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Agosto 1: Metáfora del pan

Juan 6:24-35, domingo, agosto 1 de 2021 Por: Luis Javier Palacio, SJ  El pan es una de las metáforas más extendidas en todas las religiones. Esto resulta apenas natural pues se fabrica de muchos cereales, de manera que panes de trigo, de centeno, de avena, de arroz, de maíz y otros ingredientes más aparecen en todo el mundo como sinónimo de comida. En muchas culturas existe el “pan de muerto” que es el que se come muchas veces sobre las mismas tumbas y se deja allí como alimento para el difunto. Todas las religiones tienen algún rito con las comidas: a) comer con la divinidad; b) comer frente a la divinidad; c) comer en honor de la divinidad. En el Templo de Jerusalén se tenía la mesa de los panes de la proposición que debían renovarse permanentemente, como disposición a la comensalía (comida común) con Yahvéh. Del pan consumido en común saca san Pablo la unión de los creyentes “porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 19:17) y san Justino, la simbología de que al igual que el pan, el creyente se ofrece en comida para los demás. Igualmente san Agustín dice que el cristiano se convierte en lo que come en la Eucaristía: “Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol, que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros”. La iglesia, que luego del Concilio Vaticano II remozó la idea de que estaba al servicio del mundo, de la humanidad y no al servicio de sí misma, se ve bien representada en las palabras de Jacques Maritain: “Los cristianos debemos ser trigo para que se lo coman otros, no para comerlo nosotros mismos” . Es el sentido que tiene el que Jesús se declare pan de vida para los demás. Igualmente el apóstol Pablo, en la carta a los romanos, donde expresa quizás lo más profundo que pueda decirse de la Eucaristía, recomienda a los creyentes: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima (hostia) viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto racional” (Rm 12:1). 
En la concepción judía, científicamente ingenua pero poéticamente muy rica, se pensaba que la sangre que la mujer en embarazo no perdía, se convertía por el calor del cuerpo en leche; de tal manera que la mujer alimentaba al hijo con su cuerpo y con su sangre. Así se alimentaba exclusivamente del cuerpo de la madre al menos hasta los dos años cuando se celebraba el destete, en memoria de Isaac cuando se hizo una gran fiesta por su destete (Gn 28:1) que suponía como un paso hacia su independencia. También beber juntos ha significado más que la satisfacción de las necesidades nutricionales y un ritual con sentido particular. El vino simboliza la exuberancia, lo suntuario, lo que sobrepasa la necesidad diaria del pan. En el cristianismo lo esencial (el pan) se une a lo innecesario o supererogatorio (el vino) en la Eucaristía, algo que ya aparecía en ritos antiguos de pacto en Israel. Es conocido también el principio romano para mantener contentos a sus ciudadanos mediante las provisiones de “pan y circo” que comprendería lo necesario para el cuerpo y lo necesario para el espíritu. Quizás la expresión más reducida y la forma más primitiva de pan para el judaísmo sea el maná, con el cual los oyentes de Jesús comparan el pan que este les ofrece. Un pan sin cuerpo ni sabor, similar a la escarcha, a las semillas de coriandro, que deja de caer cuando cruzan el Jordán. Empieza a tomar consistencia en la reflexión judía hasta convertirse en trigo del cielo, pan de ángeles y pan del cielo (en Salmos y profetas) y que les enseña que no solamente de pan vive el hombre. Entonces el maná pasa a ser metáfora de la Toráh (sabiduría propia de Israel). Incluso el maná, siendo inanimado, guardaría el sábado de manera que el viernes era necesario recoger doble porción. Su simbología redistributiva muestra una interesante característica pues ni quien recogía mucho tenía más, pues el excedente se descomponía, ni el que recogía poco carecía de nada. Quizás uno de los mejores simbolismos de la comida pues debe alcanzar para todos[1]. 
El sentido metafórico con el cual se identifica Jesús aparece en varios pasajes del evangelio de Juan. Cuando sus discípulos se sorprenden de que hable con una mujer en público en el brocal del pozo de Jacob, dice a quienes habían ido a buscar algo de comer: “Yo tengo para comer un alimento que vosotros no sabéis” (Jn 4:32). Allí mismo dirá que es como una fuente de agua que salta hasta la vida eterna. Como en otro comentario se decía, en Juan no encontramos milagros sino signos. Estos son como flechas que indican la dirección de la mirada. Es el caso de la repartición de panes que motiva este discurso del pan de vida. Juan hace del signo un punto de partida de un diálogo o discurso que permita ahondar en el sentido de las enseñanzas. Su evangelio es un evangelio de mística judía. Así lo designaba ya Orígenes “evangelio místico” y san Clemente de Alejandría lo llamaba “evangelio espiritual”. No está tan interesado como los sinópticos en un recorrido por la “biografía” de Jesús sino por el derrotero interior del creyente. El sentido del maná es aprovechado por Jesús como inducción a un alimento de otro tipo venido del cielo pero para satisfacer necesidades más sustanciales que las corporales: vida verdadera. Las mismas reparticiones de panes son una muestra de compartir porque si compartimos lo que tenemos, alcanza para todos y sobra. Cuando lo compartimos, al igual que lo espiritual, se multiplica la generosidad mientras más se reparte. 
Los oyentes de Jesús estarían acostumbrados a imágenes del pan en sentido metafórico. Pero en la medida en que se pasa del maná en el desierto a Jesús mismo como pan, el escándalo es mayúsculo para los judíos. El mismo evangelio nos dice que muchos abandonan a Jesús luego de este discurso. El judaísmo tenía la sangre como propiedad de Yahvéh, pues en ella residía la vida. Así que ninguna sangre podía ser comida ni bebida. Todo animal debía desangrarse (regresar la sangre a la tierra era regresarla a Yahvéh) antes de consumirse y pensar en el cuerpo humano como comida sería otra abominación para un judío [2]. El evangelio de Juan centra todo en la persona de Jesús, de manera que en él se resumen las mismas fiestas judías (luz, pascua, pentecostés), al igual que sus figuras salvíficas: buen pastor, vid verdadera, verdadera vida, camino, verdad, pan vivo, agua viva, resurrección, amigo del novio, maná, etc. Es indudable el uso metafórico que hace Juan de todos estos términos pues Jesús no es una viña sino un hombre; pero, en relación con los creyentes puede identificarse con tales sustantivos y funciones. La intención de Juan es que cuando se aplican a Jesús adquieren una dimensión vital y el creyente puede aplicarlas a su vida. Si a otros se aplican o pueden aplicarse, su significado es de orden inferior. La prueba es que da la vida por considerarse efectivamente buen pastor, comida y bebida para sus discípulos. Solo haciéndolas su propia vida podrán los cristianos ser testimonio vivo de Jesús. El cristiano debe ser “otro Jesús” en este mundo.
 
[1] Esta igualdad se conseguía, según el Deuteronomio, con los diezmos y primicias que debían llevarse el Templo para compartir con la viuda, el huérfano, el extranjero y el levita. 
[2] Según algunos antropólogos ningún pueblo ha sido realmente antropófago y la antropofagia ha sido inventada para desacreditar ciertas culturas. Varias tribus que oponen resistencia a la colonización española son llamadas antropófagas en leyendas irreales para calificar su animalidad. 

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