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Abril 23: “Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista”

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Comunitas Matutina 23 de abril de 2023

III Domingo de Pascua Ciclo A

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

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Lecturas:

  1. Hechos 2: 14 y 22-33
  2. Salmo 15
  3. 1 Pedro 1: 17-21
  4. Lucas 24: 13-35

El Papa San Pablo VI[1] indicó con claridad que el testimonio es el medio más eficaz de evangelización,[2] esta afirmación hace parte de su Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi sobre el Anuncio del Evangelio en el Mundo Moderno[3], importante texto de su magisterio que traduce todas las enseñanzas del Concilio Vaticano II, del que fue gran líder y ejecutor. Ser testigo de una realidad es mucho más que una visión momentánea, es implicar la propia vida en aquello que se testifica y, más aún, estar dispuesto a la ofrenda de la vida en nombre de la causa en la que está implicado su testimonio. La palabra mártir, de origen griego, significa justamente esto, el testigo que ofrece su vida para avalar con ello su responsabilidad testimonial. Hablar de esto nos lleva directo a que nuestra manera de seguir a Jesús, de vivir a lo Jesús, sea lenguaje digno de la mayor credibilidad. Un testigo es alguien que toma en serio lo atestiguado.

La Iglesia de los primeros siglos es plenamente testimonial y martirial. El entusiasmo pascual infundido por el Señor Resucitado, se traducía en una gran viveza y audacia apostólicas, en una disposición total para la misión, siguiendo el mandato de Jesús: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos y bauticenlos, para consagrarlos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”. [4]

Se puede decir con toda propiedad que los primeros discípulos de Jesús, y las generaciones siguientes de esos primeros tiempos de la vida cristiana y eclesial, fueron auténticos testigos del Resucitado y de su Buena Noticia. Desplegaron una prodigiosa actividad misional, fundaron comunidades particulares en diversos lugares del mundo entonces conocido, se enfrentaron a la incomprensión de un mundo que no apreciaba cómo podían cimentar su vida en un crucificado, que para esa visión era la de un castigo ejemplarizante para alguien que había puesto en tela de juicio la solidez del establecimiento religioso del judaísmo. No pocos de ellos culminaron su relato vital con la ofrenda cruenta de la existencia.

En Hechos de los Apóstoles[5] encontramos el relato de esos testigos primeros de la fe. Es un texto cargado de vitalidad pascual, alentador, entusiasta, pleno de esperanza, en el que resuenan palabras como las de Pedro en la primera lectura que la Iglesia nos propone para este domingo: “Entonces Pedro, poniéndose de pie junto con los once, levantó la voz y declaró solemnemente:…Israelitas, escuchen: Jesús de Nazaret fue el hombre a quien Dios acreditó ante ustedes con los milagros, prodigios y señales que realizó por medio de él entre ustedes, como bien lo saben. Dios lo entregó conforme al plan que tenía previsto y determinado, y ustedes, valiéndose de los impíos, lo crucificaron y lo mataron. Dios, sin embargo, lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que esta lo retuviera en su poder…[6]

Este condensado testimonial es núcleo fundamental de la predicación apostólica. Con ese mensaje y con sus vidas dedicadas de lleno al mismo, llevaron a cabo un ministerio que contagiaba de esperanza a quienes lo acogían. Excelente memoria para nosotros hoy en la Iglesia y en todas las comunidades que profesan a Jesucristo como Señor y Salvador. No podemos reducirnos a conservar la religiosidad vigente, ni a un adoctrinamiento simplista y reductivo. La misión pastoral de la Iglesia consiste en transmitir al Señor Resucitado, como Pedro y sus compañeros, como Pablo, el antiguo fariseo y luego apasionado por Jesús. Para eso se impone llegar al ser humano concreto, dialogar con todos, sentir como propios los gozos y las esperanzas, las tristezas y los sufrimientos, las búsquedas de sentido, los grandes interrogantes existenciales.[7] Y esa llegada a lo humano debe ser plenamente pascual.

