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Diciembre 5: Juan el Bautista

Lucas 3:1-6, domingo, diciembre 5 de 2021 Por: Luis Javier Palacio, SJ  Aunque Juan el Bautista es presentado de diferentes maneras en los cuatro evangelios, la nota general es que funciona como precursor del mesías, que para los cristianos es Jesús. Pero la relación no es tan directa, excepto quizás en el evangelio de Juan en donde el Bautista proclama a Jesús como “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Hay un cierto paralelismo en la manera de narrar los nacimientos del Bautista y Jesús (anuncio, perplejidad, profecía, suceso inesperado) en Matero y Lucas. En Mateo, trata el Bautista de impedir el bautismo de Jesús; en Lucas no se nos dice quién bautiza a Jesús; en Marcos, el bautismo es la ocasión para manifestarse al pueblo y en Juan no se menciona dicho bautismo. Lo esencial en el bautismo de Juan es la conversión y el perdón, su cuota inicial. Jesús en su ministerio concederá el perdón de los pecados con relativa facilidad, incluso sin que le pidan (caso del paralítico bajado en una camilla), pero llamará continuamente a la conversión, al igual que hace de ella el centro de la misión de los discípulos: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1:15). En general, lo que el Bautista predica es la llegada del fin de los días, del juicio inminente, mientras que Jesús proclama la llegada del reinado de Dios, sin sobre enfatizar el pecado. Las expectativas del Bautista se caracterizan por una cierta vaguedad, especialmente respecto a la identidad del que ha de venir. En el evangelio de Lucas se refleja tal vaguedad claramente: “ Llegando donde él aquellos hombres, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a decirte: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Lc 7:20). Para algunos comentaristas lo que el Bautista esperaba sería la llegada del mismo Yahvéh en medio de su pueblo. El llamado fundamental del Bautista era a la conversión, que la Vulgata tradujo por penitencia siempre (24 veces). Hoy traducen por arrepentimiento o conversión. Podríamos decir que el concepto de conversión varía con la llegada de Jesús. En el judaísmo, la conversión era básicamente dar el giro hacia una mayor fidelidad a Yahvéh que se traducía en fidelidad a la Toráh (sabiduría propia de Israel). La voluntad de Yahvéh se había congelado en la Toráh de una vez y para siempre. Pero desde Jesús, conversión es volverse hacia el único lugar donde Dios está vivo que es el ser humano. En vez de mirar arriba, al cielo, al Yahvéh trascendente, inefable, invisible, innombrable, volverse hacia abajo, hacia la tierra, al hombre (la viuda, el huérfano, el extranjero) concretos, con su nombre propio. Tocar a Cristo en las llagas del prójimo.
La gente del común que no tenía nada que perder y, por el contrario, todo que ganar, miraba con esperanza la llegada del reinado de Dios. Sería amenaza para los violentos (entre ellos los romanos), los injustos, los poderosos de la época. Sería el momento para derribar del trono a los poderosos y exaltar a los humildes. Los cuatro evangelios muestran que el Bautista declara públicamente y en términos fuertes su inferioridad respecto al mesías que viene. En el campo teológico habrá debates sobre si la conversión precede al perdón o es su pre-requisito indispensable. Pero la Declaración conjunta de católicos y luteranos sobre la justificación del 31 de octubre de 1999 dice que “ser cristiano es ser al mismo tiempo justo y pecador”. En palabras del teólogo Karl Rhaner, nos sentimos carentes tanto como pecadores que como santos. Nos toca recorrer siempre el camino de la conversión durante toda la vida. De ahí que el concepto de conversión judía, de hacerse judío un gentil, no resulta adecuado, como no lo resulta el cambiar de filiación religiosa, pues en cualquiera que se afilie el creyente tiene que recorrer el mismo camino de la conversión hasta la muerte: volverse permanentemente al Dios vivo.
