, cumpliendo su voluntad que es voluntad de Amor.

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