El mandamiento principal

El mensaje del domingo

XXX Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A – Octubre 25 de 2026

Los fariseos se reunieron al saber que Jesús había hecho callar a los saduceos, y uno que era maestro de la ley, para tenderle una trampa, le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la Ley?” Jesús le dijo: “‘Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente’. Este es el más importante y el primero de los mandamientos. Pero hay un segundo, parecido a este: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo.’ En estos dos mandamientos se basan toda la ley y los profetas” (Mateo 22, 34-40).

 

1.- ¿Cuál es el mandamiento más importante?

Jesús acababa de hacer callar a unos saduceos, descendientes del sumo sacerdote Sadoq de la época del rey David, que le habían hecho una pregunta sobre la resurrección, en la que ellos no creían. Y ahora se dirigen a Él unos fariseos, “los separados” -que es lo que significa la palabra “farisim”-, que se aislaban de quienes consideraban pecadores para no contaminarse. A esta secta pertenecían los maestros de la Ley, enseñada por ellos como una carga insoportable de preceptos (613, de los cuales 248 positivos -órdenes de lo que se debe hacer- y 365 negativos -prohibiciones-). Lo que Jesús enseña, en cambio, es que la Ley de Dios consiste en rechazar la idolatría -no endiosando nada ni a nadie que no sea Dios mismo- y tratarnos entre nosotros como hijos de un mismo Creador.

Los diez mandamientos que constituyen el “decálogo” comienzan en el libro del Éxodo, dos capítulos antes de la primera lectura de hoy (Éxodo 22, 20-26) , con una introducción en la que Dios
dice quién es Él para los israelitas y lo que ha hecho por ellos: Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, donde eras esclavo. La puesta en práctica de esos mandamientos -los tres primeros
referidos directamente a Dios y los otros siete al prójimo- debía ser la forma de corresponder al amor de Dios en el marco de un pacto celebrado entre Él y su pueblo en tiempos de Moisés (siglo
XII a.C.). Tal es el sentido del Código de la Alianza, del cual hace parte la primera lectura y que es un desarrollo del decálogo.

 

2.- “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”

La respuesta de Jesús al maestro de la Ley comienza con esta cita del Deuteronomio, libro cuyo nombre griego que significa segunda promulgación de la Ley), y en el que aparecen de nuevo los
diez mandamientos con la misma introducción: Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de Egipto, donde eras esclavo” (Dt 5, 6-21). Jesús inicia su respuesta aludiendo a las dos primeras palabras en
hebreo de dos versículos del Deuteronomio (6, 4-5) –“Shemá Israel”-: “Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu
mente”. Los versículos siguientes dicen: “Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho y enséñalas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes. Lleva estos mandamientos atados en tus manos y en tu frente como señales, y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa”.

Los fariseos que rechazaban a Jesús y querían ponerle una trampa, llevaban físicamente atadas en sus manos y en su frente las filacterias, unos pequeñísimos rollos de papiro que simbolizaban la
Ley de Dios -en hebreo la Torá-, pero no realizaban la esencia de esa Ley, que consiste en que el amor a Él se muestre en el respeto y la compasión para con los prójimos.

 

3.- “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”

Cuando se le pregunta a Jesús cuál es el mandamiento principal, Él contesta siempre diciendo que es amar a Dios y al prójimo. Son dos preceptos inseparables, como las dos caras de una moneda, y ambos son enunciados con el imperativo griego “agapeseis” (ἀγαπήσεις), el cual se refiere al “ágape”, que es el amor en su sentido más pleno, el amor de benevolencia y entrega que supera y trasciende la relación de deseo (eros) y la de amistad (filía). Y “ágape” es precisamente la palabra que emplea el Nuevo Testamento al decir que “Dios es amor” (1ª Juan 4, 8.16).

En la segunda lectura de hoy (1ª Tesalonicenses 1,5c-10), el apóstol san Pablo evoca cómo los cristianos de Tesalónica “se convirtieron a Dios abandonado los ídolos”. Amar a Dios sobre todas
las cosas implica ciertamente rechazar la idolatría; pero el amor a Dios sólo puede verificarse definitivamente en el amor al prójimo. Por eso Jesús en su respuesta, además del precepto del
Deuteronomio que manda amar a Dios, cita otro texto bíblico: los levitas que colaboraban en el Templo y eran descendientes de Leví, uno de los doce hijos de Jacob, habían escrito en el siglo V a.
C. el libro Levítico, en el que Dios dice: amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18). Y concluye Jesús afirmando la unión inseparable entre el amor a Dios y el amor al prójimo: “En estos dos mandamientos se basan toda la Ley y los Profetas”.

El Papa Benedicto XVI en su primera Encíclica -Dios es amor- (año 2005), desarrolló tres ideas que constituyen lo novedoso del mensaje de Jesús sobre el amor al prójimo:

1º – El prójimo (próximo) no es sólo el de la misma nación o condición, sino todo ser humano, y ante todo el necesitado, como dice Jesús en su parábola del buen samaritano (Lucas10, 25-37).
2º – Amar al prójimo como a sí mismo corresponde a la llamada regla de oro expresada por Jesús: “traten a los demás como quieren que los demás los traten a ustedes” (Mateo 7,12).
3º – Reconocer el amor de Dios implica amar al prójimo como Dios mismo nos ha mostrado su amor al encarnarse haciéndose nuestro prójimo y dando su vida por todos (Juan 13,34; 15,12-13).

Y el Papa Francisco, en su Encíclica Fratelli tutti (Hermanos todos), del año 2020, (Capítulo VI, No. 222) escribió: “El individualismo consumista provoca mucho atropello. Los demás se convierten en meros obstáculos para la propia tranquilidad placentera. Entonces se los termina tratando como molestias y la agresividad crece. Esto se acentúa y llega a niveles exasperantes en épocas de crisis, en situaciones catastróficas, en momentos difíciles donde sale a plena luz el espíritu del ‘sálvese quien pueda’. Sin embargo, todavía es posible optar por el cultivo de la amabilidad. Hay personas que lo hacen y se convierten en estrellas en medio de la oscuridad”.

Dispongámonos pues a ser parte de esas estrellas realizando el mandamiento nuevo del amor dado por Jesús (Juan 13,34-35): “ámense unos a otros como yo los he amado”. E invocando la
intercesión de María santísima, digámosle al Señor, como reza la oración final de la Fratelli Tutti: “Dios nuestro, Trinidad de amor, desde la fuerza comunitaria de tu intimidad divina derrama en
nosotros el río del amor fraterno”.

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