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Agosto 28: Quien se engrandece será humillado, y quien se humilla será engrandecido

XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo C – agosto 28 de 2022 Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ Un sábado Jesús fue a comer a casa de un jefe fariseo, y otros fariseos lo estaban espiando. Y al ver cómo los invitados escogían los asientos de honor en la mesa, les dio este consejo: –Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú; y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: ‘Dale tu lugar a este otro.’ Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento. Al contrario, cuando te inviten, siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, pásate a un lugar de más honor.’ Así recibirás honores delante de los que están sentados contigo a la mesa. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido. Dijo también al hombre que lo había invitado: –Cuando des una comida no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; porque ellos a su vez, te invitarán, y así quedarás ya recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, inválidos, cojos y ciegos; y serás feliz. Porque ellos no te pueden pagar, pero tú tendrás tu recompensa el día en que los justos resuciten. (Lucas 14, 1.7-14).
Según la costumbre judía, al inicio de un banquete el invitado solía decir unas palabras. En esta ocasión Jesús nos ofrece una enseñanza relacionada con tres temas centrales: la humildad, el desapego de los intereses egoístas y la preferencia por los pobres. Tratemos de aplicar a nuestra vida lo que nos dice Él en el Evangelio, teniendo en cuenta también los demás textos bíblicos: Eclesiástico (o Sirácida) 3, 17-18. 20. 28-29; Salmo 68 (67); Hebreos 12, 18-19. 22-24a.
 
1. Proceder con humildad
Jesús inicia su intervención evocando una norma tradicional de buena educación que no cumpen en aquella ocasión los invitados: no buscar los puestos de honor en la mesa. Esta regla de etiqueta o pequeña ética había sido ya expresada unos 450 años antes en el libro de los Proverbios: “No te des importancia ni tomes el lugar de la gente importante; vale más que te inviten a subir allí, que ser humillado ante los grandes señores” (25, 6-7).
Lo que Jesús quiere hacer ver es la importancia de la humildad como una virtud totalmente opuesta a la arrogancia de los fariseos que se consideran superiores al resto de la gente por cumplir con unos ritos aparentando así ser merecedores de reverencia, la soberbia de los doctores de la ley que menosprecian a los demás considerándolos ignorantes y pecadores, y el orgullo de quines ejercen el poder propio de su estrato social despreciando y excluyendo a los pobres.
“Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad”. Así comienza la primera lectura, tomada del libro Eclesiástico -escrito en el siglo II a.C. y también llamado el Sirácida, por ser su autor un maestro llamado Ben Sirac (hijo de Sirac). En este libro, como en el de los Proverbios y en otros escritos bíblicos del Antiguo Testamento llamados “sapienciales” por su referencia a la sabiduría, se dice que la humildad es la virtud característica del auténtico sabio, que vive con sencillez en vez de hacer alarde de sus méritos. su posición o sus conocimientos.
La segunda lectura contrapone la imagen del Dios terrible de la antigua alianza, que manifestaba su grandeza por medio del fuego, la tormenta y la trompeta (aunque también en el Antiguo Testamento se relata su manifestación al profeta Elías en el murmullo de una brisa suave -1 Reyes 19, 12-13-), a la del Dios cercano y sencillo que se revela en la persona de Jesús, “mediador de una nueva alianza”.
 
2. Obrar desinteresadamente  
En la segunda parte del Evangelio Jesús nos exhorta a obrar sin cálculos egoístas. Todos solemos tener la inclinación a obrar esperando que nos paguen, como dice el refrán “favor con favor se paga”. Esta actitud puede llevarnos a buscar ante todo nuestra propia recompensa, en lugar de aplicar lo que dijo Jesús: “hay mayor felicidad en dar que en recibir” (frase evocada por el apóstol san Pablo en su discurso a los presbíteros de Éfeso -Hechos de los Apóstoles 20, 35 ss-).
Pero ¡atención! Al dar, existe el peligro de caer en la tentación de hacer sentir inferior al beneficiario. La verdadera caridad no consiste en sentir lástima los de “arriba” por los de “abajo”, permaneciendo y afianzándose los que dan en sus posiciones superiores y quedando los que reciben en su situación de miseria. No. El amor verdadero a los pobres exige la solidaridad para buscar con ellos la realización de condiciones de justicia social que les hagan posible superar su situación y vivir de acuerdo con su dignidad humana.
 
3. La verdadera sabiduría implica optar preferencialmente por los pobres  
Lo que le propone Jesús a quien lo ha invitado es una exhortación a cambiar la jerarquía de valores propia de un sistema social que desprecia y excluye a los pobres, a los débiles, a los que considera inútiles. Son éstos justamente los preferidos de Dios, a quienes en primera instancia quiere Él que llegue su invitación al banquete de la vida eterna, prefigurado en la Eucaristía.
Un canto eucarístico llamado en latín Panis angelicus (Pan angélico), dice en uno de sus versos:
¡O res mirabilis! Manducant Dominum pauper, servus et humilis (¡Oh cosa admirable! Se alimentan del Señor el pobre, el siervo y el humilde). Esta realidad se manifiesta sobre todo en las grandes iglesias. Sin embargo, más admirable sería que en nuestra vida cotidiana se mostrara por parte de cada uno de nosotros una disposición abierta al reconocimiento, la aceptación y la acogida generosa del pobre.
Se trata de una opción que es precisamente la opción de Dios. “Tu rebaño habitó en la tierra que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres”, dice el Salmo. Esta es la opción de Jesús, que procede siempre y ante todo en favor de los débiles, de los necesitados, de los excluidos, de los oprimidos. Y si esta es la opción de Jesús, ¡también tiene que ser la de sus seguidores! Que María, la que se proclamó “servidora del Señor” y mostró serlo con sus obras, nos alcance de su Hijo la disposición a en todo amar y servir, con una opción preferencial por los pobres. Así sea.

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