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Agosto 8: Bajar del cielo

Juan 6:41-51, domingo, agosto 8 de 2021 Por: Luis Javier Palacio, SJ  La concepción del cosmos en la cultura judía, que primó por más de mil años, no es original; la reciben de Ptolomeo quien concebía la tierra plana en un nivel intermedio entre el cielo (lugar superior) por encima y el infierno (lugar inferior) por abajo. Con los estudios astronómicos iniciados en el Renacimiento, se cambia tal concepción del cosmos de manera que es imposible plantear de manera absoluta que haya algo arriba y abajo, pues es relativo al punto de donde se mire. Los antípodas están arriba o abajo indistintamente. Puesto que dentro de la concepción de Ptolomeo los dioses vivirían arriba, de Dios no se podía pensar sino como extraterrestre; alguien venido de otro mundo o que se comunicaba desde otro mundo. La encarnación invalida tal concepción en lo religioso aunque no lo logre en lo astronómico. Dios toma la condición humana y en su forma más baja, como es la del siervo. En la concepción del cosmos en tres niveles, este mundo (sub-lunar) dependería absolutamente de otro mundo; estaría gobernado por un señor divino, lleno de poder (en el politeísmo esto sería una sociedad de señores), con una corte de servidores (herencia de Babilonia). Este señor dicta leyes y prescripciones, vela por que estas se cumplan con exactitud, amenaza, castiga y ocasionalmente perdona. Por estar colocado sobre el mundo nuestro se llama sobrenatural o celestial. En ese mundo de arriba se sabe y conoce todo, hasta lo más recóndito. Cualquier conocimiento humano es inferior en comparación con aquel. Felizmente, de vez en cuando, ese mundo nos comunica lo que considera que es indispensable saber, y no podríamos descubrirlo por nosotros mismos. De ahí que Jesús, si habría de ser divino, vendría de tal mundo y de nada le serviría ser hijo de José, el artesano conocido, o de la madre conocida entre el pueblo.
Jesús sería como una especie de astronauta que baja del cielo al segundo piso de la estructura de tres pisos, e incluso baja al primer piso (infierno), luego de la resurrección, para ascender de nuevo al cielo en la ascensión (dos veces narrada en Lucas). Esta concepción indudablemente demerita esta tierra, convertida en “valle de lágrimas” e igualmente demerita esta vida que pasa a ser una prueba para llegar el cielo definitivo. Pero la Biblia, aunque asuma tal cosmología, le da un contenido bastante diferente. El único mencionado en la Biblia [1] que asciende al cielo es Elías, en el segundo libro de los Reyes: «Iban caminando mientras hablaban, cuando un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos; y Elías subió al cielo en el torbellino» (2 Re 2:11). En lo demás, la Biblia es totalmente geocéntrica, es decir, terrenal, centrada en la tierra e igualmente lo es el cristianismo. De ahí que hablar de reinado de Dios (Lucas), en vez de reinado de los cielos (Mateo), resulte más iluminador en la lectura de los evangelios. En el judaísmo tenemos la dificultad de que se piensa más en el reino de David que en el reino de Yahvéh; se piensa más en Israel como nación que en la humanidad. Los comentaristas contemporáneos prefieren hablar de reinado en vez de reino (palabra de las Escrituras) para liberar la idea de lo geográfico o hegemónico. Vale anotar que en el judaísmo el rey era siempre siervo de Yahvéh y nunca descendiente de la divinidad como en algunos pueblos vecinos. El reinado de Yahvéh vendría por tomar sobre sí, cada judío, el yugo de la Toráh (sabiduría propia de Israel), de manera que el rey fuera simplemente un pastor de su pueblo. Digamos que se era siervo de la ley y no siervo del rey. Otra fue la idea que se tuvo de los reyes en la Edad Media como designados por Dios. Jesús en su lenguaje afirma tanto el aspecto presente terrenal como el futuro espiritual esperado. Así, el reinado de Dios está tanto en el presente como en la construcción del futuro. Ya, pero todavía no; dice el Concilio Vaticano II.
