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Junio 12: “Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes”

Comunitas Matutina 12 de junio 2022
Solemnidad de la Santísima Trinidad ciclo C Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ Lecturas:

Proverbios 8: 22-31
Salmo 8
Romanos 5: 1-5
Juan 16: 12-15

La revelación de Dios como misterio y realidad trinitarios es el núcleo que estructura el testimonio de fe de las comunidades que dieron origen a los textos del Nuevo Testamento. La Trinidad es un acontecimiento salvador, no podemos quedarnos en la formulación doctrinal, un poco complicada por las categorías de interpretación filosófico-teológica de los primeros concilios de la historia cristiana, porque la clave es dar el paso a la experiencia creyente, a la vivencia salvadora de la que somos beneficiarios, a la implicación trinitaria en la condición humana y, con ello, al aterrizaje en la cotidianidad de la gente. La buena teología debe ayudarnos a desenredar la complejidad de sus definiciones para que tengan sabor a vida real, como la de Jesús.[1]
Sin faltar a la expresión de la doctrina oficial de la Iglesia sobre el misterio de la Trinidad, en su contenido y en su traducción conceptual, sí es muy importante, demasiado importante, hacer un esfuerzo por parte del magisterio de la Iglesia, de la teología y de la catequesis, para dar fuerza significativa al lenguaje sobre Dios. Los tradicionales conceptos metafísicos con los que se transmite resultan bastante inadecuados para la mentalidad contemporánea. Dios no es el motor inmóvil, como lo formulaba la escolástica tradicional, sino el Dios que es comunión de amor, cuya intimidad no puede reservarse para sí mismo porque lo suyo es trascender, dar vida, salvar, dar sentido, liberar, redimir, mantenerse siempre dando todo de sí para que el ser humano, la creación, permanezcan en ese dinamismo de vitalidad.[2]
Cuando de modo descomplicado, también sincero e intuitivo, afirmamos que Dios es amor, estamos dando en el clavo, porque Él  no es un ser solitario, distante, encumbrado en alturas inaccesibles. La pedagogía que se experimenta en la historia bíblica es la de un Dios en constante y creciente tarea de aproximación a la humanidad hasta insertarse definitivamente en ella en la historia de Jesús de Nazaret, él es la cercanía de Dios. El que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo, es decir, Trinidad, significa que Dios es una comunión de personas, como nosotros que somos pareja, hogar, familia, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad, comunidad. El ADN de Dios es la amorosa comunión que se vuelca hacia el ser humano para llenarlo de vida, de sentido, de salvación, de libertad.
Gracias a Jesús sabemos que Dios es libre y liberador,[3] amoroso, solidario con nuestros gozos y esperanzas, con nuestras tristezas y angustias, cómplice de nuestra felicidad, apasionado por el ser humano y por la vida, justo, exigente, bondadoso, comprensivo, misericordioso y compasivo, es el ABBA, el Dios con quien se puede intimar, ante quien no es necesario presentarse en traje de etiqueta o envuelto en formalidades porque sabe bien como somos y de qué estamos hechos : “Señor, tú me sondeas y me conoces, tú sabes si me siento o me levanto; de lejos percibes lo que pienso, te das cuenta si camino o si descanso, y todos mis pasos te son familiares”. [4]
El quehacer del Dios al que tradicionalmente llamamos Uno y Trino consiste en comunicar vida y amor para mantenernos en la plenitud, tal es la auténtica sabiduría divina:[5] “Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de Nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”.[6]
El gran propósito de Dios es alcanzar al ser humano con su gracia para hacerlo pleno, íntegro, feliz, realizado, con una existencia llena de sentido trascendente. Este objetivo teologal es el que nos permite entender que Dios sea un Padre, un Hijo, un Espíritu Santo, todo simultáneamente, como dice la formulación tradicional: tres personas distintas y un solo Dios verdadero. ¿Cómo se hace eso compatible con nuestra vida?[7]