El ser humano siempre persigue las mejores razones para vivir con sentido y significado trascendentes. Es, tal vez, el mayor esfuerzo de la humanidad: ganarle la partida al absurdo, preguntarse el por qué de la muerte y del sufrimiento, buscar siempre una legitimación de sus ilusiones y esperanzas. En el ámbito pascual la fe cristiana nos ofrece la respuesta. [8]

Dos caminantes abatidos van hacia una aldea llamada Emaús, en la cercanía de Jerusalén, la causa de su pesadumbre: “Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Nosotros teníamos la esperanza de que él sería el que había de libertar a la nación de Israel…[9] En esos desencantados nos podemos reflejar nosotros cuando la angustia existencial nos domina y sentimos que toda posibilidad de vivir con sentido está agotada. Veamos a los dos caminantes de Emaús como referentes del realismo entristecido que, sin embargo, estaba condicionado, en el mejor sentido del término, por un desbordante amor a Jesús y a su causa. Su ausencia física era el motivo de su tristeza: “Jesús les preguntó: ¿De qué van hablando ustedes por el camino? Se detuvieron tristes, y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, contestó: ¿Eres tú el único que ha estado alojado en Jerusalén y que no sabe lo que ha pasado allí en estos días?[10]

Los relatos de las apariciones del Resucitado – once en total en los cuatro evangelios – aluden a la experiencia de los testigos originales de la fe, a quienes debemos la transmisión de aquello que empezó hace más de veinte siglos, que se ha propagado dando sentido y razón de vida a muchísimos seres humanos. La suya es una historia de re-encantamiento, de una nueva vida que surge de las cenizas a partir de su encuentro con Jesús. A eso llamamos la experiencia pascual.[11] Esos testigos originales de nuestra fe nos reflejan también a nosotros en el proceso que va del vacío a la esperanza, de la muerte a la vida. Su testimonio nos implica, se convierte en fundamento del sentido absoluto de la vida, según las comunidades cristianas que dieron origen al Nuevo Testamento.

¿Cómo reencantar nuestra vida en tiempos de crisis? ¿Cómo, sin desconocer la fragilidad que nos surge de continuo, vivir siempre en perspectiva de esperanza? El anuncio pascual no está contenido en un hecho ingenuo, en un entusiasmo de emociones pasajeras, no se puede reducir a manifestaciones clamorosas de grupos cristianos que desconocen las fracturas inevitables a las que estamos sometidos. Estas personas que siguieron a Jesús – caracterizados por los límites que los relatos evangélicos refieren – recuperaron su horizonte de vida, no de modo ocasional.[12] Desde Pascua su vida se replanteó de raíz.

De modo particular, Pedro llama a mantener la fidelidad a Dios aún en las situaciones contradictorias de la vida, porque Él nos libera de todo lo injusto e inhumano y nos recuerda que el costo de esta liberación no es producto de los “precios” que compran el poder, sino del amor desmedido que se ha ofrecido como don para que la vida de todos los humanos tenga sentido y sea libre y salvada del odio, de las esclavitudes, de la cultura de la muerte, de los designios egoístas de unos: “Y ustedes saben muy bien que el costo de este rescate no se pagó con cosas corruptibles, como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, que fue ofrecido en sacrificio como un cordero sin defecto ni mancha” .[13]

Los discípulos de Emaús, cuya desilusión tipifica todos los desencantos humanos, constituyen mucho más que una relación cronológica de algo puntual sucedido después de la muerte del Señor. El relato cuestiona esa expectativa que tenían los judíos y, con ellos, los discípulos, sobre un Mesías triunfante y espectacular: “Qué faltos de comprensión son ustedes y qué lentos para creer todo lo que dijeron los profetas. ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?” ,[14] les dice Jesús, a quien aún no han reconocido como el Viviente.

