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Julio 10: El Buen Samaritano

Lucas 10:25-37, domingo, julio 10 de 2022 Por: Luis Javier Palacio, SJ  La parábola del Buen Samaritano, exclusiva de Lucas, tiene una elaboración tan refinada que indudablemente no puede corresponder a una parábola original. Las originales son cortas, son comparaciones introducidas con “el reinado de Dios es como”, o “el reinado de Dios se parece”; elemento que falta en la parábola de hoy. Sin embargo, el Buen Samaritano puede bien ser la fuente de una antropología teológica, es decir, de la concepción que Dios tiene del hombre[1]. Cuando Jesús quiere hacer ver lo que es el ser humano cabal cuenta la parábola del buen samaritano. Va más allá de la curiosidad por saber cuál es el mayor de los mandamientos. Se trata de enseñarnos en una parábola lo que es el ser humano. Dicho ser humano cabal es aquel que vio a un herido en el camino, reaccionó y le ayudó en todo lo que pudo. Nos dice que el Buen Samaritano al ver al asaltado en el camino «sintió misericordia» (una traducción literal sería: se le hincharon las entrañas) y actuó en consecuencia.
Los términos que utilizan los concilios para “persona” (hipostasis y prósopon, en griego) nada tienen que ver con la antropología hebrea ni con la del Nuevo Testamento. Persona se utilizó para definir la Trinidad: una naturaleza en tres personas y dos naturalezas en una persona para Jesucristo. La categoría “prójimo” no es algo que pueda aplicarse a otro sino un tipo de relación que surge de quien la aplica como agente moral cuando se mueve a “aprojimar” al otro. En otras palabras, prójimo es una relación con implicaciones morales o éticas a la manera de la relación trinitaria entre Padre, Hijo y Espíritu. Si Jesús es la persona auténtica lo es porque es capaz de “hacerse prójimo” de todo el que encuentra, especialmente el pobre, el enfermo, el marginado.
El Samaritano irónicamente era tenido casi por gentil, pues la región de Samaría, luego de la invasión del rey Sargón, tenía estaba conformada por una mezcla étnica, con su propio credo religioso y su propio centro de culto en el monte Garizim. Pertenecer a un grupo determinado suministra buena parte de la identidad y concepción que se tenga de sí mismo. Pero Jesús muestra que estos estereotipos pueden romperse mediante la conversión. En cambio el sacerdote y el levita actúan en consonancia con sus creencias o con su oficio. Si había sangre en el asaltado, no podían tocarlo pues quedaban impuros; si el asaltado estaba muerto, tocarían un cadáver que los dejaba igualmente impuros. El Buen Samaritano es presentado por Jesús como ejemplo consumado de quien cumple con el amor oblativo (ágape): No socorre al herido por cumplir un mandamiento sino por misericordia, que consiste en echarse encima la necesidad ajena; en sentir como propio el dolor ajeno.
El odio entre los judíos y los samaritanos ha continuado por siglos y de alguna forma se refleja hoy trágicamente en el conflicto entre Israel y Palestina. Ambos se proclaman los verdaderos herederos de las promesas de Abrahán y Moisés. Ambos en consecuencia se consideran a sí mismos como los poseedores del derecho a la tierra. Aún hoy en día un viaje directo de Galilea a Jerusalén implica riesgo de violencia. El mismo Jesús sigue una ruta indirecta a través del valle del Jordán hasta Jericó. «E nv ió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque ten ía intención de ir a Jerusalén.» (Lc 9:52-53)
