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Agosto 29: “Este pueblo me honra con los labios, ¡pero su corazón está lejos de mí!”

XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Ciclo B – agosto 29 de 2021
Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ Los fariseos y algunos escribas que habían llegado a Jerusalén, se acercaron en grupo a Jesús y vieron que algunos de sus discípulos comían sin purificarse. Porque los fariseos, y los judíos en general, ateniéndose a la tradición recibida de los antiguos, no comen sin antes lavarse escrupulosamente las manos; y al volver de la plaza no comen sin bañarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, como es la manera de lavar los vasos, las jarras, los platos y las bandejas. Le preguntaron, pues, a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no guardan la tradición, sino que comen sin purificarse?”. Él les respondió: “¡Hipócritas! Qué bien dijo acerca de ustedes el profeta Isaías, cuando escribió: ‘Este pueblo me honra con los labios, ¡pero su corazón está lejos de mí!’ El culto que me dan es vacío, las leyes que enseñan son invenciones humanas. Ustedes dejan de cumplir lo que Dios ha mandado, por aferrarse a una tradición inventada por los hombres”. Entonces volvió a llamar a la multitud y dijo: “¡Escúchenme todos y entiendan! No hay nada de fuera que, al entrar en uno, pueda hacerlo impuro. Al contrario, es lo que procede de su interior lo que hace impuro al hombre. Porque dentro, en su propio corazón, concibe él el propósito de hacer cosas malas como inmoralidad sexual, robos, asesinatos, adulterios, ambiciones, maldades, engaño, desenfreno, envidia, difamación, orgullo e insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior del hombre y lo hacen impuro” (Marcos 7, 1-8.14-15.21-23).
En este relato encontramos la oposición entre dos actitudes: la de los fariseos que hacían consistir la religión -o sea la relación con Dios- en el cumplimiento de unos ritos externos, y la de Jesús, que define esta relación por lo que procede del interior. Veamos cómo podemos aplicar a nuestra vida esta enseñanza de Jesús, relacionándola además con las otras lecturas bíblicas de hoy [Deuteronomio 4, 1- 2.6-8; Salmo 15 (14); Carta de Santiago 1, 17-18.21b-22.27]
 
1. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”
Esta frase no sólo es aplicable al culto existente en tiempos del profeta Isaías y de Jesús. También vale para hoy, pues sigue existiendo la falsa religiosidad que reduce la relación con Dios a unos ritos y rezos sin conexión con la vida concreta. Los preceptos a que se refiere el Deuteronomio en la primera lectura corresponden a una relación indisoluble entre el amor a Dios expresado en los tres primeros mandamientos y el amor al prójimo en los otros siete. Sin embargo, la tradición judaica había tergiversado la Ley de Dios haciendo pasar por ésta una serie de prescripciones vacías de sentido social. Y en este tiempo de pandemia que estamos viviendo, corremos el peligro de quedarnos en los protocolos externos para salvar cada cual su pellejo, sin una actitud de solidaridad con los necesitados.
La verdadera Ley impresa espiritualmente por Dios en la conciencia humana implica una relación indisoluble entre el culto a Dios y el amor al prójimo, con una atención preferencial a los más necesitados. Por eso los profetas del Antiguo Testamento, hablando en nombre de Dios, denunciaron el ritualismo vacío propio de una falsa religiosidad, cómplice de la injusticia. Esta denuncia profética la evoca y la amplía Jesús para enseñarnos en qué consiste la auténtica relación con Dios.
 
2. “Es lo que procede del interior lo que hace impuro al hombre”
El Evangelio señala una diferencia radical entre las actitudes surgidas del corazón y el ritualismo que reduce la relación con Dios a unas formalidades externas. Esta diferencia planteada por Jesús, quien para ayudar a los necesitados no sólo se saltaba la guarda del sábado o día de descanso, sino también las demás normas rituales preventivas de supuestas contaminaciones, le acarreó el odio y el rechazo por parte de los fariseos y doctores de la ley que se consideraban incontaminados y superiores a los demás por cumplir al pie de la letra unas tradiciones, sin tener en cuenta lo más importante.
Por eso Jesús dice que no es lo que entra de afuera lo que hace “impuro” a un ser humano, sino las intenciones torcidas que salen de su interior. De aquí podemos deducir entonces que lo que nos hace puros es la rectitud de nuestras intenciones y su puesta en práctica. Preguntémonos: ¿Qué intenciones me mueven? ¿Hacia qué fines están orientadas mis opciones? ¿Qué es más importante para mí: cumplir con unos ritos religiosos o amar al prójimo? ¿Son mis prácticas religiosas coherentes con el sentido social de la verdadera ley de Dios, que es ley de Amor precisamente porque Dios es Amor?
 
3. La “religión pura e irreprochable”
Todos los malos comportamientos que describe Jesús como surgidos del interior del corazón, se refieren a acciones en contra del respeto a la dignidad de las personas, y por ello mismo se oponen a la verdadera religión, es decir, al sentido auténtico de una relación con Dios. El Salmo 15 (14) es muy claro al respecto: sólo puede relacionarse correctamente con Dios quien procede con honradez y practica la justicia. Y como lo dice también el apóstol Santiago en la segunda lectura, “religión pura e irreprochable delante de Dios Padre es esta: socorrer a los necesitados y conservarse limpio de la impureza del mundo”. Esta impureza es precisamente todo lo malo que sale del corazón humano.
 
Conclusión
La relación con Dios va unida a la relación con nuestros prójimos. Por lo tanto, cuando nos reunimos para celebrar el amor de Dios manifestado en Jesucristo y alimentarnos de su vida resucitada, somos invitados a asumir y llevar a la práctica el compromiso de realizar lo que celebramos en la Eucaristía: si escuchamos la Palabra de Dios y respondemos “te alabamos Señor” y “gloria a Ti Señor Jesús”, es para poner en práctica lo que nos enseña; si nos reunimos –presencial o virtualmente– para realizar el rito de partir el pan, es para que nos dispongamos a com-partir lo que tenemos; si recibimos a Jesús en la comunión, es para que nos dispongamos a colaborar en la construcción de una auténtica común-unión, es decir, una verdadera comunidad de amor. Que María, quien no se redujo a decir “aquí está la servidora del Señor”, sino que puso sin demora en práctica lo que acababa de expresar poniéndose en camino para servir a su prima Isabel que necesitaba compañía y ayuda, interceda por nosotros para que, siguiendo su ejemplo, cumplamos lo que Ignacio escribió en sus Ejercicios Espirituales: “El amor se debe poner más en las obras que en las palabras”. Así sea.

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