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Enero 30: Fracaso en su tierra

Lucas 4:21-30, domingo, enero 30 de 2022 Por: Luis Javier Palacio, SJ  Jesús inicia su ministerio con la expresión utópica del profeta Isaías: «El Esp íritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4:18). La presentación de la misión de Juan el Bautista se hace igualmente basada en palabras de Isaías, pero en lo más amenazante de ella: « Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? (Lc 3:7). La respuesta de Juan es el bautismo en el Jordán, pero la respuesta a Jesús es más compleja y gira alrededor de la conversión. A pesar de todos sus sufrimientos y dificultades, el pueblo judío no perdía la esperanza de que algún día se hicieran realidad los nuevos cielos y la nueva tierra en el país que manaba leche y miel. Esperanza que ha caracterizado al pueblo judío a lo largo de su historia: testarudez, resiliencia, enseñanza, esperanza contra toda esperanza, sentido escatológico y muchos otros calificativos buenos y malos que se han predicado de tal actitud a lo largo de la historia y del pensamiento. Hoy, de alguna forma, con el resurgimiento del pensamiento escatológico, ha vuelto el debate y no solamente en la teología: el mundo no es aún lo que puede y debe ser, y la fe implica el compromiso para cambiarlo. Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret que lo que dice Isaías se ha cumplido y la gente lo aprueba. También dirá que el reinado de Dios ya está presente mientras la gente se enfrenta a una realidad diferente. ¿Cómo entender que el futuro está en el presente? No veían más que un hijo de José y con parientes conocidos en el pueblo. Serán, como en Marcos, los demonios los que vean a alguien diferente: « Sal ían también demonios de muchos, gritando y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él, conminaba y no les permitía hablar» (Lc 4:41). La paternidad de Yahvéh era de todo el pueblo y de ninguno en particular, según la creencia judía. En la cultura griega sí podían los muchos dioses del Olimpo tener hijos particulares. Serán la vida pública, la pasión y muerte de Jesús los que digan de qué manera Jesús era el hijo de Dios.
Al inicio de la vida pública, dice Lucas, que se tenía (putabatur, en latín) a Jesús como hijo de José, de donde sale su título de “padre putativo” (adoptivo). Los nazarenos[1] no comprendían la novedad de Jesús, cuestionan su profetismo, lo persiguen como a Elías y Eliseo, y pretenden despeñarlo desde la cima del monte. Es la suerte de los profetas: no ser escuchados y en cambio perseguidos, exiliados y muertos. Irónicamente en las tentaciones es el demonio quien pide a Jesús que se lance desde el pináculo del Templo pues Dios lo protegería. Pero ni se lanza libremente entonces ni ahora lo lanzan otros. Los profetas son voces discordantes con el medio pues miran la realidad de manera diferente, ven lo que otros no ven y expresan lo que la gente del común no percibe; no se rigen por los deseos de parientes ni oyentes. Son incómodos en todos los tiempos y lugares aunque indispensables tanto en el judaísmo como en el cristianismo. El refrán, seguramente corriente, « ningún profeta es bien recibido en su tierra» parece originarse en el hecho de que los profetas del reino del norte predicaron en el reino del sur y viceversa, pero no implica que sean bien recibidos en tierra ajena (no lo fueron los del Antiguo Testamento). Si, en general, la salvación era para Israel, los “nazarenos” esperarían que fuera para ellos aunque se excluyera a otros. Pero los ejemplos de Elías y Eliseo son todo lo contrario. La viuda de Sarepta y Naamán el sirio (sería el comandante del ejército enemigo) eran extranjeros que no merecerían la salvación. Jesús aparecerá haciendo signos similares al resucitar el hijo de una viuda y limpiar leprosos, entre ellos a un samaritano. Elías y Eliseo suministran ejemplos extremos de cómo los profetas no satisfacen los deseos de curaciones en la propia tierra. Aunque, como en otros comentarios se ha dicho, la función del profeta no era la de curandero. Demuestran, sin embargo, la libertad de Yahvéh así como la libertad de los profetas.
