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Agosto 29: Avancemos hacia una Moral de Actitudes

TIEMPO ORDINARIO – DOMINGO XXII B
(29-agosto-2021)
Por: Jorge Humberto Peláez, SJ
jpelaez@javeriana.edu.co  Lecturas:
1. Deuteronomio 4, 1-2. 6-8
2. Carta del apóstol Santiago 1, 17-18. 21b-22.27
3. Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23
Cuando reflexionamos sobre el comportamiento humano y tratamos de trazar una línea divisoria entre lo honesto y lo deshonesto, entre lo correcto y lo incorrecto, nos encontramos con un problema complicado. ¿Cómo valorar el comportamiento humano? ¿Qué elementos debemos tener en cuenta? ¿Hacia dónde debemos mirar? Esta pregunta es extremadamente compleja porque el comportamiento humano, a pesar de los aportes de las ciencias sociales y humanas, sigue siendo un misterio, en donde se entrecruzan muchos factores: el consciente y el inconsciente, la cultura, la genética, las conexiones neuronales, la formación recibida, las experiencias vividas, etc.
Las lecturas de este domingo aportan elementos muy interesantes a esta reflexión, sin que pretendamos que la pregunta quede resuelta de manera definitiva. Las lecturas de este domingo nos invitan a ir más allá de una moral centrada en los actos y descubrir la riqueza de una moral de actitudes. Los actos no pueden ser leídos en sí mismos, sino que necesitan un contexto más amplio como son la intencionalidad y las circunstancias en que ellos se dan.
La tensión entre una moral de actos y una moral de actitudes aparece con claridad en la escena evangélica que acabamos de escuchar. Los fariseos y algunos escribas “vieron que algunos de sus discípulos comían sin purificarse, es decir, sin lavarse las manos”. Y este descuido los escandalizaba.
Dentro de la cultura farisea, revestía una enorme importancia el estricto cumplimiento de los ritos externos o formalidades. La vida diaria de los israelitas estaba llena de normas que regulaban todos los momentos de la vida personal, familiar, social y religiosa. Para estos personajes, el cumplimiento minucioso de la Ley era el termómetro que marcaba la fidelidad a la alianza. No importaba lo que sucediera en lo profundo del corazón. No les interesaba examinar las pasiones e intenciones ocultas.
Jesús reaccionó fuertemente contra esta lectura farisaica de la ética y planteó una visión diferente: “¡Escúchenme todos y entiendan! No hay nada de fuera que, al entrar en uno, pueda hacerlo impuro. Al contrario, es lo que procede de su interior lo que hace impuro al hombre. Porque dentro, en su propio corazón, concibe él el propósito de hacer cosas malas como inmoralidad sexual, robos, asesinatos, adulterios, ambiciones, maldades, engaño, desenfreno, envidia, difamación, orgullo e insensatez”.
Estas fuertes palabras de Jesús nos invitan a no quedarnos en las simples formas externas. Son una invitación a explorar en profundidad aquellos sentimientos e intencionalidades que son la explicación de lo que manifestamos a través de nuestros actos. En palabras de hoy, Jesús enfatiza la importancia de la moral de actitudes. Los actos son manifestaciones de procesos que se dan en nuestro interior.
Esta superioridad de una moral centrada en las actitudes es muy importante para la transformación de la vida social, que está condicionada por el qué dirán y las apariencias. En muchos ambientes, lo que interesa es lo políticamente correcto. Si se respeta esta norma, la sociedad ignora este compartimento oscuro de los seres humanos, pues solo le interesa lo exterior.
La denuncia radical de la hipocresía de los fariseos que hace Jesús es enriquecida por los otros textos que nos propone la liturgia de este domingo.
En el libro del Deuteronomio, leemos una sabia orientación que Moisés da a la comunidad: “No añadas nada a lo que te mando ni suprimas nada; guarda los preceptos del Señor tu Dios, como hoy te los doy”.
¿Cuáles son esos preceptos fundamentales? Jesús fue muy claro al respecto: el amor a Dios y el amor al prójimo. Es la síntesis perfecta. No hay otra hoja de ruta.
Los moralistas y los expertos en derecho canónico han caído en la tentación de complicar la vida de los bautizados, estableciendo retenes y aduanas que jamás estuvieron en la predicación de Jesús y obstaculizan el peregrinar del pueblo de Dios.
El Salmo 14, que acabamos de recitar, nos permite profundizar en esta idea: “Señor, ¿quién puede vivir en tu morada? El que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia con su lengua”.
La Carta del apóstol Santiago que acabamos de escuchar, refuerza esta idea expresada en el Salmo: “Religión pura e irreprochable delante de Dios Padre es ésta: socorrer a los huérfanos y a las viudas cuando están necesitados y conservarse limpios de la impureza del mundo”.
La educación moral que hemos recibido se ha centrado en los actos. Prueba de ello es la manera como nos acercamos al sacramento de la reconciliación. Confesamos al sacerdote el número de actos que hemos cometido (misas dominicales a las que hemos faltado, reacciones groseras o violentas con las personas que nos rodean, comportamientos sexuales inapropiados). Una lista cuidadosamente cuantificada como si se tratara de una declaración de renta. Pero pocas veces reflexionamos sobre las causas que nos han llevado a actuar de esa manera: ¿cómo es nuestra relación con Dios?, ¿cómo están funcionando las relaciones interpersonales?, ¿qué lugar ocupan en nuestra vida valores tales como la justicia y el respeto?
No es suficiente confesar los actos enumerándolos cuidadosamente. Lo más importante es preguntarnos por su significado. ¿Qué están manifestando?
Tenemos que reconocer que estas deficiencias en la formación de la conciencia moral son fruto de desenfoques en la catequesis. No nos podemos quedar en una moral de actos. Tenemos que avanzar hacia una moral de actitudes.

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