Para obtener una respuesta aproximada tenemos que volver a la simplicidad del lenguaje evangélico y a utilizar la parábola, la alegoría, la comparación, el ejemplo sencillo, como hacía Jesús, conectando esa pedagogía con las realidades de la vida cotidiana, en las que los humanos nos jugamos el sentido de la vida y donde nos hacemos las grandes preguntas del sentido: el enamoramiento, la amistad, los afectos, el trabajo, la construcción de la felicidad, también el sufrimiento, los vacíos, el mal, la soledad, la enfermedad, la muerte.[8]
El Nuevo Testamento nos muestra con claridad la estructura trinitaria de esta relación salvadora. La iniciativa corresponde al Padre, que envía, entrega y resucita a su Hijo Jesús; la realización histórica se identifica con la obediencia de Jesús al Padre, obediencia que no es la del Dios sádico que entrega a su Hijo para victimizarlo sino la de aquel que en su intimidad asume la conciencia y experiencia radical de la vida que se ofrece para dar sentido y plenitud a todos, y la actualización de esta realidad es la tarea propia del Espíritu, que después de la Pascua es enviado por Jesús de parte del Padre y que habita en el creyente como principio de vida nueva configurándolo con Jesús en su cuerpo sacramental que es la Iglesia: “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.[9]
Lo que experimentaron los primeros cristianos es que Dios podía ser a la vez:
– Dios que es origen, principio y fundamento, fuente de la vida, el Padre.
– Dios que se hace uno de nosotros, el Hijo.
– Dios que se identifica con cada uno de nosotros, el Espíritu.
Con esto, nos están dando testimonio de un Dios que no está encerrado en sí mismo, sino que se relaciona dándose totalmente a todos y a la vez permaneciendo Él mismo. Jesús nos enseñó que, para experimentar a Dios, el ser humano tiene que mirar dentro de sí mismo (Espíritu), mirar amorosamente a los demás (Hijo) y mirar a lo definitivamente trascendente (Padre).
Que sea esta celebración de la Trinidad,  y la correspondiente reflexión-oración sobre la Palabra propuesta, una estupenda oportunidad para purificar nuestra idea y experiencia de Dios. Él es mucho más simple que lo que nosotros imaginamos y aprehendemos en nuestras definiciones “teológicas”. Con frecuencia proyectamos insuficiencias y frustraciones en esa realidad a la que llamamos Dios. Así nacen las falsas imágenes: el justiciero, el implacable vengador, el castigador, el juez intransigente, el vigilante, el prohibidor, moralista, manipulador, correspondientes a falsas imágenes de nosotros mismos.[10]
Un Dios que humilla al ser humano, que interviene en su vida de modo moralizante para prohibir y también amargar su existencia, un Dios que minimiza las posibilidades de la libertad, enemigo del placer y del gozo de vivir, que demanda un culto absorbente propio de seres entristecidos, un Dios que legisla obsesivamente todos los detalles de la conducta diaria, un Dios al que se atribuyen tragedias y grandes frustraciones, no es el Dios que se nos ha manifestado en Jesús.
Los modelos fundamentalistas e integristas de la religión, de vuelta hoy en diversos contextos del planeta, son soporte de sistemas sociopolíticos y religiosos de corte autoritario y dictatorial. Es poner a Dios como el gran legitimador de la autoridad intransigente, validando ideologías que sofocan la libertad y justifican las dictaduras. Es la tentación fascista de muchos movimientos religiosos en la actualidad.[11]
Todo esto impone el rescate de la experiencia original de Jesús y de las comunidades del Nuevo Testamento, para acceder al Dios Padre amoroso, incondicional con la humanidad y revelado en el Hijo que dio todo de sí mismo, afirmando la preferencia por los últimos del mundo, denunciando la religión estereotipada en formalismos exteriores, ejerciendo la misericordia y la compasión, estableciendo el servicio y la solidaridad como notas distintivas de su proyecto, haciendo comunidad de discípulos en la misma dinámica y garantizando la presencia-asistencia del Espíritu como comunicación de vida teologal y de nueva humanidad.
