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Junio 18: “Anuncien que el reino de los cielos está cerca”

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XI Domingo Ordinario 

Ciclo A – junio 18 de 2023

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ
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Al ver a la gente Jesús sintió compasión de ellos porque estaban angustiados y desvalidos, como ovejas sin pastor. Dijo entonces a sus discípulos: “La cosecha es mucha, pero los trabajadores son pocos. Por eso, pidan al dueño de la cosecha que mande trabajadores a recogerla”. Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Estos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado también Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan, hijos de Zebedeo; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el que cobraba impuestos para Roma; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón el zelote y Judas Iscariote, el que después traicionó a Jesús. Jesús envió a estos doce con las siguientes instrucciones: “No vayan a las regiones de los paganos ni entren en los pueblos de Samaria; vayan más bien a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Vayan y anuncien que el Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien de su enfermedad a los leprosos, expulsen los demonios. Ustedes recibieron gratis este poder, no cobren tampoco por emplearlo” (Mateo 9,36 -10,8).

1.  Sintió compasión de la gente porque estaban como ovejas sin pastor

Sintió compasión: La traducción literal del verbo en griego que describe este sentimiento sería se le revolvieron las tripas. Se expresa así la ternura compasiva de Jesús al ver a la gente angustiada, desvalida y desorientada. Dios quiso encarnarse precisamente para tener un corazón humano y unas entrañas humanas que se conmovieran, para así mostrarnos su misericordia.

Como ovejas sin pastor: La primera lectura (Ex 19,2-6a) nos muestra a Moisés y los israelitas frente al monte Sinaí. Él, a quien Dios había escogido como mediador de su alianza con el pueblo de Israel para conducirlo por el desierto hacia una tierra prometida, poco antes de morir iba a orar así: Señor, tú que das la vida a todos los humanos, nombra a un jefe que se ponga al frente de tu pueblo y lo guíe, para que no ande como rebaño sin pastor (Núm. 27,16-17). Para los destinatarios iniciales del Evangelio de Mateo, que eran judíos, esta imagen evoca la historia de aquel pueblo de origen pastoril que reconocía a Dios como su pastor, tal como lo expresa, por ejemplo, el Salmo 100 (99): somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Y es significativo que Jesús les haya dicho a sus apóstoles que primero vayan a las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Sólo después de su resurrección, la misión dada a sus primeros discípulos se ampliaría a todas las naciones (Mt 28, 19-20), pero había que empezar por los más cercanos, pues como dice el refrán, “la caridad empieza por casa”. Por eso cuando el Evangelio dice que andaban como ovejas sin pastor, se refiere a que estaban abandonados y desorientados, sin líderes buenos que los acompañaran y guiaran. La palabra líder viene del verbo inglés to lead, que significa guiar yendo delante. Y un buen líder es precisamente el que va delante orientando y mostrando el camino correcto, como el buen pastor.

Las sociedades necesitan buenos líderes que las orienten por el camino correcto, capaces de conmoverse ante las necesidades y el sufrimiento de las víctimas de la injusticia. Hay quienes se erigen como líderes o posan de tales aparentando estar a favor de los oprimidos, pero en realidad lo que buscan es el poder en beneficio de sus propios intereses. Y en medio de la desorientación social generada por quienes destruyen una sana convivencia promoviendo el odio y la violencia, Jesús escoge a doce apóstoles, -o enviados-. Entre ellos está primero Simón, a quien llamaría Pedro, es decir, la Piedra sobre la cual edificaría su Iglesia (Mt 16,18). Todos son pecadores, pero Jesús va a transformarlos con su Espíritu (excepto a Judas el traidor, quien sería sustituido después por Matías

–Hechos 1,12-26–). El número doce evoca a las doce tribus de Israel procedentes de los doce hijos de Jacob, simbolizando así al nuevo pueblo de Dios, que es su Iglesia. Jesús invita a aquellos primeros doce, y hoy también nos invita a nosotros- a anunciar la cercanía del reino de los cielos -o reino de Dios-, distinto de los reinos o poderes de este mundo. Este es el sentido de la misión dada por Jesús a sus apóstoles. Pero ¿qué significa ese “reino de los cielos” o “reino de Dios” y en qué consiste su “cercanía”? Veamos:

