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Junio 04: «Padre – Hijo – Espíritu Santo»

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La Santísima Trinidad

Ciclo A – Junio 04 de 2023

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ
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1ª Lectura (Éxodo 34, 4b-6.8-9): En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él, proclamando: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. Y le dijo: “Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya”.

2ª Lectura (2 Corintios 13, 11-13): Alégrense, enmiéndense, anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes. Salúdense con el beso ritual. Los saludan todos los santos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes.

Evangelio (Juan 3, 8.16-18): Dijo Jesús a Nicodemo: El viento sopla por donde quiere, y aunque oyes su ruido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son también todos los que nacen del Espíritu (…). Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. 

1.  El misterio de la Santísima Trinidad: Un solo Dios, pero no solitario

Cuenta el filósofo y teólogo san Agustín de Hipona (354-430 d.C.) que en cierta ocasión caminaba por la playa meditando sobre la Trinidad divina, y vio a un niño en la orilla que intentaba vaciar toda el agua del mar en la concha de un caracol. Esta experiencia le sirvió para comprender que la mente humana, por más esfuerzos que haga, es incapaz de abarcar la infinitud del misterio de Dios.

El lenguaje bíblico, al intentar describir a Dios -no definirlo, pues el Infinito es indefinible-, emplea una palabra que corresponde a lo que mejor puede caracterizar la experiencia humana de la divinidad y es el Amor (1ª Juan 4,8.16). Ahora bien, si Dios es Amor es plural, pues el amor supone alguien que ama (“Padre”), alguien amado y que le corresponde amando (“Hijo”), y la relación de amor entre ambos (“Espíritu Santo”).

Este es el sentido del misterio de la Trinidad divina: un solo Dios que es pluralidad de personas en perfecta unidad o com-unidad de amor. Es así como Dios Padre creador se nos revela en la obra salvadora de su Hijo Jesucristo, su Palabra hecha carne, y en la acción del Espíritu Santo que nos hace posible reconocer el amor que es Dios mismo: un amor infinitamente misericordioso, experimentado por Moisés (1ª Lectura) y manifestado por Jesús (Evangelio). Así y todo, la Uni-Trini-dad de Dios es un misterio, o sea una realidad sobrenatural que sobrepasa la razón humana.

2.  Los símbolos de la Santísima Trinidad

Por eso recurrimos a imágenes, símbolos o figuras poéticas para intentar expresar la realidad divina. Se suele interpretar como una referencia a la Trinidad la forma en que habla Dios (Elohim, plural del término hebreo Él, que significa Dios): “Hagamos al hombre -al ser humano- a nuestra imagen y semejanza” (Gn 1, 26-27). Y el relato de la aparición de Dios a Abraham junto a las encinas de Mambré también suele interpretarse como una manifestación de la Trinidad, en la figura de tres personajes (Gn 18, 1-3).

Además, la iconografía cristiana emplea muchos símbolos que intentan expresar la realidad de Dios uno y trino, aunque todos se quedan cortos. Uno es el sol, que en sí mismo es fuego, luz y calor; otro es el agua, que existe en tres estados: sólido, líquido y gaseoso; otros son por ejemplo el triángulo, la flor de lis (lirio) y el trébol. Se cuenta que san Patricio (387-461 d.C.) señalaba los tres componentes de la hoja del trébol para invitar a sus oyentes a la comprensión del sentido de la fe cristiana, distinta de las creencias politeístas porque no es la fe en varios dioses, sino en uno solo Dios cuyo ser opera y se manifiesta trinitariamente. Y san Ignacio de Loyola (1492-1556 d.C.) relata que un día, mientras le rezaba a la Virgen María en el monasterio de Montserrat, “se le empezó a elevar el entendimiento, como que veía la santísima Trinidad en figura de tres teclas” (Autobiografía, 28), una sugestiva imagen de la armonía del ser uni-trino de Dios

3.  La fe en la Trinidad nos mueve a la esperanza en Dios Amor y a la realización de lo que significa

El apóstol san Pablo, como se indica en la segunda lectura, solía saludar y despedir a los destinatarios de sus cartas invocando a la Santísima Trinidad: La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios (Padre) y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes. Este es el origen del saludo con el que quien preside la Eucaristía, después de santiguarse toda asamblea con la señal de la santa cruz invocando el nombre del Dios uno y trino, suele iniciar la celebración del sacramento del amor infinito de Aquél a quien en el himno trinitario del Gloria alabamos, bendecimos, adoramos, glorificamos y le damos gracias.

También en la Eucaristía, la oración inicial dirigida Dios Padre termina invocando la mediación de Jesucristo, su Hijo, que vive y reina con Él en la unidad del Espíritu Santo. En el Credo expresamos nuestra fe en la Santísima Trinidad reconociendo su acción creadora, salvadora y santificadora. Luego, antes de la consagración, después de haber alabado al tres veces Santo, le pedimos a Dios Padre que santifique con su Espíritu el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesucristo. Y al terminar la plegaria eucarística, por Cristo, con Él y en Él le damos todo honor y toda gloria a Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo. Y al concluir la celebración el sacerdote bendice a los asistentes en el nombre de Dios uno y trino, extendiendo tres dedos de la mano con la que da esta bendición.

Que esta fiesta de la Santísima Trinidad nos motive para renovar nuestra fe en el misterio de Dios, manifestado -como dice el Evangelio- en el don que nos ha hecho Dios Padre de su Hijo Jesucristo para que nazcamos a una vida nueva movidos por el Espíritu Santo y procuremos imitar el modelo de Dios: que habiendo sido creados a su imagen y semejanza (Gn 1,26-27), y bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, seamos una auténtica comunidad de amor.

Invoquemos para ello la intercesión de María Santísima, en cuyo seno, por obra y gracia del Espíritu Santo, se encarnó el Hijo de Dios Padre, nuestro Señor Jesucristo, y hagamos consciente de manera especial hoy la oración de alabanza que tantas veces repetimos: Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Es mi fe realmente trinitaria? ¿Qué mociones suscita en mí el reconocimiento de Dios como Trinidad?
  2. ¿Cómo percibo el llamado que Dios me hace en las lecturas bíblicas de hoy a reconocer lo que Él es?
  3. ¿Qué considero que implica para nuestro ser social haber sido creados “a imagen y semejanza” de Dios?
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