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Junio 13: Jesús para agricultores

Marcos 4:26-34, domingo, junio 13 de 2021
  Por: Luis Javier Palacio, SJ  Pedía Blas Pascal en su memorial, luego de sentir que se había encontrado con Cristo y no con el Dios abstracto de los filósofos, que le devolvieran al Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, perdido o secuestrado por teólogos y filósofos. Que le devolvieran al Dios de un peregrino, de una mujer que muere de la risa (Sara), de un combatiente con un ángel. Luego del encuentro de los obispos latinoamericanos en Medellín (1968), América Latina buscó al Dios de los pobres, de la Biblia explicada por los pobres, de la pastoral hecha por los pobres, el Dios de rostro indígena y campesino. Un camino aún inconcluso para buscar al Dios de la tierra, vecino quizás de la Pachamama, de Quetzalcoatl o de Manco Capac; de las pampas y también del Amazonas; de los Andes con nevados y montañas. Quizás desde allí se comprendan mejor las parábolas campesinas de Jesús. Si José era artesano, hoy diríamos chapucero, se ganaría la vida en diversos oficios y el más cercano a todo judío era el oficio de la tierra. Muchas son las lecciones evangélicas relativas a la tierra: cosechas, viñedos, trigo, vid y sarmientos, aves del cielo, lirios del campo, campos para la siega, sembrador al voleo, el Espíritu como agua o como viento, los signos meteorológicos leídos, la fiesta de primavera (Pascua), la de otoño (de las tiendas), la de Pentecostés (de las cosechas), los diezmos de ganados y cosechas, el pan (de centeno en Juan) repartido seis veces, los peces de Galilea. Una lectura campesina de los evangelios nos ampliaría sin cesar el horizonte.
Las parábolas del reinado de Dios del evangelio de hoy son tan rústicas como significativas. Una semilla que crece sola y la más pequeña de ellas: la mostaza. La tierra, la madre tierra de muchas culturas como el escenario del reinado de Dios. En ella cae la lluvia, sobre justos e injustos, y en ella sale el sol, sobre malos y buenos; hace germinar todo lo que se confíe a su seno. El mismo pueblo judío venía de una semilla: la simiente de Abrahán en una tierra nueva. La semilla es el motivo central en las parábolas del evangelio de Marcos. De especial extensión y valor la parábola del sembrador pródigo. Las dos parábolas de hoy (semilla que crece sola y semilla de mostaza) resuenan de manera especial en un campesino o agricultor. Las siente cercanas y quizás él mismo se sienta sembrador o semilla. Va sembrando lentamente su propia vida que va dejando en el surco. El lenguaje de las parábolas es sugerente, según el corazón de quien las escucha; son elípticas abriendo al sentido en vez de limitarlo. 
En el tercer día de la creación: “ Dijo Dios:  Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra. Y así fue” (Gn 1:11). La semilla es una buena metáfora de la vida. Isaías ve la palabra creativa de Yahvéh cayendo como una lluvia de semillas sobre la tierra. La semilla crece (automáticamente, en el original) sin que el campesino lo note. Era el milagro de la naturaleza. Sabrosa ignorancia del tiempo que hoy nos despeja la agricultura moderna. Podemos mantener ambas visiones. Sabemos cómo crece la semilla y confesamos que es milagro permanente. Los dos sentidos se complementan. Milagro es ver lo extraordinario en lo ordinario.
Más compleja que la semilla que crece sola ha resultado la mostaza por su picante[1], por invadir los jardines, por ser sembrada por los pájaros. Pero del grano de mostaza y de la semilla que crece sola quizás podamos sacar una enseñanza más significativa. Las parábolas que comparan la venida del reinado de Dios con la semilla nos dan una idea de que no podemos apresurar su venida ni por la lucha contra los enemigos (como pretendían los zelotes), ni imponiendo el costoso cumplimiento de la ley (como pretendían los fariseos), sino esperando con paciencia y con confianza su venida: grano de mostaza, levadura