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Diciembre 18: “Todo esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros”

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Comunitas Matutina 18 de diciembre 2022
Domingo IV de Adviento Ciclo A
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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

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Lecturas:

  1. Isaías 7: 10 – 14
  2. Salmo 23: 1 – 6
  3. Romanos 1: 1 – 7
  4. Mateo 1: 18 – 24

Nunca está de más recordar el contexto sociocultural y lingüístico en el que surgen los textos bíblicos, muy distantes de nosotros en el tiempo y también con una mentalidad totalmente diferente de la occidental, caracterizada por sus definiciones conceptuales y por sus articulaciones racionales; mientras que el mundo bíblico es experiencial y existencialista, de pensamiento concreto y, en materia religiosa, dispuesto a descubrir a Dios en las narrativas de su realidad vital.[1]

El Dios que se testimonia en la Biblia es un Dios que se dice a sí mismo en los relatos de la comunidad de Israel, en los hechos de su vida. Dios se relata en historias de humanidad, por eso, muchos seres humanos son narración de Dios, con sus vidas nos dicen en qué consiste el ser teologal encarnado en lo humano. Allí es donde la fe ejerce el apasionante ejercicio del discernimiento, que es distinguir y asumir la intervención de Dios en su historia, Nuestro Dios es un Dios de lo concreto liberador, de lo real y existencial, de los contextos donde se juega el sentido de la vida.[2]

Esta aclaración inicial nos ayuda a ponernos de frente a los textos de este domingo, de sus contextos y de sus pretextos. Así, hacemos una comparación y correlación entre las señales de la inminencia de Dios en los tres textos que nos propone la Iglesia este domingo y las señales de esto mismo que vemos en nuestra existencia, en el mundo de hoy. Este mundo en el que vivimos es, en general, secular, vale decir, consciente de la autonomía de la historia, de las realidades del mundo, por eso no aplican para su “modus vivendi” las cosmovisiones religiosas. ¿Cómo hablar, entonces, del Dios que viene para nuestra plenitud en esta cultura pluralista, secularizada, autónoma, y, a menudo, no creyente o, cuando menos, agnóstica?[3] Dios, que no es aprehensible en los límites humanos, con seguridad no se “aterra” ante estas autonomías de la humanidad, más bien las reconoce y estimula.

Navidad, es el reconocimiento y celebración de la vinculación entre lo divino y lo humano en la historia del Señor Jesucristo, él es el relato definitivo de Dios, la visibilidad suya, su humanización.[4] En Jesús y por Jesús sabemos de Dios. Estas son palabras mayores. La señal es claramente indicadora de esperanza, superando el escepticismo de Ajaz: “Volvió Yahvé a hablar a Ajaz en estos términos: pide para ti una señal de Yahvé tu Dios, bien en lo más hondo del Seol, o arriba en lo más alto. Respondió Ajaz: no la pediré, no tentaré a Yahvé. Dijo Isaías: escucha, pues, heredero de David, ¿les parece poco cansar a los hombres que cansan también a mi Dios? Pues bien, el Señor mismo les va a dar una señal: miren, una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, al que pondrá por nombre Emmanuel”. [5]

Estas palabras del profeta al rey Ajaz se dieron en un contexto en el que las esperanzas del mantenimiento de la seguridad del reino de Judá se centraban más en lo político-militar que en la confianza en Dios.[6] Isaías vió los afanes del rey para buscar alianza con sus vecinos con el fin de defenderse de los poderosos de turno, pero nota que su interés se reduce a una garantía de poder, la dimensión teologal no es su aspecto determinante. A pesar de la resistencia de Ajaz, Dios se mantiene en su empeño de bendecir a Judá, y lo hace a través de la promesa de un heredero de David. Esto no es literatura fantástica, hace parte de las certezas de fe de los israelitas, que pudieron comprobar esto en su historia. En estos acontecimientos, con frecuencia ambivalentes, ellos vivían la experiencia de Dios, leían sus señales en esos hechos, y aprendían a vivir el acatamiento a su voluntad.

