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Enero 29: «Las Bienaventuranzas: el programa de Jesús»

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IV Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A – Enero 29 de 2023

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ
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En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: “Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos ustedes cuando los insulten, los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el cielo” (Mateo 5, 1-12).

Con este discurso comienza el llamado Sermón de la Montaña, situado gráficamente por el evangelista san Mateo en una colina cercana a Cafarnaúm, junto al lago de Galilea, hoy conocida como el “Monte de las Bienaventuranzas”. El texto completo del Sermón de la Montaña abarca los capítulos 5 al 7 del primer Evangelio y es un compendio de las enseñanzas de Jesús. Centremos nuestra reflexión sobre las lecturas de este domingo en tres ideas aplicables a nuestra vida cotidiana.

1. Dios quiere que seamos felices 

La mayor aspiración de todo ser humano es la felicidad. Dios nos ha creado para lograrla, pero por desgracia la historia muestra con frecuencia que el ser humano no la busca donde verdaderamente se encuentra. Por eso el profeta Sofonías (2, 3; 3, 12-13) dice en la primera lectura “busquen al Señor”, pues precisamente la auténtica felicidad sólo podemos hallarla en Dios.

La referencia que hace este profeta bíblico -como en general todos los demás del Antiguo Testamento- al “día de la ira del Señor”, es una forma de expresar la desgracia de quienes se alejan de Dios dejándose llevar por el ansia de riquezas, vanos honores y poder. Sólo quien reconoce humildemente a Dios como su creador y salvador, y cumple sus mandamientos, podrá alcanzar la felicidad verdadera. En este sentido, cuando también los profetas -entre ellos Sofonías- hablan del resto de Israel, se refieren a las personas que permanecen fieles a Dios sin dejarse contagiar por las ambiciones que arrastran a la idolatría y a la injusticia, y por eso podrán vivir sin sobresaltos, con la tranquilidad que da la paz interior.

2.- De los Diez Mandamientos a las Bienaventuranzas

Doce siglos antes Dios había promulgado por medio de Moisés los diez mandamientos en el monte Sinaí. Ahora Jesús propone una nueva ley que, sin negar el decálogo, va mucho más allá de un conjunto de preceptos y se centra ante todo en actitudes. En este sentido, Jesús no predica una moral de resignación pasiva, como se suelen interpretar erróneamente las Bienaventuranzas -como quien dice “suframos ahora porque en la otra vida seremos felices”-, sino que propone las actitudes requeridas para entrar en la dinámica del Reino de Dios, que es el Reino de la justicia, el amor y la paz. Estas actitudes son las mismas que Él manifestó en su vida terrena, de modo que tenerlas es identificarse con Cristo y su programa.

Por eso, cuando Él llama dichosos -es decir bienaventurados o felices- a los pobres en el espíritu, o sea a quienes ponen su confianza en Dios en lugar de dejarse esclavizar por el apego a lo material; cuando llama dichosos a los mansos o humildes y a los que lloran, o sea a quienes asumen las dificultades de la vida con paciencia y sin desesperarse; cuando llama dichosos a quienes anhelan la justicia y a quienes obran con misericordia –solidarizándose con los que sufren y dispuestos siempre a perdonar-; cuando llama dichosos a los limpios de corazón, o sea a quienes ven y tratan a las demás personas con intenciones rectas; cuando llama dichosos a quienes trabajan por la paz y a quienes están dispuestos a ser incomprendidos y perseguidos por practicar lo que es justo, no sólo se dirige a quienes lo escuchaban en aquél tiempo, sino también a todos y cada uno de nosotros aquí y ahora para plantearnos las actitudes que debemos tener y los retos que debemos afrontar si queremos ser sus seguidores, y para darnos, como a sus primeros discípulos, un mensaje de esperanza en medio de las dificultades.

3.- La lógica del “Reino de los Cielos”

El programa del “Reino de los Cielos” -o Reino de Dios- que Jesús propone desde el inicio de su predicación, va en contravía de los valores que proclama e impone la mentalidad propia de lo que podríamos llamar el reino de este mundo. Esto es precisamente lo que plantea san Pablo en la segunda lectura (1Cor 1, 26-31), cuando dice que Dios “ha escogido lo débil del mundo para confundir lo fuerte”.

Así, cuando Jesús comienza a formar lo que luego se convertiría en su Iglesia con la gente sencilla y humilde, es a ésta a la que se dirige en primer lugar para proclamar las “bienaventuranzas”. Estas son las preferencias de Jesús, y deben ser también las nuestras, si queremos de verdad ser sus seguidores y ser coherentes con la fe que profesamos.

Pidámosle pues al Señor que infunda en nosotros el Espíritu de las Bienaventuranzas, que es el mismo Espíritu Santo, de modo que sus enseñanzas no se queden para nosotros en teorías bonitas, sino que las llevemos a la práctica. Así sea.

 

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