Parece creíble históricamente que Jesús inicia su ministerio a la sombra del Bautista : “De nuevo se fue al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado primeramente bautizando, y se quedó allí. Acudieron a él muchos” (Jn 10:40). Si no dura mucho en esta actividad es porque las diferencias y rupturas con el Bautista también son evidentes. Juan bautizaba a judíos, que libremente lo buscaran y tenía la intención de “refundar” el pueblo mediante un nuevo y simbólico cruce por el Jordán. Probablemente bautizaba en el paso de Bet-Harem por donde la tradición sostenía que pasó Josué con las tribus luego de la muerte de Moisés. Jesús, en cambio, no espera que lo buscaran sino que va en busca del pecador, de la gente en sus actividades cotidianas. Hace con ellos misericordia y según testimonio del evangelio de Juan, no bautiza: “Los fariseos estaban enterados de que Jesús conseguía más discípulos que Juan y que los bautizaba, aunque en realidad no bautizaba Jesús mismo, sino sus discípulos” (Jn 4:2). Pero lo más importante es que el Bautista predicaba el bautismo y la conversión para escapar el juicio del “más fuerte” que vendría y Jesús predica la conversión porque el reino de Dios había llegado. El Bautista era pesimista con el ser humano y el juicio inminente; Jesús era optimista respecto a la conversión y lo que venía con ella. El Bautista sigue siendo, en este sentido, del Antiguo Testamento, mientras que Jesús inaugura el Nuevo. Así, se inscribe Jesús en la historia humana de un pueblo concreto, pero a la vez hace una ruptura con la mentalidad de su pueblo judío. No es fácil armonizar una “historia sagrada” que arranca en el Génesis, con una “historia de la salvación” que arranca con Jesús y menos con una “historia universal”. No hay sino una historia, proclamaba Karl Rahner. Podríamos decir, parodiando a Pablo, que la historia mata pero es el futuro (escatología) lo que da vida. La novedad de Jesús no es predecible ni deducible de ninguna historia y por eso acudimos a la categoría de “revelación”, algo a lo que no habríamos llegado con el mero desarrollo de la razón o de la evolución humana. Sin embargo, la encarnación supone que se asume la historia con todas sus consecuencias y que en la fe, como lo dice Pablo, todos arrancamos de cero. Ni el pueblo judío fue mejor con sus padres, jueces, reyes y profetas ni los pueblos vecinos fueron peores sin ellos, es el balance que hace Pablo. A todos nos toca recibir la salvación como gracia (don inmerecido) en el aquí y ahora (espacio y tiempo) en donde el Resucitado se nos revela. Esto era inconcebible en el judaísmo. Los datos históricos nos permiten identificar cómo se inserta Dios en el tiempo. El año 15 del reinado del emperador romano Tiberio. Entonces era Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes Antipas, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de Iturea y de la Traconítide, Lisanias tetrarca de Abilene.  Además de las autoridades civiles se indican también las religiosas: el sumo sacerdote en funciones, Caifás, junto al que gozaba de gran prestigio su suegro Anás, que le había precedido en el cargo. Así, se presentan las condiciones políticas y religiosas, el ambiente espiritual en que se inscribe el ministerio de Jesús. Palestina está bajo dominio extranjero. El soberano del país es el emperador Tiberio, del que los historiadores romanos trazaron –con razón o sin ella– el retrato de un soberano desconfiado, cruel, amigo del placer. El gobierno del procurador Poncio Pilato era, según el parecer de los judíos, inflexible y sin consideraciones; se le achaca venalidad, violencia, rapiña, malos tratos, vejaciones, continuadas ejecuciones sin sentencia judicial, intolerable y de una crueldad sin límites. Los soberanos de la casa de Herodes eran idumeos, soberanos por la gracia de Roma, lo que hoy diríamos ‘vendepatrias’. Se comprende que se suspire por el rey de la casa de David como Zacarías aguardaba la “liberación de las manos de todos los que nos odian” (Lc 1:71). A todas estas esperanzas dará Jesús un vuelco con un mesianismo bien distinto al esperado por los judíos.

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