Volvemos así con la expectativa mesiánica de este pueblo de creyentes, esencial en la configuración de su vida. ¿Qué nos dice esto a nosotros? ¿Sabemos detectar a Dios en el devenir de nuestra humanidad? La lógica de la revelación no está en acontecimientos extraordinarios sino en la experiencia existencial de cada día, en la historia real, donde Dios se manifiesta. ¿Cómo florecen en las penurias las señales de Dios? ¿Donde residen las razones para la esperanza? ¿Dónde está el prometido Emmanuel? ¿Sucumbimos a un escepticismo como el de Ajaz, o nos dejamos tomar por la gratuidad de Dios para integrarnos en su proyecto de salvación? ? La imagen de esa doncella en la dulce espera de su hijo es el indicativo de un Dios incondicional y siempre comprometido con su tarea de llevarnos por los caminos de la plenitud.

Los cristianos estamos en la historia para contagiar de razones para la esperanza, no para imponer un sistema religioso rígido e inflexible.[7] Es decir, que nuestra tarea es la de comunicar la feliz realidad del Dios con nosotros: “La promesa era relativa a su Hijo, Jesucristo señor nuestro, descendiente de David según la carne, pero constituído Hijo de Dios con poder; según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos”.[8] Esta es la Buena Noticia de Jesús, imperativo que nos exige purificar nuestra fe de contaminaciones que no se compadecen con su proyecto original, de imposiciones agobiantes, de un estilo autorreferencial y distante del Evangelio, y validando las señales de felicidad, que en buen lenguaje evangélico llamamos bienaventuranzas.

La pasión por la justicia, el cuidado de la vida, el compromiso constante con la dignidad humana, el cultivo de una espiritualidad liberadora, el sentido de lo comunitario y de la solidaridad, el talante de servicio, la decidida inclusión de los pobres, el humanismo trascendente que se desprende del Evangelio, el reconocimiento maravillado de lo que es distinto de nosotros, la comunión y la participación, la Iglesia servidora de todos, la perspectiva de futuro, son – entre muchas – las gozosas señales del Dios con nosotros, del Emmanuel, respuesta del Dios fidelísimo a todas nuestras expectativas.[9]

Esto es lo que nos transmite el hermoso relato de Mateo, estremecedor por su profunda sencillez y por su nitidez teologal: “El origen de Jesucristo fue de la siguiente manera. Su madre, María, estaba desposada con José; pero, antes de empezar a estar juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Su marido, José, que era justo, pero no quería infamarla, resolvió repudiarla en privado. Así lo tenía planeado, cuando el ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo”. [10]

Sabemos que los evangelios no son crónicas biográficas en el sentido en el que entendemos hoy una narración histórica. Ellos son unas interpretaciones teológicas surgidas en las primeras comunidades de discípulos en las que cada relato evangélico da testimonio de su fe en Jesús y lo reconoce como Hijo de Dios, procedente de Él y encarnado en la humanidad, como el modo propio de asumir nuestra historia en perspectiva de redención y de salvación.[11] Los evangelistas hacen teología narrando el acontecer de Dios en la vida de las comunidades, y refieren como acontecimiento prototípico de lo mismo este hecho: “Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” . [12]

Veamos los protagonistas del relato: Dios, tipificado en la figura del ángel, expresión de origen bíblico que se refiere al mismo Yahvé, a su presencia anunciadora de vida; María, el medio humano que hace posible la implicación histórica y existencial de Dios en la persona de su hijo Jesús, bien conocida por el acatamiento incondicional de la invitación que Dios le hizo; José, el hombre justo y prudente, que quiere seguir lo determinado por la ley judía, siempre inspirado por su fe profunda; condición que le permite descubrir la señal del Espíritu en el embarazo de su esposa. María significa la acogida incondicional del proyecto de Dios. Gracias a la acción del Espíritu, ella se hace la mediación humana que da cauce encarnado al Hijo salvador, como dice el Concilio Vaticano II: “Igualmente, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo que se llamará Emmanuel. Ella misma sobresale entre los humildes y los pobres del Señor, que esperan de Él con confianza la salvación y la acogen”. [13]

Ellos, gente pobre y anónima, como millones en el mundo, son el recurso por el que Dios opta para hacerse presente en la historia humana. No hay aquí nada portentoso ni representativo de interés para los cronistas de las hazañas de los poderosos. Así se ratifica ese proceder de Dios en pequeñez, su lógica no es la del poder sino la de la amorosa y humilde inserción en la realidad de los humanos que son como José y como María. El acontece en los hombres y mujeres que carecen de arrogancia y que no hacen del poder y del dinero sus ídolos, en los que – como María – acogen generosamente su invitación, en los que – como José – tienen cultivado el don de la prudencia teologal, en los que hacen del amor y del servicio la consigna determinante de sus decisiones. [14]