Lo que proclamamos en el texto de Juan –evangelio de este domingo– es la experiencia de esos primeros cristianos de la comunidad joanea que llevaban setenta años más o menos viviendo esa realidad del Espíritu en cada uno de ellos. Ellos testimonian que, gracias al Espíritu, tienen la misma vida de Jesús, es la vitalidad que desenmascara todos los poderes de la muerte y del pecado. La experiencia pascual consistió y consiste en llegar a la misma vivencia de Dios Padre que tuvo Jesús.
Es la Sabiduría de Dios, que equivale a su voluntad, sus designios, su Palabra, su Espíritu, siempre trascendente pero también encarnada en la historia, en la que esta misma se convierte en sacramento-relato de esa realidad de sentido y plenitud, sin oscurecer su condición de Sujeto mayor, origen de la vida y del amor, afirmación que nos dispensa del panteísmo difuso y nos pone de frente a la gozosa certeza de su condición personal y relacional: “Yo estaba a su lado como un hijo querido y lo deleitaba día tras día, recreándome delante de él todo el tiempo, recreándome sobre la faz de la tierra, y mi delicia era estar con los hijos de los hombres”.[12]
Así las cosas, los seres humanos tenemos la vocación de relatar,[13] con eficacia liberadora, a ese Dios cuyo amor es tan desbordante que no se agota en una sola manera de divinidad. Esa potencia de la Trinidad se vierte al ser humano, nos hace padres y madres, nos hace hijos y hermanos, nos hace creadores e innovadores, instrumentos suyos para transformar la historia, comunidad de hombres y mujeres modelados por su misma comunión. La Iglesia, sacramento universal de salvación y pueblo de Dios, surge en este dinamismo trinitario y lo actualiza en la historia.
 
[1] DÍEZ ALEGRÍA, José María. Teología en broma y en serio. Desclée de Brower. Bilbao, 1975. GONZÁLEZ-CARVAJAL, Luis. Esta es nuestra fe: teología para quienes no leen teología. Sal Terrae. Santander, 2014; Noticias de Dios. Sal Terrae. Santander, 2002. JOHNSON, Elizabeth A. A la búsqueda del Dios vivo: trazar las fronteras de la teología de Dios. Sal Terrae. Santander, 2008. ESPINOSA ARCE, Juan Pablo. Lenguaje religioso y juventud: cómo hablar del Dios de Jesucristo en el contexto educativo actual? En revista Alberto Magno volumen 7 número 2 páginas 335-349. Universidad de Santo Tomás, Facultad de Teología. Bogotá, 2016. LENAERS, Roger. Otro cristianismo es posible: fe en lenguaje de modernidad. Abya Yala. Quito, 2008.
[2] GESCHÉ, Adolphe. Dios para pensar. Sígueme. Salamanca 1994. El autor ha sido profesor en la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Lovaina. Su obra tiene cinco volúmenes: El mal y el hombre (I), Dios y el cosmos (II y III), El destino (IV), El sentido (V), Jesucristo (VI).   El autor (1928-2003), fue sacerdote de la diócesis de Malinas-Bruselas (Bélgica) y profesor muy reconocido en la Universidad Católica de Lovaina;  hace un esfuerzo notable de traducción del lenguaje sobre Dios apropiado para nuestro tiempo, vivencial, próximo a la sensibilidad sobre la libertad y la autonomía, sobre la afirmación de la dignidad humana, sobre el significado de la historia en clave de trascendencia. Es una obra altamente recomendable en términos de una cultura teológica madura y de  formación realista de la fe. McFAGUE, Sallie. Modelos de Dios: teología para una era ecológica y nuclear. Sal Terrae. Santander, 1987. GARRIDO, Javier. El conflicto con Dios hoy. Sal Terrae. Santander, 2000.