Jesús es rechazado en Nazaret y parece ser una ruptura permanente pues no hay indicaciones de que vuelva. Nazaret parece un fracaso comparado con Cafarnaúm aunque al final tampoco esta ciudad salga bien librada. « Y t ú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy» (Mt 11:23). Sodoma se había vuelto un mero símbolo pues evidentemente llevaba siglos destruida; pero la literatura religiosa, como la poesía, se da sus licencias. Los oyentes tientan a Jesús con dichos y proverbios a hacer prodigios como en Cafarnaúm, pero igual que en las tentaciones, Jesús los rechaza. El signo más significativo en los evangelios es la resurrección, algo que se da en Jesús y debe darse en el creyente, y que no depende de la pertenencia a un pueblo. En varios textos de la época, se expresa el deseo de que Yahvéh condene a las naciones perversas, vierta su ira y destrucción sobre ellas. Por el contrario, Jesús señala que los grandes profetas se compadecieron de extranjeros. En la cita que se hace de Isaías se omite la parte de las amenazas. Isaías, a pesar de ser un gran profeta y el más leído en las sinagogas, a veces tiene rasgos nacionalistas. Jesús no ha venido a infligir castigo a las naciones sino a expresar el perdón y la misericordia para ellas. A menos que los judíos abandonen sus sueños de victorias militares sobre sus enemigos, sufrirán la derrota ellos mismos en varios niveles –militar, político y teológico. Desligar la idea de Dios de lo político ha sido un desafío permanente para todas las religiones[2].
La tierra de Jesús lo rechaza porque es un compatriota y no acredita su pretensión de ser salvador enviado por Dios. Mucho más escándalo, incluidos “los doce”, suscitará su muerte; también en la comunidad primitiva que buscará muchas y variadas explicaciones. Pero los creyentes, ante la imposibilidad de una razonable explicación, no tendrán más remedio que sentir que encarnan la pasión de Jesús. También Pablo y Bernabé, siendo judíos, se enfrentan a su rechazo. Dicen a los judíos: «A vosotros teníamos que dirigir primero la palabra de Dios; pero en vista de que la rechazáis y no os juzgáis dignos de la vida eterna, nos dirigimos a los gentiles» (Act 13,46s). Dada la tradición que se había instaurado sobre los profetas, al mirar a Jesús como tal (o abrogarse él mismo tal título) lo que se espera es que se acredite con signos y milagros y no con las meras palabras de Isaías. Jesús no lo hace. Por esto se creen los nazarenos obligados a condenarlo y a lapidarlo como a blasfemo. El castigo por blasfemia se iniciaba de esta manera: el culpable era empujado por la espalda desde una altura por el primer testigo. La entera asamblea se constituye aquí en juez de Jesús, lo condena y quiere ejecutar inmediatamente la sentencia. Se anuncia ya el fracaso de Jesús en su pueblo. Es expulsado de la comunidad, condenado como blasfemo y entregado a la muerte. Si no se hace realidad es por esa idea, más clara en Juan, de que aún no ha llegado su hora. No morirá apedreado sino crucificado con un significado mayor y más trágico: condenado por las autoridades civiles, religiosas y el pueblo. Según Juan, muerto por amor (ágape), que sería la máxima expresión de lo que puede ser Dios. Algo que ninguna filosofía había contemplado: lo que era un fracaso humano se constituye en triunfo del amor de Dios.
 
[1] Hay discusiones entre los biblistas si nazareno significa el gentilicio o el que hacía voto de nazir. El texto evangélico no delimita con precisión la diferencia.
[2] Para el teólogo Juan Bautista Metz, la palabra Dios ya es una palabra política, asociada a las organizaciones sociales en todos los pueblos.

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