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Julio 25: El triunfo del compartir

Juan 6:1-15, domingo, julio 25 de 2021 Por: Luis Javier Palacio, SJ  Las reparticiones de panes y peces parecen tener tanto valor para los creyentes que son narradas seis veces en los cuatro evangelios (Mc 6:35-44, Mc 8:1-9, Lc 9:12-17, Mt 14:13-21, Mt 15:32-38, Jn 6:5-13). En Marcos aparece una repartición de panes a los judíos y otra a los gentiles. Titularla “multiplicación”, que parece venir de una simple lectura matemática (cinco para cinco mil) atribuida a santo Tomás de Aquino[1], oscurece un sentido más profundo de los relatos. Más acertado hubiera sido titular el relato: división de panes, reparto de panes, distribución de panes, pues el lenguaje de Jesús (dar, partir, repartir, servir, dividir) contrasta con el de los discípulos de queja por el poco dinero, las pocas provisiones, despedir y comprar. Ninguno de los 6 relatos habla de multiplicar y en cambio habla de bendecir, partir y repartir. Juan empieza hablando de “multitud” para decantarse por cinco mil. Contrasta con la escasez de cinco panes de cebada y dos peces. Igualmente, la escasez del dinero de doscientos denarios. Las seis reparticiones de panes enseñan lo profundo y comprometedor: “Si compartimos lo que tenemos alcanza para todos y sobra”. Como decía Pedro Arrupe en el Congreso Eucarístico de Filadelfia (1976): “Mientras haya hambre en el mundo nuestra Eucaristía es incompleta”. Algo que escasamente hemos logrado en este mundo. Si Jesús reparte el pan, los creyentes han de hacer lo mismo. En la última cena con un pan comen todos, como era la costumbre judía de Pascua y la celebración del Sábado (Shabbath). 
Literariamente las reparticiones no siguen un esquema de relato de milagro. No hay petición de la gente: ¡Jesús, ten misericordia!; no hay expresiones como ¡tu fe te ha salvado!, ¡vete en paz!, ¡que se haga como esperas!, etc. Tampoco formalmente tienen las reparticiones de panes esquema de “milagro”: a) no hay un individuo sufriendo sino un colectivo; b) la adversidad no es física (enfermedad) ni síquica (poseso), sino algo que afecta colectivamente (pecado estructural o social del hambre); c) no hay alguien que demande remedio a una adversidad y por el contrario no hay más que resignación; d) las palabras de Jesús no van más allá de las del padre de familia cuando se sienta a la mesa y da las gracias. En la Pascua judía se pedía dejar la puerta abierta e invitar diciendo: “Quien tenga hambre que entre y coma”; d) si en los relatos de “milagros” es común la aclamación y el reconocimiento, en el de hoy huye Jesús de quienes quieren hacerlo rey. En Marcos, que consigna los relatos más antiguos al respecto, Jesús recrimina a los discípulos porque tienen la mente cerrada, no oyen, no entienden el asunto del pan. Si fuera un acto de taumaturgo no cabrían tales reproches. En los milagros la gente queda perpleja, pasmada o enmudecida, algo que no aparece en el relato de hoy. La repartición de panes y peces no incluye fórmulas crípticas (¡talita-qumi!, ¡effeta!) o ritos extraños. Solamente la fórmula familiar de compartir el pan en la mesa. No hay invocación explícita de Dios para que haga algo extraño (como los signos pedidos por los escribas y negados por Jesús). En el caso de hoy califican a Jesús de profeta con la desfiguración cultural que tal imagen tenía en la época. El profeta no hace milagro ninguno (los de Elías y Eliseo son leyendas populares) sino que invita a la conversión.