La pregunta del doctor de la ley no concuerda con la respuesta de Jesús. El doctor de la ley buscaba una definición de prójimo que le permitiera diferenciar claramente quien lo era y quien no lo era. Para él, Dios era el Dios de Israel y prójimo era otro judío. Para Jesús (y para Lucas) el Dios de Israel es el Dios de la gracia para todos y cualquier ser humano necesitado puede ser prójimo. Al final no pregunta Jesús a quien juzgaba el Samaritano que fuera su prójimo sino «¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Al comienzo de la parábola se nos dice de una forma genérica: un ser humano (anthropos) bajaba de Jerusalén a Jericó. No se especifica si es judío o gentil, hombre o mujer, joven o viejo, rico o pobre, etc. Bajo la lección moral directa «v ete y haz tú lo mismo» hay  un desafío aún mayor. ¿Puedes reconocer a un odiado samaritano como tu prójimo? Si no puedes, quizás lo dejes abandonado a tu suerte hasta morir.
Lo que estaba en juego entonces y lo está ahora es la pregunta sobre si aprovechamos la revelación divina y la gracia para alimentar nuestra seguridad y pureza de manera individualista o si las recibimos como un desafío y llamado para extender este amor oblativo y esta gracia al mundo entero. San Ireneo de Lyon decía que Dios da su gracia siempre como tarea. Aunque muchas asociaciones de ayuda a los pobres y desamparados se inspiran en esta parábola del Buen Samaritano, ninguna iglesia y ningún cristiano puede sentirse satisfecho con la situación del mundo actual. Algunos autores hablan del odio cultural al pobre (aporofobia, en griego).
El contraste entre los salteadores y el Samaritano es evidente: Los salteadores a) toman su dinero; b) lo golpean; y, c) lo dejan medio muerto (y no regresarán). El Samaritano: a) gasta su propio dinero para curarlo; b) cuida al herido; y c) deja quien lo cuide y promete volver. En un estilo bastante popular, esta parábola ofrece profundas enseñanzas morales, antropológicas y teológicas. La pregunta inicial del doctor de la ley: « ¿Que he de hacer para tener en herencia vida eterna?» resulta retórica pues quienes heredan son los que prescribe la ley. En el Antiguo Testamento la idea de herencia se aplicó de manera especial a los privilegios de Israel sobre la tierra prometida. Esta herencia es entendida como un regalo de Dios sin que Israel haga nada para merecerlo. Aunque es una visión teológica de la conquista de la tierra que incluyo luchas y guerras, la idea teológica era que Israel no conquistó la tierra por sus propios triunfos sino que por liberalidad de Dios quien dio a Israel la tierra como su porción.  Es decir, que Israel posee la tierra por disposición divina (como lo piensan igualmente los palestinos). Poseer la tierra se volvió sinónimo de participación en el mundo venidero. « Todos los de tu pueblo ser án justos, para siempre heredarán la tierra; retoño de mis plantaciones, obra de mis manos para manifestar mi gloria.» (Is 60:21) La herencia es la vida eterna y la manera de alcanzarla es guardando la ley. Quien practica la Toráh tiene vida en este mundo y en el mundo venidero. El pecador, en cambio, hereda el sheol.
El Buen Samaritano hace siete acciones en bien del herido: se acerco; vendó sus heridas; derramó aceite; derramó vino; lo montó sobre su cabalgadura; lo condujo al mesón y cuidó de él. La parábola misma es un drama en siete escenas. Las escenas son: los salteadores, el sacerdote, el levita, el samaritano, primeros auxilios, transporte a la posada (como ambulancia), pago final. Las explicaciones de los primeros siglos identifican consistentemente al Buen Samaritano con Jesús. El mismo evangelio de Juan muestra que lo llaman samaritano como ofensa: « Los jud íos le respondieron: ¿No decimos, con razón, que eres samaritano y que tienes un demonio?» (Jn 8:48). Jesús está cerca físicamente del doctor de la ley; de pie, al frente y encarnado aunque desconocido bajo la forma de alguien a quien el doctor de la ley cree que debe odiar. Al creyente le toca ser Samaritano, de manera que otros encuentren en el creyente el rostro de Jesús; a Dios que toca el sufrimiento humano.
 
[1] Toda la Biblia, en general, está más interesada en el hombre que en Dios mismo; es una antropología teológica. Dime qué idea tienes de Dios y te diré qué idea tienes del hombre y viceversa.

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