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Julio 4: … Y no tenían fe en él

XIV Domingo del Tiempo Ordinario 
Ciclo B – Julio 4 de 2021 Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ En aquel tiempo Jesús fue de Cafarnaúm a su propia tierra, y sus discípulos fueron con él. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. Y muchos oyeron a Jesús, y se preguntaron admirados: “¿Dónde aprendió éste tantas cosas? ¿De dónde ha sacado esa sabiduría y los milagros que hace? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no viven sus hermanas también aquí, entre nosotros?” Y no tenían fe en él. Pero Jesús les dijo: – En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra, entre sus parientes y en su propia casa. No pudo hacer allí ningún milagro, aparte de poner las manos sobre unos pocos enfermos y sanarlos. Y estaba asombrado porque aquella gente no creía en él. Jesús recorría las aldeas cercanas, enseñando. (Marcos 6, 1-6). 
 
1. Los prejuicios impiden conocer la verdad de las personas 
Esta es la primera enseñanza que nos trae el relato del Evangelio de hoy. Para sus paisanos Jesús no podía ser más que el carpintero (el hijo del carpintero o de José, como dicen los textos paralelos de Mateo 13, 53-58 y Lucas 4, 16-30), y el hijo de María la humilde campesina. También hoy son muy frecuentes los rótulos con los que se cataloga a las personas con base en prejuicios que suelen ser signos de ignorancia e impiden un conocimiento real del prójimo. 
Por otra parte, la referencia a los hermanos es objeto de polémica. Los protestantes en su mayoría afirman que Jesús tuvo hermanos nacidos de ella y José. Para los cristianos ortodoxos el término corresponde a hijos e hijas de un matrimonio anterior de José, que anteriormente era viudo. Para la Iglesia Católica, que proclama la virginidad de María antes, en y después del parto, el término hermanos (en griego adelfoi) debe entenderse como parientes, pues en arameo, la lengua en la que predicaron inicialmente los apóstoles y a partir de la cual fueron escritas las versiones en griego, la palabra “ah” designa en general a los familiares -hermanos, primos, tíos, sobrinos-, como se describe por ejemplo en el libro del Génesis (12,5 y 13,8) la relación entre Abraham y sobrino Lot, que se reconocen como “hermanos”. Pero más allá de esta polémica, lo que dice el Evangelio es que los coterráneos se resistían a creer en Jesús porque lo habían visto crecer en una familia pobre y humilde. 
La frase de Jesús sobre sí mismo dio origen al refrán “nadie es profeta en su tierra”. El término griego profeta, que originalmente significa el que anuncia con anticipación, corresponde al hebreo nabí, que quiere decir inspirado. La Biblia lo aplica a quien, enviado e inspirado por Dios, es capaz tanto de interpretar el sentido trascendente de los hechos cotidianos, como de predecir acontecimientos futuros. Con esto último se suele relacionar comúnmente el término, pero su significado es ante todo el primero: profeta es el inspirado por Dios para hablar y actuar en su nombre, como en el siglo VI AC lo fue por ejemplo Ezequiel, cuya vocación se narra en la primera lectura (Ezequiel 2, 2-5). 
 
2. No es posible experimentar la acción sanadora y salvadora de Jesús sin una actitud de fe 
Este es el mensaje central del relato que nos trae hoy el Evangelio de Marcos. Otro Evangelio, el de Juan, también se refiere al rechazo del mensaje de Jesús por parte de sus coterráneos en un contexto más amplio que el de Nazaret: el de quienes decían creer en el Dios verdadero y no acogieron su Palabra hecha carne en la persona de su Hijo: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Juan 1,11). Sin embargo, continúa diciendo Juan: “Pero a quienes lo recibieron y creyeron en Él, les dio el privilegio de llegar a ser hijos de Dios” (1,12). Estos últimos son los que, paradójicamente, experimentan los milagros de sanación a los que se refiere el Evangelio de hoy: “No pudo hacer allí ningún milagro, aparte de poner las manos sobre unos pocos enfermos y sanarlos”. 
“¿De dónde ha sacado esa sabiduría?”, se preguntaban los paisanos de Jesús. También hoy persiste la cuestión sobre qué formación tuvo Él durante su infancia y juventud. A juzgar por los relatos bíblicos en los evangelios de Mateo y Lucas, después de su nacimiento en Belén, su presentación en el Templo de Jerusalén y la huida a Egipto, en donde estuvo la sagrada familia poco tiempo, Jesús no parece haber salido de Nazaret antes de los treinta años, excepto cuando fue con sus padres al Templo una vez cumplidos los doce. Sin embargo, no faltan quienes intentan probar, no sólo que fue instruido en la comunidad de los Esenios, establecida en el desierto de Judea y en la que se dice que fue instruido Juan el Bautista, sino que incluso estuvo en la India, donde aprendió las doctrinas hindúes y budistas. Todas éstas son especulaciones. Lo que sí podemos suponer es que tuvo una sólida formación y conocía perfectamente los contenidos religiosos del judaísmo. 
Pero lo que escapa a quienes se encierran en parámetros meramente humanos, es que en Jesús actuaba el Espíritu Santo, lo que no supieron reconocer no sólo sus paisanos de Nazaret, sino sus coterráneos del resto de Galilea, y de Jerusalén en Judea. Incluso sus discípulos, y hasta su propia madre, la Virgen María, sólo pudieron comprender plenamente el sentido de la vida y las enseñanzas de Jesús gracias al don de la fe pascual y la iluminación de Pentecostés. También nosotros podemos reconocer su acción sanadora y salvadora, pero sólo mediante el don de esa misma fe. 
 
3. La fe supone la humildad: sólo recibimos la fuerza de Cristo si reconocemos nuestra debilidad 
“Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo”, dice san Pablo en la segunda lectura (2ª Corintios 12, 7b-10), refiriéndose a lo que él llama una espina clavada en su carne, entendida la “carne” como la condición material humana. No especifica cuál es esa “espina”; podría tratarse de un problema de su propia realidad personal, con el que tuvo que enfrentarse durante su vida. Pero lo que sí indica él, es que esa debilidad lo lleva a reconocer humildemente la necesidad de la fuerza sanadora y salvadora del Señor, que le dice interiormente: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad”. 
Todos tenemos limitaciones propias de nuestra debilidad humana. Lo primero que debemos hacer es reconocerlas humildemente, pero no para destruir nuestra autoestima ni dejar de esforzarnos por mejorar, sino para poner toda nuestra confianza en el amor y la gracia del Señor. San Ignacio de Loyola culmina sus Ejercicios Espirituales [234] precisamente con una invitación a que reconozcamos y le pidamos a Dios, después de entregarle todo cuanto somos y tenemos -o de retornárselo, porque todo es don suyo-, lo que en realidad necesitamos: su amor y su gracia. Para que así sea, invoquemos la intercesión de María Santísima, a quien se refiere el Evangelio como la madre de Jesús, pero que también es madre nuestra porque todos los bautizados formamos el “cuerpo místico” de Cristo. Y digamos con san Ignacio: Toma Señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer: Tú me lo diste, a Ti Señor lo torno; todo es tuyo, dispón a toda tu voluntad; dame tu amor y tu gracia, que ésta me basta. Amén. 

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