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Abril 8 y 9: “Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vió lo que había pasado, y creyó”.

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Comunitas Matutina 8 y 9 de abril 2023

Vigilia Pascual y Domingo de Pascua

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

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Lecturas Vigilia Pascual:

  1. Génesis 1: 1 a 2: 2 (creación del mundo)
  2. Génesis 22: 1-18 (vocación de Abrahán)
  3. Éxodo 14: 15 a 15: 1 (Israel sale de Egipto, atraviesa el desierto)
  4. Isaías 54: 5-14 (Isaías hace memoria de la historia de Israel)
  5. Isaías 55: 1-11 (El camino de la salvación)
  6. Baruc 3: 9-32 a 4:4 (Que Israel no se deje dominar por pueblos extranjeros)
  7. Ezequiel 36: 16-28 (La restauración de Israel)
  8. Romanos 6: 3-11 (Morir con Cristo para vivir con Cristo)
  9. Mateo 28: 1-10

El misal oficial de la Iglesia Católica propone esta secuencia extensa de lecturas bíblicas para la solemne Vigilia Pascual[1] porque en ellas se resume la historia de salvación que Dios ofrece a la humanidad, tiene total sentido esta proclamación así prolongada. Sin embargo, estos textos sólo se leen completos en la Vigilia presidida por el Santo Padre, en las catedrales con la presidencia de sus respectivos obispos y en otros espacios litúrgicos de particular relevancia. En las comunidades más reducidas se anuncian algunas más especiales: relato de la creación en Génesis, paso liberador por el desierto en Éxodo, una de los profetas, principalmente Isaías, Romanos y Evangelio.

Es esencial aquí recordar la relación profunda entre la liturgia y la vida. Aquella es la expresión celebrativa oficial de la Iglesia, vivida en comunidad bajo la presidencia de un obispo o de un presbítero, pero ella es incompleta, trunca, si no recoge la vida de la Iglesia universal y particular y la proyecta para una realidad según el Evangelio.[2]

Lecturas Domingo de Pascua:

  1. Hechos 10: 34-43
  2. Salmo 117:1-2;16-17 y 22-23
  3. Colosenses 3: 1-4
  4. Juan 20:1-9

De la tumba vacía surge la luz, el fuego de la nueva humanidad que Dios realiza en Jesús el Resucitado para legitimar su historia, sus opciones, el sentido de su pasión y muerte, su proyecto del Reino de justicia para todos los seres humanos, su oferta de salvación. No ha sido una vida inútil, la que sus enemigos pretendieron sofocar con el juicio, la condena y el cumplimiento de la sentencia en la cruz. Esto es lo que celebramos en la solemne Vigilia Pascual, la más importante de las celebraciones en el mundo cristiano.[3]

La narrativa aquí contenida es fundante para nosotros. Es la respuesta y garantía provenientes de Dios a los interrogantes e inquietudes profundas que suscitan en nosotros el misterio del mal, el sufrimiento, la enfermedad, la injusticia, la violencia, el vacío existencial, la inevitable muerte. La experiencia de Pascua transformó a unos hombres y mujeres asustados, derrotados, como tantas veces nos ocurre. El Espíritu del Señor hizo de ellos una nueva humanidad configurada con el Resucitado, los entusiasmó hasta el extremo, para dedicarse sin reservas al anuncio de esa Buena Noticia.[4] Este es el acontecimiento determinante del cristianismo, trasciende el tiempo y llega hasta nuestros días con la misma pretensión: resignificar nuestras vidas en clave pascual, brindarnos la fuerza de la fe para hacer frente a la aventura de vida con el talante del Señor Resucitado. Es el asunto por excelencia que da sentido a nuestra existencia cristiana. Es Dios mismo diciéndonos con máxima elocuencia que para  Él la vida humana se hace Vida en su Hijo Jesucristo.