en la masa, semilla que crece sola. Es significativo que estas tres parábolas, siendo tan cortas y escandalosas, sean las mejores parábolas sobre el reinado de Dios. Son más valiosas que las parábolas fin en términos de castigo, de juicio, de condenación, de obediencia obligada a la voluntad de Dios. Son, por el contrario, parábolas de un reinado ya presente y aún en desarrollo; presente y futuro, en la dinámica del “ya pero todavía no”. Para algunos comentaristas son parábolas auto-biográficas. Es decir que así sería la vida y el ministerio de Jesús: en lo pequeño, sin aspavientos, con profunda humildad, a la espera de la respuesta humana. Un Dios, como lo describe el Apocalipsis, a la puerta, esperando que le abramos: “ Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entrar é en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3:20).
Sembrar sin cálculos como quien ama la semilla y la tierra, es virtud en el evangelio aunque no lo sea para la agricultura industrial. Que el grano de mostaza sea la semilla más pequeña era un proverbio del folclore judío de la época. Hay sabemos que hay semillas más pequeñas. La semilla de mostaza, sembrada en los jardines quizás por las mismas aves, sugiere algo común, pequeño y ordinario. Usar la parábola para decir que la iglesia nacía pequeña y debía crecer, es perogrullada. Para grandeza está la imagen de los cedros del Líbano. La mostaza muestra que el reinado de Dios es con los pequeños, para los pequeños, y en bien de los pequeños que bien representan las aves. Pequeñas las comunidades creyentes de la primitiva iglesia. La ambición de judía de dominar a las naciones queda ridiculizada en estas parábolas. El árbol gigantesco del reino de Dios, reducido a una hortaliza doméstica. Hablar del reinado de Dios en parábolas de la vida diaria y campesina es traer a Dios a la chacra, al campo de labranza. Un campo siempre de Yahvéh, pues aunque el hombre la usufructuara nunca era su propietario. La sacralización de la propiedad de la tierra no surge ni del Antiguo ni del Nuevo Testamento sino de la filosofía y las teorías económicas, como la fisiocracia.
Enseñaban los rabinos que quien quiera que hiciera misericordia, era simiente de Abrahán. La misericordia sería el mejor fruto de toda semilla del reinado de Dios. En 1975 el teólogo dominico Yves-Marie Congar agitó el tema de la aculturación (en vez de inculturación) del evangelio y la definía como plantar las semillas de la fe en una cultura y permitir que se desarrollen y expresen según sus recursos y el espíritu de su cultura. San Justino y san Ireneo hablan de las “semillas del Verbo” plantadas en todas las culturas. Semillas que hay que dejar desarrollar incluso en países de larga tradición cristiana en donde se habla de una nueva y remozada evangelización. Abrahán, Isaac y Jacob eran hijos de su tierra, como los creyentes deben serlo de la suya. 
El apóstol Pablo ve en el cuerpo que muere una semilla que resucita en “cuerpo espiritual”. Hoy sabemos que la semilla se transforma, no muere propiamente; muere dando vida como dice el evangelio del grano de trigo. Tal fue el destino de Jesús y tal desea que sea el destino de los creyentes.
Teniendo en cuenta las implicaciones del reinado de Dios, algo que se construye entre Dios y el hombre pues Dios sin nosotros no ha querido, como lo expresa la encarnación y nosotros sin él no podemos, como lo expresa la resurrección, resulta escandaloso que el proyecto más importante predicado por Jesús se compare con un grano de mostaza y con una semilla que crece sola. Es que las parábolas son escandalosas, así es como nos hacen pensar y mantenerse vivas. Quizás Jesús se sentía más semilla que sembrador y al entregar su vida se sembró a sí mismo asegurándonos la realidad del fruto venidero. 
 
[1] Clemente de Alejandría asimila el picante de la mostaza con la bilis y la ira, 
los pájaros con los ángeles, el árbol con la Iglesia. 

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