El asunto clave aquí es si – en la perspectiva de esta Palabra – sabemos detectar los signos de Dios entre nosotros, si nuestra religiosidad es más que una formalidad, si acertamos en captar el proyecto de Dios en la dulce espera de María y de José, si el inminente niño de Belén conmueve nuestros esquemas. Sigue vigente Jesús de Nazaret en la historia de la humanidad, a pesar de las muchas negaciones e incoherencias de nosotros, los cristianos; a pesar de la secularización extrema de muchos ámbitos sociales, a pesar de la indiferencia y del egoísmo de tantos.

 

 

[1] ARMSTRONG, Karen. Historia de la Biblia. Debate. Barcelona, 2015. GAITÁN, Tarsicio. Métodos de interpretación de la Biblia. En Revista Cuestiones Teológicas volumen 33 número 79, páginas 141-169. Universidad Pontificia Bolivariana. Medellín, enero-junio 2006. BARTON, John (Editor). La interpretación bíblica hoy. Sal Terrae. Santander, 2001. SCHÖCKEL, Luis Alonso. Hermenéutica de la Palabra (2 volúmenes). Cristiandad. Madrid, 1986. GUIJARRO OPORTO, Santiago. La interpretación de la Biblia. XLVII Jornadas de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca. PPC. Madrid, 2017. O´CALLAGHAN, Joseph. Introducción a la crítica textual del Nuevo Testamento. Verbo Divino. Estella, 2000. PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA. La interpretación de la Biblia en la Iglesia. PPC. Madrid, 1994. WEREN, Wim. Métodos de exégesis de los evangelios. Verbo Divino. Estella, 2003. RICOEUR, Paul. Teoría de la interpretación: discurso y excedente de sentido. Siglo XXI Editores. México D.F., 2001.

[2] JOHNSON, Elizabeth A. La búsqueda del Dios vivo: trazar las fronteras de la teología de Dios. Sal Terrae. Santander, 2008. MOURLON, Pierre. El hombre en el lenguaje bíblico. Verbo Divino. Estella, 1984. DE LA TORRE GUERRERO, Gonzalo. Las parábolas que narró Jesús. Fundación Universitaria Claretiana. Quibdó, 2009. PARRA MORA, Alberto. Textos, contextos y pretextos; teología fundamental. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2003. SCHYLLEEBECKX, Edward. Los hombres, relato de Dios. Sígueme. Salamanca, 1994. ALFARO, Juan. De la cuestión del hombre a la cuestión de Dios. Sígueme. Salamanca, 1997.

[3] SEPÚLVEDA DEL RÍO, Juan Ignacio. La religión en el mundo secular: trascendencia e individualidad. Un estudio del problema desde el pensamiento de Charles Taylor. Tesis para optar al título de doctor en filosofía. Universidad de Valencia. Valencia, 2013. TAYLOR, Charles. Las variedades de la religión hoy. Paidós. Barcelona, 2003; La era secular (2 volúmenes). Gedisa. Barcelona, 2015. ESTRADA DÍAZ, Juan Antonio. Los retos de la secularización al cristianismo y las religiones. En Revista Iberoamericana de Teología volumen 12 número 23, páginas 69-96. Universidad Iberoamericana. México D.F., julio-diciembre 2016. BLANCARTE, Roberto. Cristianismo y mundo moderno: una relación ambigua. En https://www.biblio.flacsoandes.edu.ec/catalog/resGet.php?resld=25286 DALFERT, Ingold U. Trascendencia y mundo secular: la orientación de la vida al presente último de Dios. Sígueme. Salamanca, 2017.

[4] CASTILLO, José María. La humanización de Dios. Trotta. Madrid, 2014; La humanidad de Dios. Trotta. Madrid, 2018; La humanidad de Jesús. Trotta. Madrid, 2019. BOFF, Leonardo. Encarnación: la humanidad y la jovialidad de nuestro Dios. Sal Terrae. Santander, 2006.