Entran en juego las realidades propias de nuestra condición humana, todo lo que nos da plenitud, lo que responde a nuestras búsquedas de significado, y también aquello en la que la siempre presente precariedad toma protagonismo en nuestro ser y quehacer. Ya sabemos que es equipaje para toda la vida, no hay recurso histórico que pueda dispensarnos de la contingencia radical. Tal certeza no equivale a sumergirnos en el vacío, en la conciencia pesimista permanente. La experiencia pascual que transformó y entusiasmó a aquellos afligidos discípulos también es para nosotros hoy, para resucitar nuestras muertes, para entusiasmar nuestros desalientos, para volvernos nuevos con la misma novedad que transformó a Pedro y a María Magdalena, y a todos los que seguían y amaban a Jesús.

La liturgia pascual es rica en simbolismos: el fuego nuevo que se explicita en el cirio pascual, la abundante y densa Palabra bíblica, historia de salvación y de libertad hasta su culminación en Jesús, el canto del pregón pascual que anuncia el gozo que Dios nos causa con su constante intervención liberadora en la historia de Israel y de la humanidad, el agua bautismal y la renovación de las promesas correspondientes, y la eucaristía en la que se canta de nuevo el gloria – silenciado durante el tiempo de cuaresma – .

Con el fuego nuevo significamos al Señor Resucitado, permanecerá encendido, en cada celebración eucarística y litúrgica, durante el tiempo de Pascua, hasta Pentecostés. El binomio oscuridad-luz nos remite pedagógicamente a muerte-vida, pecado-santidad, injusticia-justicia, odio-amor, soledad-comunión, vacío-plenitud. La segunda parte de estos se realiza en el Señor Jesucristo, ahora emergiendo de las tinieblas de la muerte, para vida de todos.[5]

Entre este rico conjunto de textos destaquemos el que refiere la tortuosa travesía de Israel por el desierto rumbo a la tierra de la promesa, es parte de la biografía de este pueblo que vive allí una experiencia donde se juntan los vacíos y los sufrimientos, las carencias y las ansiedades, pero también las libertades y las conquistas, en las que sienten la presencia de un Dios que añade a sus rasgos el de ser liberador: “En ese día el Señor salvó a Israel del poder de Egipto”.[6] Esa historia es paradigma de la nuestra, vamos siempre viviendo las ambigüedades que nos son propias, pero en la esperanza de llegar al territorio teologal, el del sentido definitivo de la vida: Pascua.

El relato del evangelio correspondiente al domingo es bastante escueto, sus protagonistas no son ni el Padre Dios, ni Jesús, tampoco habla explícitamente del hecho pascual. Sus actores son tres, al evangelista le interesa poner de relieve las reacciones de cada uno de estos personajes.: María Magdalena se alarma al ver que no hay cadáver en el sepulcro, sale corriendo a avisar de la desaparición; Pedro parece un inspector, entra también al sepulcro, advierte que las vendas están en el suelo y el sudario, enrollado, en lugar aparte, pero no pasa por su mente sacar alguna conclusión “pascual”; el discípulo, a quien el evangelista llama el amado por Jesús, corre más que Simón Pedro, llega primero que él, ve lo mismo que Pedro, “y vio lo que había pasado, y creyó”. [7]

Esos primeros discípulos de Jesús, los que luego viven la experiencia transformadora de la Pascua, eran humanos, demasiado humanos, en diversos momentos de las narraciones evangélicas se constatan sus fragilidades, sus dificultades para captar la originalidad del Maestro, condicionados como estaban por el establecimiento religioso judío que imaginaba un Mesías poderoso, triunfante, espectacular.[8] Como nosotros, que vivimos seducidos por cosas muy importantes, ascenso social, deseosos de fama y reconocimiento, y nunca terminamos de asumir la vida en una dimensión más esencial y liberada del penoso culto al ego. “Pues ustedes murieron, y Dios les tiene reservado el vivir con Cristo. Cristo mismo es la vida de ustedes. Cuando él aparezca, ustedes también aparecerán con él llenos de gloria”,[9] la convicción que afirma la segunda lectura surge de una vivencia profundamente real, transformadora, y al mismo tiempo capaz de re-significar por completo esa realidad.

