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Abril 24: El escepticismo arrogante del apóstol Tomás

Pascua – domingo II C
(24-abril-2022) Por: Jorge Humberto Peláez, SJ
jpelaez@javeriana.edu.co  Lecturas:

Hechos de los Apóstoles 5, 12-16
Apocalipsis 1, 9-11ª. 12-13. 17-19
Juan 20, 19-31

La Iglesia está en modo resurrección. El cirio pascual, las flores, la música y el color blanco de los ornamentos nos transmiten un ambiente festivo. Ha quedado atrás la crueldad de la cruz. El Padre ha resucitado a Jesucristo de entre los muertos. Ha triunfado la vida sobre la muerte.
Las lecturas bíblicas que escuchamos durante el tiempo litúrgico de Pascua nos presentan escenas diversas de la primera comunidad cristiana que empieza surgir gracias a la predicación de los apóstoles, y su testimonio iba acompañado de milagros que curaban todo tipo de dolencias.
La primera lectura que hemos escuchado está tomada de los Hechos de los Apóstoles. Nos describe una Iglesia joven, vigorosa, llena de entusiasmo. Los apóstoles, transformados por el Espíritu Santo que habían recibido, son entusiastas pregoneros de la buena nueva de la resurrección del Señor. Nos dice el texto que “por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios. La gente sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno”.
Con la imaginación podemos reconstruir estos encuentros y escuchar los comentarios de la gente. ¿Qué sentirían los enemigos de Jesús quienes habían creído que la crucifixión del Viernes Santo iba a liquidar definitivamente la incómoda situación que se había creado alrededor de Jesús? Se sentían desconcertados y fracasados. Las enseñanzas y los milagros de los apóstoles tenían conmocionada la ciudad de Jerusalén y sus alrededores. El voz-a-voz era incontrolable. Iba aumentando el número de los adeptos del resucitado.
El Salmo 117 refleja el clima espiritual de la Iglesia pascual, que era de entusiasta acción de gracias: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Los seguidores de Jesús habían pasado del fracaso y la desesperanza al ímpetu evangelizador.
El evangelista Juan nos describe un momento muy especial de esta Iglesia naciente. Inmediatamente después del drama de la pasión, el evangelista nos comparte un cuadro muy deprimente, en el que aparecen unos discípulos acobardados y atemorizados. Escuchemos el relato de Juan: “Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”. Seguramente, ya habían escuchado el rumor de un encuentro de Jesús resucitado con algunas mujeres, pero el escepticismo era el sentimiento dominante.
Mientras compartían recuerdos y emociones, se les apareció Jesús y les dijo: Paz a ustedes. Este modo de saludar será una constante en todas las apariciones del resucitado, y desde entonces seguirá resonando cada vez que se celebra una eucaristía.
Inmediatamente después de saludarlos, les mostró las manos y el costado. ¿Qué significa este gesto de Jesús? Quería probarles que era el mismo Jesús que había muerto en la cruz, aunque en un estado diferente. No se trataba, pues, de una ilusión ni era un fantasma. Era el mismísimo Jesús, liberado de las ataduras de la muerte y glorificado.
A renglón seguido, el evangelista Juan introduce a un personaje muy singular. Se trata del apóstol Tomás quien, por alguna razón particular, no estaba presente cuando el Señor se apareció a sus compañeros. Tomás, totalmente llevado por su parecer, rechazó el testimonio de sus colegas y descalificó este encuentro con el Señor resucitado. “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos, y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Es el típico comportamiento de aquellas personas que se creen poseedoras de la verdad y descalifican cualquier fuente de información que no sean ellas mismas. Orgullo y testarudez.
Ocho días después se les vuelve a aparecer el Señor resucitado. Ahora sí estaba presente Tomás. A continuación se desarrolló una bochornosa escena, cuyo recuerdo jamás desaparecería de la memoria de este personaje. Jesús llamó a Tomás y delante de todos sus compañeros le ordenó que introdujera su dedo y su mano en las heridas. Ante semejante orden, Tomás exclamó: ¡Señor mío y Dios mío!, a lo cual respondió Jesús: “¿Por qué has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto”.
A lo largo de la historia de la Iglesia se han escrito innumerables comentarios sobre este comportamiento del apóstol Tomás, su exaltación de la experiencia sensorial, su autosuficiencia, la descalificación del testimonio de sus compañeros. Estas escenas se siguen repitiendo cada vez que se da un debate sobre ciencia y teología. Hay una fuerte corriente que rechaza todo conocimiento que no sea el resultado de las ciencias experimentales y que no pueda ser replicado en un laboratorio. Lo que no es científico, dentro de esta estrecha comprensión de lo que es ciencia, es fábula, fruto de la imaginación.
Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe. Nuestra fe se fundamenta en el testimonio de aquellos apóstoles que comieron y bebieron con el resucitado. Este es el núcleo de la predicación apostólica y es la esencia del mensaje evangelizador de la Iglesia.

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