[5] Isaías 7: 10-14

[6] ARDUSSO, Franco. Aprender a creer. Las razones de la fe cristiana. Sal Terrae. Santander, 2000. BRIDGES, Jerry. Confiando en Dios, aunque la vida duela. Centro de Literatura Cristiana. Bogotá, 2011. GUERRA SUÁREZ, Luis María. Isaías, profeta de la esperanza. En Revista Almogaren volumen 29 número 1, páginas 121-133. Centro Teológico de Las Palmas. Palmas de Gran Canaria, 2008. VERDINI, Leandro Ariel. Y le pondrá por nombre Dios con nosotros: lectura sincrónica de Isaías 7:10-17; 8:21 a 9:6; y 10:28 a 11: 9, como tríptico mesiánico. Tesis de grado para obtener el título de doctor en teología. Pontificia Universidad Católica Argentina. Buenos Aires, 2018. BLENKINSOPP, J. El libro de Isaías (1-39). Sígueme. Salamanca, 2015. CROATTO, Severino. Isaías 1-39. La Aurora. Buenos Aires, 1989. GARZÓN MORENO, M. La alegría en Isaías. Verbo Divino. Estella, 2011.

[7] SOCIEDAD ARGENTINA DE TEOLOGÍA. Dar razón de nuestra esperanza: el anuncio del Evangelio en una sociedad plural. XXX Semana Argentina de Teología. Agape. Buenos Aires, 2012. DÍEZ-ALEGRÍA, José María. Yo creo en la esperanza: el credo que ha dado sentido a mi vida. Desclée de Brower, 1975. JUAN MARÍA URIARTE, Obispo de San Sebastián. La esperanza vence al miedo: Carta pastoral de Adviento 2007. Obispado de San Sebastián, 2007. GONZÁLEZ DE CARDEDAL, Olegario. Raíz de la esperanza. Sígueme. Salamanca, 1996. LAÍN ENTRALGO, Pedro. Esperanza en tiempos de crisis. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 1993. PAPA BENEDICTO XVI. Carta Encíclica Spe Salvi. La esperanza como salvación. Librería Editrice Vaticana. Roma, 2007.

[8] Romanos 1: 3-4

[9] GUTIERREZ MERINO, Gustavo. El Dios de la vida. Sígueme. Salamanca, 1989. MENACHO SOLÁ-MORALES, Joaquín. El cielo, puede esperar? Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2013. HERNÁNDEZ PICO, Juan. El Dios que nos acompaña en nuestra aventura histórica. El poder de Dios y la responsabilidad humana. En https://www.redicces.org.sv/jspui/bitstream/10972/3911/1/RLT-2016-098D.pdf BELEMUSCHE, Fabiani Octavian. Hipótesis del reino de los cielos como propuesta existencial de Jesús en los inicios del cristianismo. Tesis de grado para obtener el título de doctor en filosofía. Universidad Complutense de Madrid, 2018. BRAVO GALLARDO, Carlos. Galilea , año 30. Para leer el evangelio de Marcos. Herder. Barcelona, 2021. BÖTTIGHEIMER, Cristoph. Cómo actúa Dios en el mundo? Sígueme. Salamanca, 2015.

[10] Mateo 1: 18-20

[11] RICHARD, Pablo. Interpretación de los cuatro evangelios desde el Jesús de la historia. En https://www.oaki.net/articles/2016/2962-1474992528.pdf ORTIZ VALDIVIESO, Pedro. Introducción a los Evangelios. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2003. GUIJARRO OPORTO, Santiago. Jesús y el comienzo de los evangelios. Verbo Divino. Estella, 2006. AGUIRRE MONASTERIO, Rafael; RODRÍGUEZ CARMONA, Antonio. Evangelios sinópticos y Hechos de los Apóstoles. Verbo Divino. Estella, 2007. ORIOL TUÑI, Josep. Jesús en comunidad. El Nuevo Testamento, medio de acceso a Jesús. Sal Terrae. Santander, 2013.

[12] Mateo 1: 21

[13] CONCILIO VATICANO II. Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, número 55. BAC. Madrid, 1996.

[14] GONZALEZ FAUS, José Ignacio . Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas. Trotta. Madrid, 1988. CASTILLO, José María. Escuchar lo que los pobres dicen a la Iglesia. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 1999. GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. La causa de los pobres, causa de Dios. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2015. RICHARD, Pablo. La fuerza espiritual de la Iglesia de los pobres. Departamento Ecuménico de Investigaciones DEI. San José de Costa Rica, 1987.

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