Vienen a cuento la inmensa legión de nuestras limitaciones y precariedades, nuestros dolores y penurias, nuestras muertes lentas, todo lo que nos desilusiona y hace sufrir. Aquí es donde acontece el impacto pascual, como se deduce de las vigorosas palabras de Pedro,[10] antes tan contradictorio y, en un momento dado un solemne cobarde: “Esto pudo hacerlo porque Dios estaba con él, y nosotros somos testigos de todo lo que hizo Jesús en la región de Judea y en Jerusalén. Después lo mataron, colgándolo en una cruz. Pero Dios lo resucitó al tercer día, e hizo que se nos apareciera a nosotros. No se apareció a todo el pueblo, sino a nosotros, a quienes Dios había escogido de antemano como testigos”.[11]

Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir, era el agua viva, como consta en el hermoso diálogo con la mujer samaritana, proclamado hace varios domingos. Jesús nació del Espíritu, vive por el Padre, todo su ser está dotado de vitalidad teologal, de la que es el portador primero, esa es la verdadera vida que siempre celebramos los cristianos. Jesús está vivo, pero de otra manera, su presencia resucitada no es la de un cuerpo muerto y revivido que sorprende a todos, su vitalidad trasciende las contingencias de la historia y del ser humano, nos asume en ese orden definitivo, como el que manifestó a la samaritana y a Nicodemo: “El que beba del agua que yo le daré nunca volverá a tener sed, porque el agua que yo le daré se convertirá en él, en manantial que brotará dándole vida eterna” [12] y: “Te aseguro que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios” . [13]

La esperanza de que nuestro ser e identidad personal no se aniquilará con la muerte se llama salvación-liberación, actuada por la mediación salvífica del Señor Jesucristo. Todo ser humano que decide ser radicalmente prójimo de sus prójimos, todo el que apuesta por el amor servicial y por la fraternidad, todo el que se desgasta para dar sentido a la vida de los demás, confirma esa expectativa y la hace real. La salvación no limita su comienzo al momento de la muerte: todo el relato de vida de un ser humano, aquí en este mundo, es llamado a salvarse. Dios empieza su trabajo pascual infundiéndonos el Espíritu, dando significado salvífico a nuestra existencia, cuando la inscribimos en el proyecto de Jesús, en la vivencia constante y creciente del Evangelio, en el desvivirnos por el prójimo, en ser instrumentos del buen Dios para que muchos hallen el sentido de sus vidas. Esto es seguir a Jesús, confiar en el Dios de la vida, construir su Iglesia, vivir y morir con la esperanza que él nos garantiza.

 

 

[1] AYALA, Manuel. La gran Vigilia Pascual. En https://www.core.ac.uk/download/pdf/50598674.pdf SALESIANOS ARGENTINA. Catequesis sobre la Vigilia Pascual. En https://www.donbosco.org.ar/uploads/recursos/recursos_archivos_2326_1691.pdf DEHONIANOS. Vigilia Pascual. En https://www.dehonianos.co/wp-content/uploads/2019/10/sabado-santo-vigilia-pascual-ciclo-b.pdf CULTURA Y FE. Guía introductoria de la Vigilia Pascual. En https://www.culturayfe.enrota.com/wp-content/uploads/2021/03/Guia-introductoria-de-la-Vigilia-Pascual.pdf

[2] CONCILIO VATICANO II. Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia. Librería Editrice Vaticana. Ciudad del Vaticano, 1966. LEBON, Jean. Para vivir la liturgia. Verbo Divino. Estella, 1987. BOROBIO, Dionisio. La celebración en la Iglesia (4 volúmenes). Sígueme. Salamanca, 2006. MALDONADO, Luis. El sentido litúrgico, nuevos paradigmas. PPC. Madrid, 1999. RATZINGER, Joseph. Teología de la Liturgia. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2012. LÓPEZ MARTÍN, J. La liturgia de la Iglesia. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2006. GRANADOS GARCÍA, José. Tratado general de los sacramentos. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2017. MARTIMORT, Aimé George. La Iglesia en oración. Herder. Barcelona, 1987.