El verdadero sentido de las apariciones del Resucitado es participar de la experiencia pascual que tuvieron los primeros cristianos a quienes a lo largo de los siglos descubrimos allí nuestra máxima razón de sentido: “Y se dijeron uno al otro: ¿no es verdad que el corazón nos ardía en el pecho cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?” .[15]

Como los discípulos de Emaús, también nosotros padecemos limitaciones a la hora de captar lo más genuino de la fe, nos dejamos llevar por la conocida y empobrecedora rutina religiosa, por reducir la condición creyente a cumplimientos sin fuerza transformadora, por no vislumbrar el influjo totalizante y liberador del relato de Jesús en nuestras vidas. Pero ya sabemos muy bien, y ahí nos inscribimos en veinte siglos de historia cristiana, que la fuerza teologal del Resucitado es mayor que nuestras estrecheces, gracias a eso recibimos como don la posibilidad de no hundirnos en la oscuridad del sin sentido. La fe nos ayuda a esclarecer y a vivir en esperanza. [16] ¿Somos hoy, testigos del Resucitado?

 

 

 

[1] 1897-1978, Papa desde 1963 hasta 1978, canonizado por el Papa Francisco en octubre de 2018.

[2] PELLITERO, Ramiro. La fuerza del testimonio cristiano. En Revista Scripta Theologica número 39, páginas 367-402. Universidad de Navarra. Pamplona, 2007. CONFERENCIA DE OBISPOS CATÓLICOS DE LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTE AMERICA. Discípulos llamados a dar testimonio: la nueva evangelización. United States Conference of Catholic Bishops. Washington, 2012. PIE NINOT, Salvador. La teología fundamental: dar razón de la esperanza. Secretariado Trinitario. Salamanca, 2017. AUGUSTIN, George. Testigos de la Fe: el sacerdocio de Cristo y el ministerio sacerdotal. Sal Terrae. Santander, 2013. GRANADO BELLIDO, Carmelo. Testigos de la fe y maestros de los primeros siglos de la Iglesia: los Padres de la Iglesia. En Revista Proyección Teología y Mundo Actual número LXI, páginas 9-20. Facultad de Teología de Granada, Universidad Loyola de Andalucía. Granada 2014. DIÓCESIS DE CARTAGENA (España). Testigos de la Fe: la urgencia de anunciar la belleza de la fe. Cartagena, 2011. RICCARDI, Andrea. El siglo de los mártires. Encuentro. Madrid, 2019. GALLAGHER. Michael Paul. Mapas de la fe: diez grandes creyentes desde Newman hasta Ratzinger. Sal Terrae. Santander, 2015.

[3] PAPA PABLO VI. Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi sobre el Anuncio del Evangelio en el Mundo Moderno. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 1975.

[4] Mateo 28: 19-20.

[5] GARCÍA VIANA, Luis Fernando. Introducción a los Hechos de los Apóstoles. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 22 de octubre de 2013. RAMIS, Francesc. Hechos de los Apóstoles. Verbo Divino. Estella, 2008. RICHARD, Pablo. El movimiento de Jesús antes de la Iglesia: una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles. Sal Terrae. Santander, 2000. WIKENHAUSER, Alfred. Los Hechos de los Apóstoles. Herder. Barcelona, 1967. ROLOFF, Jürgen. Hechos de los Apóstoles. Cristiandad. Madrid, 1984. EQUIPO CAHIERS EVANGILE. Los Hechos de los Apóstoles. Verbo Divino. Estella, 1991. McGARVEY, J.W. Comentario sobre Hechos de los Apóstoles. En https://www.willie75.files.wordpress.com/2008/02/comentario-sobre-hechos-por-jw-mcgarvey.pdf TURRADO, Lorenzo. La Iglesia en los Hechos de los Apóstoles. En https://www.summa.upsa.es/high.raw?id=0000006391&name=00000001.original.pdf MARGUERAT, Daniel. Los Hechos de los Apóstoles. Sígueme. Salamanca, 2019.

[6] Hechos 2: 14 y 22-24.

