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Febrero 19: «Sean perfectos, como su padre del cielo es perfecto»

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VII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo A – Febrero 19 de 2023

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ
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En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:”Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente” Pero yo les digo: “No resistas al que te haga algún mal; al contrario, si alguien te pega en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te demanda y te quiere quitar la camisa, déjale que se lleve también tu capa. Si te obligan a llevar carga una milla, llévala dos. A cualquiera que te pida algo, dáselo; y no le vuelvas la espalda al que te pida prestado”. También han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo.” Pero yo les digo: “Amen a sus enemigos, y oren por quienes los persiguen. Así ustedes serán hijos de su Padre que está en el cielo; pues él hace que su sol salga sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Porque si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué premio recibirán? Hasta los publicanos se portan así. Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los paganos se portan así. Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto”. (Mateo 5, 38-48).

En esta continuación del Sermón de la Montaña, Jesús nos invita a amar a quienes nos han ofendido. Reflexionemos sobre el sentido de esta invitación, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de este domingo (Levítico 19, 1-2.7-8; Salmo 103 [102]; 1ª Corintios 13,16-23).

1.- Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente” …

La frase ojo por ojo y diente por diente expresaba la llamada Ley del Talión -palabra que significa igual o semejante-. Esta ley establecía un principio de proporcionalidad: a tal ofensa le corresponde tal reacción o castigo equivalente. De ahí el concepto de la retaliación. La Ley del Talión, enunciada en el Código de Hammurabi, legislador caldeo y sexto rey de Babilonia, fallecido en el año 1750 AC, constituyó una limitación a la venganza desmesurada.

Esta ley aparece en varios libros del Antiguo Testamento: Éxodo (21,23-25): vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe; Levítico (24,17-20): El que le quite la vida a otra persona, será condenado a muerte. El que mate una cabeza de ganado, tendrá que reponerla: animal por animal. El que cause daño a alguno de su pueblo, tendrá que sufrir el mismo daño que hizo: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; tendrá que sufrir en carne propia el mismo daño que haya causado); y Deuteronomio (19,21): cobren vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie.

Pero Jesús va más allá al proponer una conducta que supere toda forma de venganza, en contra de la espiral de la violencia que se produce cuando se devuelve mal por mal y sólo puede parar mediante un comportamiento que se identifique con el de Dios, de quien dice el Salmo responsorial de este domingo: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas [Salmo 103 (102), 8-10].

2.- También han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo” …

En la tradición judaica, prójimos eran las personas cercanas o próximas, las de la misma raza, la misma cultura, la misma religión, la misma nacionalidad. Así, la frase amarás a tu prójimo como a ti mismo, que encontramos en la primera lectura, se limitaba a la relación entre los judíos. Los extranjeros eran excluidos de ese amor, y aunque en los libros de la Ley judaica o “Torah” de la Biblia no estaba escrito formalmente como una norma odiar al enemigo, sin embargo, en el Salmo 109 [108], el perseguido maldice a quien lo persigue y le desea toda suerte de males.

Por eso, es preciso tener en cuenta una evolución bíblica en la forma de entender el amor al “prójimo”, y es con la predicación y el ejemplo de Jesús cuando este entendimiento llega a su plenitud: los “prójimos” son todos los seres humanos, sin exclusiones. Y esto lo dice Jesús no sólo en su predicación sino también acercándose a todas las personas sin discriminaciones, mostrando su compasión por los pecadores, e incluso pidiendo perdón a su Padre por quienes lo han torturado y clavado en la cruz.

3.- Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto

En la primera lectura (Levítico 19, 1-2; 17-18) Dios exhorta a la santidad: Sean santos, porque yo, el Señor, su Dios, soy santo. El Concilio Vaticano II (iniciado por el papa san Juan XXIII en 1962 y concluido por el papa san Pablo VI en 1965) dice en su Constitución sobre la Iglesia: Todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado (…), son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre (Constitución Lumen Gentium -LG- 11, c). (…) El Divino Maestro y modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida (…): “Sean pues ustedes perfectos como su Padre celestial es perfecto” (LG 40, a).

Pero ¿en qué consiste la verdadera santidad, la auténtica perfección? No en el cumplimiento riguroso de unos ritos de purificación, como lo enseñaban los doctores de la ley que se oponían a Jesús, sino en la misericordia, sin discriminaciones ni exclusiones. En el Evangelio según san Lucas (6, 36), en el mismo contexto de su exhortación a amar a los enemigos, Jesús culmina su predicación diciendo: “sean pues ustedes misericordiosos como Dios es misericordioso”. Esta es la clave para entender a qué tipo de perfección invita Jesús: a la de Dios, que se muestra precisamente en su misericordia. Esta invitación se opone a los criterios de una falsa sabiduría, que incluye el arte de saber vengarse del enemigo. Por eso san Pablo dice en la segunda lectura que la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios.

Pidámosle entonces al Señor, invocando para ello la intercesión de María santísima, que nos disponga a identificarnos cada día más y mejor con Él, que con el ejemplo de su propia vida nos reveló al Dios verdadero, que no es un vengador implacable, sino un Padre infinitamente compasivo y misericordioso, de modo que llevemos a la práctica lo que decimos en la oración que Él mismo nos enseñó: perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Y preparémonos para iniciar la Cuaresma el próximo 22 de febrero, Miércoles de Ceniza

Preguntas para la reflexión:

  1. ¿Cómo percibo en la realidad social de la que formo parte el fenómeno de la “retaliación”? ¿cómo me interpela la Palabra de Dios a este respecto en mi comportamiento cotidiano?
  2. ¿Cómo percibo en la situación actual de mi país el tema del perdón y la reconciliación con respecto a la necesidad de desarmar los espíritus y disponernos a un diálogo que permita acabar con la espiral de la violencia? ¿cómo me interpela a mí la Palabra de Dios a este respecto?
  3. ¿En qué consiste la perfección, y en este sentido la santidad a la que Jesús nos invita? ¿Cómo me interpela esta invitación de Jesús en mi vida cotidiana?

 

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