El reinado de Dios (diferente del cielo contrapuesto a la tierra), que debía construirse en sinergia entre Dios y el hombre, tiene las siguientes características: a) es de actividad permanente porque es dinámico. Jesús lo inaugura pero ha de continuar su desarrollo; b) es de salvación en vez de juicio, especialmente para los pobres, los enfermos y los pecadores; c) es bipolar entre el futuro y el presente de manera que Jesús (aunque algunos textos son un tanto confusos) no rechaza la dimensión apocalíptica y pide que oremos para que llegue el reinado de Dios en el Padrenuestro. El creyente es consciente de que ordinariamente se hace la voluntad humana y no la voluntad de Dios. El sabor del futuro se puede pregustar en esta vida. Tenemos que reconocer, sin embargo, que la predicación de los apóstoles se centró en el acontecimiento salvífico especialmente de la muerte (menos en la resurrección) de Jesús y aunque la predicación del reinado de Dios no desapareció, pasó a un segundo plano. Juan es especialmente parco en hablar de reinado de Dios y no registra la expresión sino dos veces y las dos en el diálogo con Nicodemo: «Jesús le respondió: En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3:3), pero utiliza muchas otras expresiones con significado similar como vida eterna, vida verdadera, pan del cielo y sobre todo amor oblativo o sacrificial (ágape) entre los creyentes. Igual sucede en Pablo, quien habla más de justificación y de gracia pero deja abierta la bipolaridad del presente y futuro en sus cartas. Jesús resucitado es futuro para sí mismo. El reinado de Cristo sería temporal hasta el momento en que sea todo entregado a Dios de manera que sea todo en todos (1Co 15:28). El énfasis es puesto en la soberanía de Dios y no en la transitoriedad del Hijo. Esta es una idea clara de la teología oriental (ortodoxa) desde la cual suele criticar a la iglesia latina que es excesivamente Cristo-céntrica (centrada en la figura de Jesús). Que el reinado de Dios no se identifique con la iglesia[2] es una afirmación del Concilio Vaticano II. El reinado de Dios es más que la iglesia y esta debe estar al servicio de aquel. La iglesia está llamada a patentar, bajo la forma de un misterio (sacramento), el reinado de Dios. Teologías especiales como la feminista, la negra, la indígena, la de la liberación, nos hablan de lo que esto implica.
Muchos utopistas del pasado como Savonarola, Campanella, santo Tomas Moro y Bucer presentaron el reinado de Dios como una sociedad humana viviendo unos principios éticos que se derivarían del evangelio. Unos nuevos cielos y una nueva tierra precisamente en esta tierra. Las ideas universales de salvación, libertad y justicia inspiran estas utopías. Si bien no se identifican plenamente el desarrollo humano y el reinado de Dios, tampoco pueden separarse como esferas que no se tocan. La historia humana es solo una y dentro de ella se vive la historia de salvación. La paradoja humana es que no alcanza su plenitud solo dentro de la historia sino en lo meta-histórico como la resurrección. Así, la fe le suministra unos parámetros para no absolutizar ninguna construcción humana, pero igualmente para juzgarla a la luz del evangelio. La fe mantiene viva la esperanza en un reinado de Dios que aún no llega para los pobres y marginados de la historia. Se dice de santa Teresa de Lisieux que no quería ir al cielo sino bajar el cielo a la tierra. Le toca al creyente transformar este mundo para que sea cada vez más similar el cielo esperado, no luego de esta vida sino en esta misma vida presente.
 
[1] Hay otros como Moisés o Enoc pero dichos relatos no entran en el canon judío de las Escrituras. Son leyendas edificantes (como los deuterocanónicos).
[2] Dicha identidad la formuló claramente el papa Gregorio Magno, aplicando las parábolas del reinado a la iglesia. Eusebio de Cesarea tuvo a Constantino como obispo universal de la iglesia y la identificó con el imperio.

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