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Junio 19: Repartición de panes y peces

Lucas 9:11-17, domingo, junio 19 de 2022 Por: Luis Javier Palacio, SJ  Esta repartición es el único relato que aparece en los cuatro evangelios y el único que Marcos y Mateo narran dos veces, aunque con variantes. Se referiría a una repartición de panes a los judíos y otra a los gentiles, lo cual estaría marcado por el número de cestas o canastos recogidos. Los canastos (kófinos, en griego) eran propios de los judíos y las cestas (spiridas, en griego) eran propias de los gentiles. Tanto Marcos como Mateo hacen tal distinción. Sin duda, el más claro paralelo vetero-testamentario de ese relato es el atribuido al profeta Eliseo y los veinte panes de cebada, narrado en el segundo libro de los Reyes. Un hombre llega de Baal Salisá con un presente de veinte panes de cebada para Eliseo. El profeta ordena a su criado: «Dáselos a la gente para que coman» (2 Re 4:42). El criado objeta: «¿Qué hago yo con esto para cien personas?». Eliseo repite su orden, añadiendo una breve profecía: «Porque así dice Yahvé: Comerán y sobrará» (2 Re 4:43). El criado obedece, y lo dicho se cumple. El paralelo con los relatos evangélicos es evidente: a) una orden aparentemente imposible de cumplir impartida por el profeta: este manda a su criado dar de comer a un gran número de personas con una cantidad de pan relativamente pequeña (veinte panes para cien personas); b) pan más algún otro alimento: pese a la oscuridad del texto hebreo en este punto (hierbas y calabazas), junto con el pan es mencionado otro alimento, del que no se vuelve a hablar en el resto del relato; c) objeción del subordinado: el criado del profeta, sin pensar en la contingencia de un hecho extraordinario, subraya la imposibilidad de satisfacer a cien personas con veinte panes (enfatizando así la desproporción); d) insistencia del profeta: sin prestar oídos al criado, el profeta reitera su orden; e) realización del hecho, más confirmación por exceso: obedecida la orden del profeta, la gente come, y aún sobra pan.
Considerando a Jesús mayor que Eliseo, se da aquí un aumento del número de personas que alimentar (de cien, a cuatro mil o cinco mil) y una disminución en el número de panes (de veinte, a siete o cinco). Sin embargo, la enseñanza de los seis relatos es similar en todos ellos: si compartimos lo que tenemos, alcanza para todos y sobra. Una nota curiosa solamente de Juan es que los panes son de cebada, que era el pan del pobre. También en el caso de Eliseo se anota que los panes eran de cebada. No así en los otros relatos de los evangelios. Aunque la repartición concierne a panes y peces, en todas las versiones del relato evangélico, de una manera o de otra, los peces quedan en un segundo plano. Probablemente, la gran preponderancia de los panes sobre los peces se debe a que el pan ofrecía una referencia directa a la última cena y a la eucaristía. Los peces parecen ser un elemento primitivo, no añadido posteriormente. El pez era muy significativo para quienes vivieran a orillas del lago de Galilea pero poco significativo para otras zonas. Jesús les pide que ordenen a la gente por grupos de manera muy similar a como se organiza el pueblo al salir de Egipto. «Moisés eligió entre todo el pueblo a hombres capaces, que puso sobre el pueblo como jefes de millar, de cincuentena y de decena» (Ex 18:25).
Jesús actúa como padre de familia en medio de la comunidad que está sentada a la mesa. Como tal, tomó en sus manos los panes y los peces, los bendijo, y partió el pan. Lucas pone de relieve los cuatro actos puestos por Jesús al comienzo de la comida (tomo el pan, miró al cielo, lo bendijo y lo repartió), porque ya insinuaba el ritual de la antigua iglesia para la celebración eucarística. Jesús bendijo los panes. Según Lucas no pronunció la acción de gracias sobre el pan, como era costumbre entre los judíos, sino que lo bendijo. De la bendición judía del pan, llamada berakah surgirán los prefacios y anáforas de las celebraciones eucarísticas.
El evangelio busca crear personas al estilo de Jesús. Si Jesús aparece perdonando es para motivarnos a perdonar nosotros. Identificarse con Jesús no es que él nos perdone, sino perdonar nosotros. Si el evangelio trae la repartición de panes su intención es que nosotros hagamos lo mismo; no que hagamos fila para recibir los panes. El relato es de solidaridad con los demás. Bien Jesús pidió a quienes habían llevado comida que hicieran lo mismo dentro de su grupo como hacían los discípulos, o dichas personas, al ver cómo Jesús y sus discípulos repartían su comida, comenzaron por propia iniciativa a abrir sus cestas y a repartir el contenido de las mismas. Aquí sí que podemos hablar de milagro [1] , el cual consistió en abrir la mano para compartir. En el relato se habla de bendecir, partir y compartir y por ninguna parte aparece la palabra multiplicar. El milagro consistió en que tantas personas dejaran de pronto de sentirse propietarias de su comida y comenzaran a repartirla, descubriendo que había mucho más que suficiente para dar de comer a todos. Se nos dice que recogieron doce cestos de sobras de pan y pescado. Las cosas tienden a multiplicarse cuando se comparten.
La primera comunidad cristiana de Jerusalén descubrió igual principio cuando compartía sus posesiones. «Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno… partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y de todo corazón» (Hech 2: 44-46).
El título de multiplicación que se ha dado a este relato, hace perder muchos detalles del mismo relato que son teológicamente más significativos. Llamar el relato “multiplicación” busca más el efecto brillante de la acción del taumaturgo (que Jesús rechaza en el evangelio de Marcos) que la enseñanza moral del relato.
El mismo estilo literario del relato hace que no se considere relato de milagro. No hay petición expresa de la gente de que le curen su hambre. Es un acto masivo a título de la misericordia de Jesús por la multitud; no por alguien en particular. La forma habitual de llamar la atención sobre un milagro consiste en decir que la gente quedó perpleja, pasmada o enmudecida. En este caso, no se nos dice nada de esto. En el primer relato del evangelio de Marcos se nos dice que los apóstoles no entendieron: «No habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada» (Mc 6:52) Si la intención era multiplicar no daría lugar a tal anotación. 
La lectura predominantemente milagrosa del relato como “multiplicación” fue generalizada por santo Tomás de Aquino comparando la escasez de panes y peces con la abundancia de comensales. Si aplicamos la palabra multiplicación a este relato nos tocaría hablar de “multiplicación de la generosidad”. La lectura milagrera era una forma bastante apologética de leer el evangelio. Los milagros se multiplicaban para demostrar que Jesús era Dios. Hoy sabemos que Jesús es Dios de otra manera menos teatral pero más espectacular: cambiando el corazón del hombre para que abra su mano y comparta. Así lo dice el apóstol Pablo: « Ayudaos mutuamente a llevar vuestras cargas y cumplid as í la ley de Cristo.» (Gal 6:2) Precisamente los diezmos y primicias que se compartían en el Templo con la viuda, el huérfano y el extranjero, eran una forma de mostrar la abundancia natural de la tierra prometida que permitía saciar la necesidad propia y la ajena cuando se compartía. Ni Dios ni Jesús parten nunca de nada sino de lo que hay, aunque sea poco. También lo poco, si se comparte, se multiplica. Era lo que señalaba el relato de Eliseo.
 
[1] San Jerónimo, traductor de la Biblia al latín, nunca usa la palabra milagro en el Nuevo Testamento; la reserva para el Antiguo Testamento.

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