[3] MOINGT, Joseph. El hombre que venía de Dios. Desclée de Brower. Bilbao, 1995. MASIÁ, Juan. El que vive: relecturas de evangelio. Desclée de Brower. Bilbao, 2003. MACHOVEC, Milan. Jesús para ateos. Sígueme. Salamanca, 1978. GUERRERO, José Ramón. El otro Jesús. Sígueme. Salamanca, 1988. MOLLÁ LLÁCER, Darío. Encontrar a Dios en la vida. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 1993.
[4] Salmo 139 (138):1-3
[5] MARTIN VELASCO, Juan. La experiencia cristiana de Dios. Trotta, Madrid 1995. SCHOONENBERG, Piet. Un Dios de los hombres. Herder. Barcelona, 1968.
[6] Romanos 5: 1-2
[7] KÜNG, Hans. Teología para la postmodernidad. Alianza Editorial. Madrid, 1998; Existe Dios? Respuesta al problema de Dios en nuestro tiempo. Cristiandad. Madrid, 1979. MÚNERA DUQUE, Alberto. Apuntes de teología para no teólogos. Pontificia Universidad Javeriana-Facultad de Teología. Bogotá, 2021. TRIGO, Pedro. En el mercado de Dios: un Dios más allá del mercado. Sal Terrae. Santander, 2003. REMOLINA VARGAS, Gerardo. Los fundamentos de una “ilusión”: Dios y la religión, ilusión o realidad? Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2016; En el mar de la duda: navegantes en pos de la verdad. Paidós. Bogotá, 2021.ARMSTRONG, Karen. En defensa de Dios: el sentido de la religión. Paidós. Barcelona, 2009. LENK, Martin. Buscando a Dios: piezas para una teología filosófica. MSC. Santo Domingo, 2015.
[8] DE LA TORRE GUERRERO, Gonzalo. Las parábolas que narró Jesús. Uniclaretiana. Quibdó, 2009. https://www.uniclaretiana.edu.co/publicaciones/docs/las-parabolas-que-narro-jesus.pdf JEREMIAS, Joachim. Las parábolas de Jesús. Verbo Divino. Estella, 1980. LOHFINK, Gerhard. Las cuarenta parábolas de Jesús. Verbo Divino. Estella, 2021.
[9] Romanos 5: 3-5
[10] MARDONES, José María. Matar a nuestros dioses: un Dios para un creyente adulto. PPC. Madrid, 2007. ARIAS, Juan. El Dios en quien no creo. Sígueme. Salamanca, 1985. GONZÁLEZ CARVAJAL. Luis. El malestar religioso de nuestra cultura. Paulinas. Madrid, 1993. TAMAYO-ACOSTA, Juan José. Para comprender la crisis de Dios hoy. Verbo Divino. Estella, 2000.
[11] TAMAYO-ACOSTA. Juan José. Fundamentalismo y diálogo interreligioso. Publicado en www.servicioskoinonia.org/relat/327.htm CARO, Isaac y FEDIAKOVA, Evguenia. Los fundamentalismos religiosos: etapas y contextos de surgimiento. Publicado en Fermentum. Revista Venezolana de Sociología y Antropología. Universidad de Los Andes; Mérida (Venezuela), Número 29 septiembre 2000. www.redalyc.org/html/705/70511228808/index.html  
[12] Proverbios 8: 30-31. BOFF, Leonardo. La Santísima Trinidad es la mejor comunidad. Paulinas. Madrid, 1990. FORTE, Bruno. Trinidad como historia: ensayo sobre el Dios cristiano. Sígueme. Salamanca, 1996.
[13] SCHYLLEEBECKX, Edward. Los hombres, relato de Dios. Sígueme. Salamanca,

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