2.  “Anuncien que el reino de los cielos está cerca” – “Recibieron gratis este poder, no cobren por emplearlo” 

En el Evangelio de Mateo la expresión reino de los cielos significa lo mismo que en los otros Evangelios reino de Dios, pues los judíos evitan nombrar directamente al Creador. Aparece 32 veces, y para explicar lo que significa Jesús emplea parábolas o narraciones simbólicas que suelen comenzar diciendo “el reino de los cielos se parece a…”. Reino o reinado significa poder, y su cercanía es la de Dios mismo encarnado en Jesús, cuyo poder, que es el del Amor -porque Dios es Amor-, hace surgir una nueva creación perdonando, sanando, y resucitando. Por lo tanto, el “reino de los cielos” debe ser entendido en presente y no únicamente como el paraíso futuro. Éste será ciertamente la culminación en plenitud de la presencia de Dios Amor en nuestras vidas después de esta existencia terrena, pero Él ya está presente entre nosotros, en la persona misma de Jesús y obrando por medio de su Espíritu, tal como Él mismo lo dijo: el reino de Dios ya está entre ustedes (Lc17, 20).

Este Dios cercano, este Dios-con-nosotros (Mt 1,23), se nos muestra como Amor al morir crucificado, incluso siendo nosotros todavía pecadores, como dice en la segunda lectura san Pablo (Ro 5, 6-11), que no fue del grupo inicial de los doce, pero también fue llamado apóstol como lo fueron otros después de la resurrección de Cristo. Y si bien el carácter de sucesores de los apóstoles les corresponde al papa y los demás obispos, también a todos los bautizados nos llama el Señor a colaborar de distintas formas en la misión evangelizadora de su Iglesia, o sea anunciadora de la buena noticia evangelio-, cuyo mensaje central consiste en la cercanía de un Dios que es Amor misericordioso.

Finalmente, la orden de dar gratis lo que gratis se ha recibido significa que el ánimo de lucro no puede ser el incentivo de la acción evangelizadora. Pues si bien más adelante el propio Jesús dirá que el trabajador merece su sustento (Mt 10, 10), el anuncio del reino de Dios no debe hacerse con fines de enriquecimiento, sino como un servicio generoso. ¡Qué importante es este mensaje cuando, con no poca frecuencia, tanto la política -que en su sentido genuino debe estar orientada al bien común- como la religión -que también debe buscar el bien de todos- son utilizadas como medios para obtener ganancias materiales a expensas de la credulidad ingenua de quienes se dejan engañar por supuestos líderes o pastores que, en lugar de servidores, son unos mercachifles!

3.  “La cosecha es mucha, los trabajadores pocos. Pidan al dueño de la cosecha que mande trabajadores”

Jesús empleaba las imágenes del trigo y la cebada para hablar de Dios Padre como el dueño de la cosecha -o de la mies, como dicen otras traducciones-, y de sí mismo, el Hijo de Dios, como el sembrador que esparce la semilla de su mensaje de salvación, siendo la cosecha el fruto que hace posible el Espíritu Santo y que debe ser recogido para que no se pierda. Tal es la labor para la cual Jesús nos exhorta a pedirle a Dios que envíe trabajadores. Esta petición es siempre necesaria. Por eso, oremos constantemente por las vocaciones al apostolado del sacerdocio ministerial, al apostolado de la vida religiosa consagrada de hombres y mujeres y al apostolado laical, para que el Señor suscite en muchas personas el deseo sincero de servir a la humanidad anunciando y proclamando con su testimonio de vida la cercanía del Reino de Dios, que es el poder del Amor.

Preguntas para la reflexión:

  1. ¿Qué mociones espirituales suscita en mí lo que dice Jesús sobre anunciar la cercanía del reino de Dios?
  2. ¿Cuál percibo que es, en las actuales circunstancias de mi vida, la misión evangelizadora que el Señor me ha encomendado como su discípulo o discípula?
  3. ¿A quiénes siento espiritualmente que debe dirigirse ante todo mi anuncio de la cercanía del reino de Dios?
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