Los discípulos no perciben el valor del compartir. Que la gente vaya a la aldea y compre; que sean despedidos; que Felipe no tiene más de 200 denarios; que es mucha la gente. No ven sino objeciones. Jesús, en cambio, busca soluciones creativas: denles ustedes de comer; manden que se acomoden; repartan a las multitudes. Las lecturas racionalistas nos sugieren nuevas interpretaciones: bien Jesús pidió que compartieran dentro de sus grupos; bien dichas personas al ver cómo Jesús y sus discípulos repartían su comida, comenzaron por propia iniciativa a abrir sus cestas y a repartir el contenido de las mismas; bien los números son meros adjetivos y, como en Pascua, de un pan comieron todos. El título de “multiplicación de los panes” busca más el efecto brillante de la acción del mago o taumaturgo que el reflejo de la enseñanza del compartir. El “milagro” que en los evangelios para Jesús no es sino uno y es su resurrección, para el creyente es igualmente uno y es su conversión.Volverse al único lugar en donde Dios está vivo: el ser humano. El “milagro” consistió en que tantas personas dejaran de pronto de sentirse propietarias de su comida y comenzaran a repartirla, descubriendo que había mucho más que suficiente para dar de comer a todos. En palabras del Mahatma Gandhi: “Esta tierra produce lo suficiente para que todos los seres vivan modestamente, pero nunca producirá lo suficiente para unos pocos ambiciosos”. El “milagro” es lograr que el hombre abra la mano en vez de cerrarla como parece diseñada para hacerlo. 
Quizás la primera comunidad cristiana de Jerusalén quiso hacer realidad este relato: “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común” (Hc 2:44). No es otra la enseñanza que encuentra Pablo en la Eucaristía, en la carta a los corintios. Este hecho sucede en un monte, símbolo desde Moisés de una nueva ley ética, de comportamiento con el prójimo. Sin ella el pueblo será siempre como ovejas sin pastor que las guíe a pastos verdes. La repartición de panes es la contracultura de la sociedad de consumo. La ciencia nos ha dado la capacidad de multiplicarlo todo y la tecnología lo ha puesto a nuestro alcance. Pero cada día hay más y mejores alimentos y simultáneamente más hambrientos. En aquellos tiempos también había hambrientos. Herodes acaparaba tierras, quizás toda Galilea. El relato de los panes expresa de modo gráfico el contenido de la enseñanza de Jesús, resume sus discursos, ilustra las Bienaventuranzas. Es una enseñanza escenificada, cuya puesta en práctica resultaría en el más esperado “milagro”: que todo sea para todos. Que no sea el que cada uno se busque la vida por su cuenta (como sería disolver la multitud) ni en tener dinero para comprar (ficción de la economía: ¡el que tenga plata que entre y coma!), ni multiplicar el pan (como en la revolución verde que destruyó el planeta). El teólogo Jon Sobrino lo expresaba: “Debemos vivir simplemente para que otros simplemente vivan”. El verdadero milagro que debemos hacer nosotros, sigue pendiente: aprender a compartir. Son las masas inmensas de pobres de la tierra, los marginados en todos los países y sus economías, quienes nos enseñan cómo hacer realidad la repartición de panes, la verdadera Eucaristía. “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda” riñe con las leyes del mercado que prefiere destruir los excedentes para que los precios no se bajen. Jesús no pidió a Dios que le ayudase a multiplicar los panes, sino que invitó a sus discípulos a compartirlos. Difícil enseñanza que nuestra sociedad de consumo no está dispuesta a poner en práctica para resolver las inmensas carencias y los grandes desequilibrios de nuestro mundo. Ningún rey del pan resolverá el problema; lo logra la mano generosa que se abre, los voluntarios que dan su vida, los que ponen sus carismas al servicio de todos, los que arriesgan su vida y su prestigio al lado de los pobres. En frase de Nicolás Berdiaeff: “El hambre mía es un problema material, pero el hambre de mi prójimo es un problema espiritual, porque es un problema de solidaridad”. Seguimos a la espera de que triunfe el compartir, y no solamente del pan, para que este mundo se parezca un poco más al reinado de Dios deseado. Fue lo que enfatizaron los primeros padres de la Iglesia.
 
[1] Santo Tomás no mira la misericordia en los relatos sino el poder de Dios sobre la naturaleza. Los milagros serían para mostrar que Jesús es Dios (apologéticos). Louis Évely, escritor de espiritualidad, opina: “Nuestros padres creyeron por los milagros, a nosotros nos toca creer a pesar de ellos”.

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