[3] GONZÀLEZ FAUS, José Ignacio. Significado de la Resurrección de Jesús para el hombre de hoy. Aula de Teología de la Universidad de Cantabria. Santander, 23 de marzo de 2010. EQUIPO BÌBLICO VERBO. La comunidad del Resucitado. Encuentros bíblicos de la Lectio Divina desde los Hechos de los Apóstoles. Verbo Divino. Estella, 2016. PAGOLA, José Antonio. Cristo Resucitado es nuestra esperanza. PPC. Madrid, 2017. CHARPENTIER, Étienne. Cristo ha resucitado. Cuadernos Bíblicos número 4. Verbo Divino. Estella, 1981.

[4] Louis Evely. La cosa empezó en Galilea. Sígueme. Salamanca, 1980. AGUIRRE MONASTERIO, Rafael. Del movimiento de Jesús a la Iglesia cristiana. Verbo Divino. Estella, 1998. CROSSAN, John Dominic. El nacimiento del cristianismo. Crítica. Barcelona, 2002. SCHENKE, L. La comunidad primitiva. Sígueme. Salamanca, 1999.

[5] MESSORI, Vitorio. Dicen que ha resucitado: una investigación sobre el sepulcro vacío. Rialp. Madrid, 1997. NORATTO GUTIÉRREZ, José Alfredo. El lenguaje de las manifestaciones del Resucitado y su sentido, a partir de los textos fundamentales del Nuevo Testamento. En Revista Cuestiones Teológicas vol 40, número 94, páginas 289-322. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín, julio-diciembre 2013. EQUIPO BÍBLICO VERBO. La comunidad del Resucitado. Verbo Divino. Estella, 2005. BRAMBILLA, Franco Giulio. El Crucificado Resucitado: Resurrección de Jesús y fe de los discípulos. Sígueme. Salamanca, 2003. PAGOLA, José Antonio. Cristo Resucitado es nuestra esperanza. PPC. Madrid, 2017. NOGUEZ, Armando. Cristo Resucitado según los relatos pascuales. Narraciones, interpretaciones y mensaje evangelizador. Verbo Divino. Estella, 2022. ALEGRE, Xavier. La resurrección de Jesús, esperanza para los pueblos crucificados. En https://www.redicces.org.sv/sjpui/bitstream/10972/1445/1/RLT-2008-075-B.pdf

[6] Éxodo 14: 30

[7] Juan 20: 8

[8] José Luis Sicre, biblista español, jesuita (n. 1940), profesor en la facultad de teología de Granada y en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma ha escrito una densa y bella trilogía sobre los relatos evangélicos y sobre la formación del cristianismo primitivo, se titula El Cuadrante, en tres volúmenes I La búsqueda introducción a los evangelios, II La apuesta el mundo de Jesús, III El encuentro, el cuarto evangelio; publicados por la editorial Verbo Divino en 1997. Se complementan con Memorias de Andrónico (parte novelada de El Cuadrante), del mismo autor y en la misma editorial, año 2000. Altamente recomendable para conocer la experiencia pascual, la elaboración de los cuatro relatos evangélicos, la vivencia de las primeras comunidades cristianas, el surgimiento del cristianismo

[9] Colosenses 3: 3-4

[10] TORRES QUEIRUGA, Andrés. Repensar la resurrección. Trotta. Madrid, 2003. MÜLLER, Ulrich. El origen de la fe en la resurrección de Jesús. Verbo Divino. Estella, 2003. CHARPENTIER, Étienne. Cristo ha resucitado!. Verbo Divino. Estella, 1981. BOFF, Leonardo. La resurrección de Cristo, nuestra resurrección en la muerte. Sal Terrae. Santander, 2001. CABA, Jesús. Resucitó Cristo, mi esperanza: estudio exegético. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 1986.

[11] Hechos 10: 39-41

[12] Juan 5: 14

[13] Juan 3: 3

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