[7] CONCILIO VATICANO II. Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Moderno Gaudium et Spes. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 1965. PAPA PABLO VI. Carta Encíclica Eclessiam Suam sobre el Diálogo en la Vida de la Iglesia. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 1964. DÍAZ SÁNCHEZ, Juan Manuel. La misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo: en el 40 aniversario de la Constitución Gaudium et Spes. Fundación Pablo VI & Instituto Social León XIII. Madrid, 2005. ZAMMIT, Mark Joseph. La Iglesia se inclina hacia el hombre y hacia el mundo: el puesto central del diálogo de Pablo VI en el Concilio Vaticano II. En Revista Estudios Eclesiásticos volumen 94 número 370, páginas 513-556. Universidad Pontificia de Comillas. Madrid, septiembre de 2019. CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA. PASTORAL SOCIAL CARITAS COLOMBIANA. Guía pastoral: análisis de la realidad con enfoque pastoral. Secretariado Nacional de Pastoral Social. Bogotá, 2017. MIFSUD, Tony. Moral Social: lectura solidaria del continente latinoamericano. Consejo Episcopal Latinoamericano CELAM. Bogotá, 2001.

[8] CONSTANTE, Alberto. La pregunta que interroga por el sentido del ser. En https://www.scielo.org.mx/pdf/enclav/v4n7/v4n7a5.pdf KUNG, Hans. Ser cristiano. Trotta. Madrid, 2006; Existe Dios? Cristiandad. Madrid, 1986. SANCHEZ ALvarez, Pilar. La fe es significativa para el hombre? Olegario González de Cardedal en el Areópago moderno. En Revista Veritas número 42, páginas 127-163. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, abril de 2019. GESCHÉ, Adolphe. El Hombre (Colección Dios para Pensar II). Sígueme. Salamanca, 2010. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Olegario. Raíz de la esperanza. Sígueme. Salamanca, 1996. MARTÍNEZ DÍEZ, Felicísimo. Creer en el ser humano, vivir humanamente. Antropología en los Evangelios. Verbo Divino. Estella, 2016.

[9] Lucas 24: 19-21

[10] Lucas 24: 17-18

[11] BAENA BUSTAMANTE, Gustavo. Fenomenología de la revelación: teología de la Biblia y hermenéutica. Verbo Divino. Estella (Navarra, España), 2011. El autor de esta obra monumental, profesor en la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana, dedica una parte muy importante al estudio del hecho pascual, es el capítulo III “La revelación de Dios en el Nuevo Testamento” con dos subtítulos: “La experiencia pascual” e “Historia de la tradición de la experiencia pascual”, páginas 525 a 886.

[12] LORENZEN, T. Resurrección y discipulado. Sal Terrae. Santander, 1999. VICARÍA DE LA ESPERANZA JOVEN. ARZOBISPADO DE SANTIAGO DE CHILE. Resucitados en Jesucristo. Material de catequesis para jóvenes. En https://www.vej.cl/dosc/discipulos2_Unidad09.pdf BERMÚDEZ SUÁREZ, Felipe. Nuestro camino de Emaús. En Revista Almogaren número 11 páginas 53-64. Centro Teológico de Las Palmas. Palma de Gran Canaria, 1993. GARCÍA GUTIÉRREZ, Francisco Javier. Tercer Domingo de Pascua ciclo A. Ayudas para la homilía. Verbo Divino. Estella, abril 2020. LÓPEZ PEÑALBA, Jaime. La identidad entre la experiencia de Jesús y la experiencia de los discípulos. En https://www.repositorio.sandamaso.es/bitstream/123456789/105%20LOPEZ%20PEÑALBA.pdf COLOMER, Julio. La resurrección, gozo y esperanza. Cuadernos Centro Arrupe número 4. Valencia, 2014.

[13] 1 Pedro 1: 18-19

[14] Lucas 24: 25-26

[15] Lucas 24: 32

[16] MARTÍN DESCALZO, José Luis. Razones para la esperanza. Sociedad de Educación Atenas. Madrid, 1991. COLECTIVO ESPERANZA PAZ Y LIBERTAD. Memorias de Esperanza. Centro Nacional de Memoria Histórica. Bogotá, 2021. LAÍN ENTRALGO, Pedro. La espera y la esperanza: historia y teoría del esperar humano. Revista de Occidente. Madrid, 1957. D´ORMESSON, Jean. Una historia sobre la nada y la esperanza. Sígueme. Salamanca, 2019. MARIÑO MACÍAS, María Alejandra. Sangre de mártires, semilla de esperanza: construcción de las nociones de cuerpo y memoria tras la masacre de Trujillo. Universidad del Rosario. Bogotá, 2011.

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